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El Mundo 8 Jun 2013 - 9:00 pm

Ahora, en la jerarquía mundial

La poderosa China en EE.UU.

El presidente asiático, Xi Jinping, quien se reunió con Barack Obama, tiene expectativas nacionales que han estado en remojo durante siglo y medio de humillaciones.

Por: David Pilling /
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El presidente chino Xi Jinping junto al presidente de Estados Unidos, Barack Obama . / AFP

El 16 de diciembre de 1773, un grupo de patriotas estadounidenses abordaron tres barcos británicos y destruyeron el té que llevaban, lanzándolo al puerto de Boston. La rebelión, que luego se conoció como el “Motín del té de Boston”, fue un hito en la Guerra de Independencia de Estados Unidos.

El “Motín del opio de Cantón” (aunque no lo llamen así) se realizó en 1839 y tuvo un final menos triunfal. Lin Zexu, un comisionado imperial, le había escrito a la reina Victoria, preguntándole por qué los británicos tenían tanto interés en vender “veneno” a los chinos. Cuando no recibió una respuesta, ordenó que 20.000 cajas de opio fueran incendiadas y lanzadas al mar. Gran Bretaña reaccionó con furia. Envió navíos de guerra y China tuvo que firmar el humillante Tratado de Nanjing, en el que, entre otras exigencias, cedía a los británicos la isla de Hong Kong.

Mientras que el acto de rebeldía en Estados Unidos llevó al nacimiento de una nación grande, y a dos siglos de optimismo, la rebelión de China generó un período de colapso imperial, invasión japonesa y empobrecimiento.

La historia tiene más presencia para quienes han perdido. El presidente de China, Xi Jinping, quien se reunió con Barack Obama, tiene expectativas nacionales que han estado en remojo durante siglo y medio de humillaciones. Al mismo tiempo, el sentido de destino manifiesto de China es más fuerte que en los Estados Unidos. Es potente esta mezcla de sentirse víctima de una antigua injusticia y de tener la certidumbre de estar en una posición preeminente de la jerarquía mundial. Pero, a diferencia de la confianza con que China a menudo se comporta en el escenario internacional, en muchas formas Beijing nunca ha sido más vulnerable.

Eso puede sorprender a quienes ven a China como un gigante que está dispuesto a presionar a sus vecinos y consumir los recursos del mundo sin piedad. Desde Beijing las cosas parecen mucho menos seguras que desde afuera. Para comenzar, China tiene pocos amigos. Comparte su frontera de 22.000 kilómetros con 14 países. Alrededor suyo hay países con los que tiene relaciones difíciles, entre ellos Mongolia. Además están Rusia, India y Corea del Norte, que tienen armas nucleares. Los Estados Unidos, en cambio, tienen sólo dos vecinos amistosos.

Pero lo que es peor, China depende ahora más que nunca del resto del mundo para mantenerse en pie. Hasta mediados de los años noventa era más o menos autosuficiente. Ahora depende de otros países para el aceite, el cobre, el hierro, la soya y muchos otros commodities. Sin ellos no podría sostener su desarrollo a ritmo trepidante y las expectativas cada vez más altas de su población.

Geoff Raby, exembajador de Australia en China, lo dijo así durante una conferencia en la Universidad de Monash, en Melbourne, el año pasado: “China ahora, por primera vez en su historia, es absolutamente dependiente de los mercados extranjeros y de las personas extranjeras para mantener su economía en marcha”. Recuerden que en 1793 el emperador Qianlong desestimó los objetos que traía un emisario británico del rey Jorge III, al decir que China no necesitaba baratijas extranjeras.

Casi sin darse cuenta, China ha sido transformada, de ser el poder mercantilista que Deng Xiaoping imaginaba cuando lanzó las medidas de apertura y reforma a finales de los años setenta, a ser un país inscrito en el concepto ricardiano de ventaja comparativa o de división mundial del trabajo. Esto hace de China, según la frase de Raby, “un poder muy constreñido”. Cuando estaba creciendo a su velocidad más alta, los Estados Unidos, en cambio, tenían todo lo que necesitaban para crecer, excepto gente, que trajeron voluntariamente de Europa y de África contra su voluntad.

Por último, Xi y los otros líderes de China están más preocupados por los asuntos internos que los externos. La economía de China está en medio de un duro cambio que necesitará liderazgo para atacar intereses poderosos. A medida que los chinos se hacen ricos, o ven cómo otros alrededor suyo acumulan riqueza, parecen cada vez menos satisfechos con la simple expansión económica. Como a menudo se dice, Beijing gasta más en su seguridad interna que en la defensa nacional. Linda Jakobson, una experta en seguridad del Instituto Lowy, en Sídney, describió como “reactiva” la política externa de China. Dice que hay una distancia entre la percepción que el mundo tiene de ella como un poder emergente y la preocupación de los líderes por los problemas internos.

Claramente, China está comenzando a sentir su fuerza incluso al tiempo que los problemas domésticos se acrecientan y aumenta su dependencia hacia el mundo. Xi está sugiriendo que China y los Estados Unidos creen “un nuevo estilo de relación entre superpoderes”. Sin embargo, mientras que el resto del mundo ve a China como fuerte e invulnerable, la visión que Beijing tiene de sí misma es exactamente contraria. Esto tendrá influencia en cómo negocie todo, desde las disputas sobre paneles solares con Europa hasta las acusaciones de cometer ciberespionaje en los Estados Unidos. Entre más poderosa sea China, más insegura se va a sentir.

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