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El Mundo 23 Abr 2011 - 9:00 pm

Los secretos de la sepultura de Karol Wojtyla

La resurrección de Juan Pablo II

Con la exhumación de su cadáver embalsamado empieza el proceso de beatificación que terminará el próximo domingo 1° de mayo.

Por: Guillermo León Escobar Herrán* / Especial para El Espectador
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    http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/resurreccion-de-juan-pablo-ii-articulo-264675
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"Dejadme ir a la Casa del Padre…", fue la última expresión que pronunció Juan Pablo II en esta vida terrenal.

Largo tiempo soportó dolores inmensos, pero mayormente y con paciencia las incomodidades que traen consigo ciertas enfermedades, sobre todo para personas que como misión y como función tienen que estar expuestos al público. En efecto la enfermedad de Juan Pablo II fue una catequesis de cómo se debe sobrellevar una penosa enfermedad sin añadirle tribulaciones sino con esa constructiva resignación de quien está dando con su vida ejemplo en cada momento.

No fue un paciente difícil, dicen quienes lo trataron de cerca. La gravedad era grande y lo era su obediencia a médicos y enfermeros, pero él avizoraba que el final estaba llegando. Además tenía la alegría cristiana de saberse ya llamado a la Pascua con su Señor, a hacer el tránsito a la verdadera vida aquella en donde existe la alegría de ver y estar junto a Dios como la fe lo proclama.

Juan Pablo II es en efecto el primer Papa que agoniza y muere casi bajo la mirada de su feligreses. Estuvo en la clínica mientras hubo humanamente alguna esperanza, pero cuando ella se desvaneció pidió ir a su casa y esperar allí el momento definitivo.

Hay una serie de mitos rituales como aquellos que afirman que el Pontífice sólo muere cuando se le han realizado una serie de ritos, como aquellos de las tres llamadas, como algunos afirmaban del espejo empañado o no, o el del golpe con el martillo o finalmente el de la destrucción del anillo del pescador en un nonio preparado para esa ceremonia a partir de la cual se entregaba en otros la preparación de la ceremonia funeral y la preparación para el Cónclave que entregaría un sucesor.

El Espíritu Santo no ha muerto

La multitud reunida en la Plaza de San Pedro rezaba, lloraba, cantaba salmos. Un católico exclamaba: “Qué va a ser de la Iglesia ahora que el Papa ha muerto” y otro le contestaba con la simple y contundente lógica de una religiosidad vivida: “Tranquilo, es cierto que el Papa ha muerto, pero el Espíritu Santo no”.

Entre tanto el cuerpo del Papa fallecido era preparado para la velación privada. Hasta el pontificado de León XIII se embalsamaban los cuerpos a la manera tradicional dejando las vísceras en los vasos canopes, que eran depositados en una capilla de la iglesia ubicada al frente de la Fontana di Trevi que había mandado construir el cardenal Mazarino.

León XIII hizo desaparecer esa práctica y desde entonces los Pontífices fallecidos van completos a las grutas vaticanas o donde el Papa hubiera manifestado querer esperar el momento de la resurrección. León XIII, por ejemplo, está en la Basílica de San Juan de Letrán, que es la madre de todas las iglesias en el mundo católico, en tanto que Juan Pablo II quiso descansar en la que había sido la tumba de Juan XXIII, el Papa del Concilio, cerca de Pablo VI y de su inmediato predecesor Juan Pablo I, sin ningún monumento funerario sino con una lápida de mármol con su nombre y las fechas de su pontificado.

La velación privada

El cuerpo del Papa fue colocado sobre un túmulo. Su cabeza había sido levantada sobre tres cojines, que según los romanos —amigos de encontrarle simbolismo a todo— significaban que su pensar inteligente reposaba en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Su cabeza estaba adornada con la mitra, símbolo de su ejercicio pastoral.

Quienes pudimos acercarnos de inmediato por llevar alguna representación del mundo diplomático o por la deferencia que  concedía una amistad de tiempo atrás, pudimos detallar con devoción las huellas al mismo tiempo del dolor y del sufrimiento así como las de la paz lograda. ¡Ese rostro contenía toda la dulzura del mundo!

Estaba vestido con ornamentos rojos y en las manos enredaba, como siempre lo hacía, la cruz de su Señor con el rosario blanco de María, a quienes les había jurado desde siempre fidelidad y amor creciente. Las medias blancas resaltaban sobre los oficiales zapatos rojos que conllevan el simbolismo de un Papa que dirige sus pasos siempre hacia el martirio, el mismo que encarnan los cardenales con el hábito rojo.

Allí estuvo una noche y parte de un día. Custodiado por la Guardia Suiza y rodeado de los miembros de la Casa Pontificia —oficialmente llamados Familia Pontificia—, presididos por Estanislao Dziwisz, hoy cardenal de Cracovia, el prefecto el arzobispo Harvey y por los camareros, los sapietrinos y los ujieres, se veían llegar agentes de las diversas jerarquías eclesiásticas que desfilaban rezando y rindiendo homenaje.

Estuvimos allí horas y horas. En presencia de un Santo el tiempo parece detenerse. Al final del velatorio privado los miembros del cuerpo diplomático entraron a darle el último adiós.

Despedida de un  grande

Luego en procesión fue trasladado el cuerpo a la Basílica pasando por el medio de la Plaza de San Pedro en hombros de quienes le habían servido a él en los oficios más humildes. Son los únicos que pueden decir que han llevado en sus hombros al Papa.

El túmulo fue trasladado a la Basílica y colocado en la parte delantera superior, quedando hacia atrás y debajo de las gradas la tumba del apóstol Pedro con su cruz invertida. Fueron llegando casi todos los jefes de Estado y de gobierno del mundo, que acompañados de sus embajadores acreditados pasaban a homenajear el cuerpo del Papa y su memoria en estricto protocolo, en el que Colombia ocupa puesto de privilegio ya que es uno de los primeros países en tener relación con la Santa Sede.

En aquel momento una delegación muy potente, que estaba compuesta por un presidente y otros tres presidentes anteriores, quiso dejar detrás a la de Colombia, compuesta por Francisco Santos y el Embajador ante la Santa Sede, pero el protocolo Vaticano es en eso inexorable y tuvieron que esperar con esa paciencia propia del diplomático que debe respetar precedencias. Casi todos los presidentes estuvieron. El nuestro se hizo representar, ya que estaba de visita en China.

La Basílica permitía luego de ellos que las comunidades religiosas se acercaran con sus miembros principales, así como los dignatarios del gobierno italiano, los prefectos, alcaldes y el mundo político romano.

Despedida de la ciudad

Después de este ceremonial, al día siguiente se celebrarían las exequias. Enormes medidas de seguridad, incontables requisitos para llegar a la plaza. Enorme devoción acompañaba la nostalgia o la tristeza o lo que comúnmente se denomina con esa palabra que lo es todo: “La malinconía”. De repente estalla un aplauso y era que a hombros de sus servidores civiles —laicos de bajo salario— ingresaba a la plaza, luego de descender por la Escalera de Bronce, la de reyes y príncipes, el cuerpo del Papa haciendo la penúltima despedida ritual. Ya venía en uno de los tres ataúdes en que se guarda el cuerpo (dos de madera y un tercero de bronce o de estaño).

La conmoción de la gente se comunicaba. Estaban todos los cardenales, incluso los de menos gradación, es decir, cardenales diáconos y presbíteros. Presidían los seis cardenales obispos, entre quienes destacaban Joseph Ratzinger como decano del Colegio Cardenalicio, hoy Benedicto XVI, el colombiano Alfonso López Trujillo y Ángelo Sodano, el secretario de Estado, junto al cardenal Martínez Somalo, antiguo nuncio en Colombia y quien por entonces era el camarlengo responsable interinamente del funcionamiento mínimo de las cosas ordinarias y comunes del Estado Vaticano.

El féretro fue depositado en el suelo del atrio sobre una alfombra noble y acompañada de dos enormes cirios. Sobre el féretro un bello libro de la Buena Nueva del Evangelio de pastas rojas que el viento hojeaba a voluntad, libro que indicaba que ese pontífice había sido fiel a la palabra de su Señor. En el altar se disponía una misa de acción de gracias, detrás azotadas sus vestimentas los cardenales que habrían de estar luego en su mayoría en el cónclave de sucesión. A mano derecha el mundo político universal y al frente el cuerpo diplomático Vaticano con la plenitud de las condecoraciones, ya que el Papa fallecido no quería expresiones externas de luto sino la expresión de alegría, fiesta y gozo de su encuentro con Dios.

Silencios profundos y aclamaciones se intercalaban. El cardenal Ratzinger presidía el oficio divino y en la homilía mirando hacia las habitaciones que había ocupado el Papa Juan Pablo II dijo aquello que “el Santo Padre que nos ve desde la ventana del Paraíso nos sonríe” y continuaba como dialogando con él y luego fue cuando se escuchó soberana la voz del pueblo diciendo a volumen batiente “santo súbito”, como dicen que había sido en la época de Francisco de Asís.

La misa concluyó sin duda con el ánimo del público dividido: la euforia unida a la tristeza. Los “sanpietrinos” levantaron por última vez el ataúd de Juan Pablo II como si se despidiera de la ciudad y luego dieron media vuelta y entraron en la Basílica por la nave central en dirección a la tumba de Pedro para tomar hacia la derecha, en donde vecino a la que había sido la tumba de Juan XXIII se cumplirían los rituales complementarios del sepelio.

Una valija para la eternidad

Con la presencia del cardenal camarlengo, con la del cardenal decano del Colegio Cardenalicio y los arzobispos secretarios personales del Papa y el maestro de ceremonias se deposita a los pies del difunto el “rollito” en un recipiente cilíndrico de bronce con las enseñas pontificias a fin de que por alguna eventualidad se sepa que quien está enterrado allí ha sido un pontífice de la Iglesia católica y puedan las posteridades enterarse quién fue aquella persona que allí yace.

Se ajusta el cuerpo, se colocan algunos recordatorios de su pontificado y dicen que una bolsita que contiene los fragmentos del anillo del pescador que le sirvió de sello en el ejercicio de su pontificado.

Luego se da lugar a ocultar su rostro. Los dos secretarios del Papa, Estanislao y Harvey, toman un gran pañuelo de lino y con él cubren el rostro del Papa, del que previamente se ha hecho para otros menesteres una mascarilla de cera. El pañuelo se coloca sobre el rostro natural y tiene la función de que no vea nada hasta que Dios al llegar al Paraíso descubra con sus manos el rostro del pontífice, quien verá luego de esta vida terrena en primer lugar el amable rostro de su Señor.

Realizado este ritual se procede a encintar y a lacrar con una cinta roja el féretro, que es colocado luego en uno de bronce —o estaño— que contiene en su exterior todos los datos del Pontífice yaciente y éste va en otro ataúd de madera que se sella definitivamente.

Todo esto ha venido siendo acompañado de rezos y de un bello ritual denominado la Valedictio, en donde se encarga a los ángeles que lo conduzcan al cielo y en ese cielo se colme su espíritu de alegrías.

Luego se ajustan las poleas al triple féretro y se hace el descendimiento a la tumba que de inmediato se sella con una loza de mármol noble que dirá los datos del Pontífice y que desde entonces ha sido visitada por millones de personas católicas y de múltiples confesiones en un verdadero acto de espíritu ecuménico que recuerda aquella voluntad del Señor: “Para que sean uno”.

Beatitud y santidad

Ya elegido como sucesor de Juan Pablo II, Benedicto XVI asumió la petición de la comunidad católica, de la cristiana en general y aún de la internacional que habiendo conocido a esa persona tan excepcional esperaba se le concedieran todos los reconocimientos que merecía.

Por ello excluyó en su beneficio la cláusula que implicaba cinco años de espera para iniciar cualquier trámite tendiente a la beatificación, que se formalizará el próximo 1° de mayo. Ahora el mundo se prepara para ver en la Gloria de bernini a este Papa que sin lugar a dudas fue uno de los personajes más carismáticos e influyentes del siglo XX y que marca el sendero para una nueva evangelización, que habrá de redefinir la nueva sociedad de la que él fue precursor, vocero y protagonista.

* Consultor pontificio, exembajador de Colombia ante la Santa Sede y doctor en Teología de la Universidad de Bonn

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