La revolución pendiente

La violencia sexual en la Plaza Tahrir pone sobre la mesa el tema de los derechos de la mujer en Egipto, en el que los avances han sido pocos a pesar del despertar civil.

“Por favor, Dios, haz que pare”. Ese es el título de una reciente entrada en el blog de la periodista británica Natasha Smith, en la que describe en detalle un asalto sexual masivo del que fue víctima el domingo 24 de junio, durante las celebraciones por la victoria del candidato islamista a la presidencia de Egipto Mohammed Morsi en la Plaza Tahrir. Smith estaba en El Cairo preparando un documental sobre el papel de la mujer en la sociedad egipcia.

Su perturbadora narración llega como un eco del ataque que sufrió en el mismo lugar la corresponsal de CBS Lara Logan el día que los revolucionarios de Tahrir festejaban la renuncia de Hosni Mubarak, en febrero de 2011. Luego, en noviembre, la reconocida periodista egipcia Mona Eltahawy terminó con una mano y un brazo rotos después de que un grupo de policías antimotines la agredieran sexualmente durante las protestas en contra de la Junta Militar. Estos casos fueron rápidamente difundidos y las declaraciones de las víctimas transmitidas internacionalmente por periodistas y activistas.

La mayoría de casos similares, sin embargo, pasan inadvertidos, aunque estudios del Centro Egipcio para los Derechos de la Mujer indiquen que más del 80% de las mujeres egipcias han experimentado algún tipo de acoso sexual y más del 60% de los hombres han admitido haber acosado a mujeres. En la densa masa humana de las marchas y protestas políticas en El Cairo, que no se han detenido después de las elecciones, a menudo estallan violentas peleas por causa de un manoseo o de un piropo abusivo. Pero en la conservadora sociedad egipcia el miedo a denunciar es tan generalizado como los ataques. Una de las iniciativas que aborda el tabú que rodea este problema es HarassMap.org, una plataforma virtual en la que, a través de un mensaje de texto anónimo, una mujer puede reportar un caso, que inmediatamente aparece registrado en un ‘mapa del acoso’ en la página web.

Abuso policial

“Casi ninguna mujer habla de esto porque para nosotras es una deshonra”, dice Dina Abouelsoud, cofundadora de la Coalición de Mujeres Revolucionarias, una organización que promueve los derechos de la mujer en Egipto. “Si una mujer tiene el coraje suficiente para denunciar un abuso, corre el riesgo de que en la estación los policías la vuelvan a acosar”.

El Código de Policía estipula, por ejemplo, que no hay castigo para un hombre que golpea a su mujer “con buenas intenciones”, y tiende a favorecer al hombre en los casos en que la mujer es víctima de un abuso o cuando se le obliga a realizar un “acto de indecencia”, como se refiere la policía a cualquier actividad sexual.

Capturado en su carro en pleno acto indecente con una estudiante hace algunas semanas, un clérigo y diputado salafista –de una rama ultraortodoxa del islam– está libre y a la espera de ser interrogado, mientras que la mujer de 19 años fue detenida y sometida a una prueba de virginidad.

Las polémicas pruebas de virginidad son otro atropello contra la integridad femenina, según explica Abouelsoud. Con frecuencia médicos de la policía se las practican a las manifestantes arrestadas en El Cairo para evitar, según el gobierno, que acusen a los policías de haberlas violado en prisión. La práctica de estos exámenes se hizo pública cuando Samira Ibrahim, una de las activistas sometidas a la prueba, desafió al ejército y a la opinión pública al demandar a la junta militar. “Tras el escándalo la gente se empezó a quejar”, dice Abouelsoud, “pero no de las pruebas, sino de que las practicaran médicos hombres. Eso da una idea de cómo aquí nadie se indigna por las humillaciones de las mujeres”.

Por otra parte, una impactante fotografía conocida como ‘la mujer del brasier azul’, en la que un policía antimotines está a punto de patear en el estómago a una mujer que ha quedado semidesnuda después de una paliza policial en la Plaza Tahrir, puso en evidencia tanto la brutalidad de los agentes como los abusos durante las protestas. Al mismo tiempo la imagen se convirtió en símbolo de la resistencia. Algunas paredes del centro de El Cairo han sido grafiteadas con la silueta en esténcil de Samira y del brasier azul, íconos de la lucha por los derechos de la mujer en Egipto.

Por un cambio de mentalidad

“El problema es la percepción de la mujer en Egipto a nivel social, no necesariamente en relación con un régimen político o con un sistema religioso”, dice Dina Abouelsoud a propósito del objetivo de la Coalición de Mujeres Revolucionarias. Explica que aunque las leyes de su país son reflejo de una sociedad sexista, el cambio del Código Penal no es la prioridad de sus compañeras de causa. “Un hombre puede ir a parar seis meses a la cárcel si toca a una mujer sin su consentimiento, y una violación puede ser castigada hasta con la pena de muerte. Lo que nos preocupa es que nadie denuncia y que no existe una cultura de respeto a la mujer”.

Cuenta que durante la revolución contra Mubarak todos, sin importar género, edad o religión, trabajaban hombro a hombro en la Plaza Tahrir: “No había hombres y mujeres en esos días, todos éramos iguales, éramos uno”. Pero a medida que se apaciguaban las protestas, se cerraba también la ventana de la emancipación femenina. Cuando cayó Mubarak, los grupos de mujeres activistas recibieron una palmada en la espalda, un sincero agradecimiento y la instrucción de volver a casa. “El mensaje que recibimos de las nacientes organizaciones políticas, compuestas todas por hombres, es que ya era hora de que volviéramos a la cocina y que ellos continuarían con la revolución”. Así nació la Coalición de Mujeres Revolucionarias, hija de la revolución y del sexismo.

Islamistas y activistas

La victoria del candidato islamista Mohammed Morsi en las elecciones presidenciales no ha contribuido a la tranquilidad de las feministas. Antes de que el Parlamento fuera disuelto por la junta militar hace unas semanas, diputados de los Hermanos Musulmanes, partido al que pertenecía Morsi, trataban de aprobar polémicos proyectos de ley como el de legalizar el matrimonio de niñas desde los 14 años y otro que permitía a un hombre tener relaciones sexuales con el cadáver de su esposa hasta seis horas después de muerta. También se propuso legalizar nuevamente la mutilación genital femenina, que había sido prohibida en 2007. El procedimiento, al que se ha sometido el 70% de las mujeres casadas en Egipto, se realiza abiertamente en las zonas rurales y con mayor discreción por ginecólogos en hospitales de El Cairo.

Las activistas admiten con rabia o decepción que en el nuevo Egipto muy poco ha cambiado con respecto a los derechos de la mujer, pero Dina Abouelsoud menciona un avance: “Después de la revolución me di cuenta de que no estaba sola, que hay más mujeres que sufren lo mismo que yo. Sentimos la necesidad de pedir un cambio social en nombre de la mujer”.

Campañas como ‘Safe Tahrir’ no sólo buscan reclamar el respeto por la mujer, sino también el espacio en que se gestó la revolución, que se ha convertido en el epicentro del acoso sexual. En sus marchas, las manifestantes pretenden pintar con un aerosol a los hombres que sorprendan acosando mujeres. Para la campaña, sin embargo, deben ir acompañadas de 20 guardias de seguridad, algunos de ellos con entrenamiento en artes marciales.

Protesta femenina en Afganistán

Esta semana unas 100 mujeres afganas salieron a las calles de Kabul, la capital del país, para pedir el respeto a sus derechos civiles. La marcha fue una reacción a la ejecución pública de una joven de 22 años, de nombre Najiba, quien en la provincia de Parwan y en frente de una multitud de hombres recibió nueve disparos de manos de su esposo, tras ser acusada de adulterio.

Tras su muerte, los hombres, a los que el gobierno asoció con fundamentalistas talibanes, celebraron que se hiciera ‘justicia’. Tanto la ejecución como el posterior festejo quedaron registrados en un video que gracias a las cadenas de televisión le dio la vuelta al mundo.
Las marchantes exigieron al presidente Hamid Karzay emprender acciones para que situaciones como estas no ocurran de nuevo.