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El Mundo 19 Nov 2012 - 11:08 pm

Recorrido por los siete cayos que estaban en disputa

Quitasueño: un edén para los pescadores

El veredicto afecta directamente a quienes practican la pesca artesanal.

Por: Daniel Salgar Antolínez / Enviado especial Archipiélago de San Andrés
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Vista aérea del cayo de Quitasueño, cuya soberanía colombiana ratificó la Corte, pero que quedó enclavado en mar de Nicaragua, según el fallo. / Andres Torres - El Espectador

En pequeños botes llegaron los periodistas desde la isla de San Andrés hasta el imponente ARC 20 de Julio, el primer buque oceánico construido por Colombia y destinado a patrullar la zona económica exclusiva del país, ejercer la soberanía, imponer interdicción marítima contra el tráfico de armas, drogas, personas... y vigilar el medio ambiente marino en todo el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. La mole de 1.700 toneladas se adentró en el Caribe y luego de 12 horas llegó a uno de los cayos más lejanos del archipiélago, y uno de los más vulnerables, entre los siete que estaban en disputa en el juicio en La Haya: Quitasueño.

A Quitasueño le dicen así porque era una pesadilla para los marineros. Según el fallo de la Corte, Colombia conserva la soberanía sobre este pedazo de tierra, pero queda enclavado en mar nicaragüense. Quitasueño está bajo el agua casi en su totalidad y, según informes presentados por Colombia ante la Corte, emergen 34 rocas. Antes de que colocaran los dos faros que hoy ayudan a guiar a los barcos, hubo grandes naufragios en el área.

Desde el helicóptero del buque se capta la inmensidad de Quitasueño. En sus aguas se divisan navíos oxidados que permanecen encallados desde hace décadas, algunos barcos pesqueros y uno que otro yate de millonarios que salieron a dar un largo paseo por alta mar. Quitasueño es un edén para los pescadores, que llegan hasta allá para abastecerse en los 1.320 km² de porción coralina que tiene el cayo. Es una zona rica en langosta y en una amplia variedad de peces.

A unas tres horas de Quitasueño está Serrana, una isla paradisiaca y solitaria de 400 por 600 metros. Allá sólo hay un panel solar y una pequeña casa donde vive un contingente de 18 infantes que cambia aproximadamente cada mes y cuya principal tarea es cuidar el medio ambiente (toda esta área fue declarada reserva de la biosfera por la Unesco). Desde 1972, las autoridades colombianas ejercen soberanía en Serrana, un terreno apetecido por empresas de turismo, por compañías que especulan con la riqueza petrolera de la zona y por los pescadores de varios países de Centroamérica.

Luego se llega a Cayo Bolívar, donde otro contingente militar espera a la sombra de las muchas palmeras que cubren la diminuta isla. Por su mayor cercanía con San Andrés, éste es uno de los lugares más visitados por turistas, pero sobre todo por raizales, que en todo caso también van hasta los últimos rincones de las aguas colombianas para pescar. Aunque toda Colombia estaba a la espera del fallo, estos pescadores artesanales son los directamente afectados por el veredicto. Los siete cayos en disputa han sido parte de su territorio incluso desde antes de que se conformaran los dos estados que mantienen el diferendo.

Tarek O’Neil, un sanandresano que trabaja en Providencia, le dijo a El Espectador que el sentimiento reinante entre los isleños era de pesimismo. “Roncador y Quitasueño son dos lugares a donde llegan muchos pescadores colombianos y es frecuente encontrarse con buques nicaragüenses que van a pescar allí”.

Lo que estaba en juego en La Haya, más allá de la delimitación marítima, era la subsistencia alimenticia y la estabilidad económica de esos pobladores que permanecen hasta dos semanas en un barco pesquero para ir en busca de langosta, caracol pala, sierra, atún, entre otros. Esa zona, hoy bajo soberanía de Nicaragua, y que limita con Colombia, Honduras Jamaica y República Dominicana, constituía la principal área pesquera del archipiélago de San Andrés y tiene un potencial estratégico y económico incalculable.

Además, dice O’Neil, muchos sanandresanos han alegado que el derecho a la autodeterminación de este grupo étnico no fue suficientemente tenido en cuenta durante el juicio. Basta con leer la prensa del archipiélago para notar la indignación de los nativos: a Colombia la defendieron “unos negociadores ajenos a nuestra realidad, que no hablan creole, que nunca han vivido entre nosotros. Negociadores ajenos y extranjeros a los que nunca se les ocurrió venir y acompañar a nuestros pescadores en sus faenas por los cayos para testificar la importancia de nuestro mar. Negociadores que tampoco supieron que tenemos tíos, abuelos y primos por fuera del famoso meridiano 82 y que viven en Bocas del Toro (Panamá), Puerto Limón (Costa Rica), Bluefields y Corn Islands (Nicaragua), Livingston (Guatemala), Bay Island (Honduras)”, escribe William Bush Howard en su columna de El Isleño.

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