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El Mundo 14 Abr 2013 - 8:00 pm

Elecciones en Venezuela

¿Se avecina el declive del régimen de Hugo Chávez?

Gane quien gane las elecciones en Venezuela, muchos aseguran que el chavismo comenzará a decaer lentamente sin un líder carismático que lo represente.

Por: Olga Illera C. / Juan Carlos Ruiz V. Ph.D.
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Así como la partidocracia que caracterizó a Venezuela durante décadas colapsó con el derrumbe de los partidos tradicionales; el chavismo comenzará a decaer lentamente sin un líder carismático para convertirse simplemente en un mito como ha sucedido con otros populismos latinoamericanos. Durante años, los partidos políticos coparon toda la esfera social venezolana, al punto de sofocar a la ciudadanía, que optó por favorecer nuevas formas de representación personalizada y por fuera de los partidos como resultó ser el chavismo. Así como la partidocracia sin partidos resultó inviable, el régimen populista actual sin su líder palmario está condenado a desaparecer lenta e inexorablemente.

La caída de la partidocracia

Entre 1973 y 1988, Acción Democrática (AD) y COPEI mantuvieron el control del 70% del Congreso Nacional en promedio, mientras que las terceras fuerzas nunca lograron obtener más de un 11%. Durante cuatro décadas, la alternancia en la presidencia se dio basada en lo que los analistas llamaron la regla del “péndulo” que significaba castigar la gestión del gobierno votando por el partido de oposición en las siguientes elecciones presidenciales. Los partidos permearon toda la sociedad al punto de que la vida asociativa se dividía en organizaciones de barrio tanto de AD como de COPEI. Desde los sindicatos hasta los reinados de belleza pasando incluso por los equipos de futbol aficionado, todos se agrupaban en torno a los dos partidos. Sin embargo, la vida por los partidos y a través de los partidos vino a hastiar a los venezolanos quienes no encontraron en esos partidos desmesurados canales de representación de sus intereses. Los partidos se representaban a sí mismos y perseguían sus propios intereses estamentales.

En 1989 se inician una serie de reformas al sistema electoral con la idea de acercar los partidos políticos con las demandas del electorado, así como hacer más democráticos y abiertos sus procedimientos internos. Algunas de estas reformas fueron el establecimiento de votos preferenciales y uninominales para la composición de cuerpos colegiados, la elección popular de alcaldes y gobernadores, así como las consultas internas de partidos.

Estas medidas no lograron canalizar el desencanto de la población con los partidos políticos. En el año 1992 la democracia venezolana hizo frente a dos golpes de estado (4 de Febrero y 27 de Noviembre), meses después, el presidente Carlos Andrés Pérez fue suspendido por malos manejos de recursos públicos evidenciando así un desgaste de la representación política. Esto se reflejó en que para 1993 AD y COPEI lograron apenas el 50% de la representación legislativa, mientras que las otras fuerzas mostraron un crecimiento importante, Causa Radical (LCR) con el 20% y el Movimiento al Socialismo (MAS) y Convergencia 10%. Ese mismo año fue elegido un presidente por fuera de los partidos tradicionales, llegando al gobierno Rafael Caldera, quien participó por el partido Convergencia, una disidencia del COPEI.

El electorado venezolano comenzó a buscar formas alternativas para canalizar la representación a través de nuevas expresiones políticas. Esto da inicio a las carreras políticas de los coroneles golpistas Francisco Arias Cárdenas y Hugo Chávez. El primero de ellos fue elegido en 1995 como gobernador del estado de Zulia, y el segundo se convirtió en el fenómeno político que todos conocemos, al crear el Movimiento Quinta República, MVR. Esta situación marca la ruptura definitiva del sistema de partidos venezolano, en tanto que su aparición favoreció la conformación de nuevos partidos como Proyecto Venezuela y Primero Justicia en oposición a Chávez, y otros movimientos que hacían alianzas ocasionales con el MVR como Patria Para Todos, PPT, facción de Causa Radical, y la progresiva desmembración de AD-COPEI en una miríada de pequeños partidos. En el caso del MVR desde su inicio no se percibió la intención de crear una estructura de partido, sino ser esencialmente una plataforma electoral para apoyar el liderazgo carismático de Chávez.

La Constitución de Venezuela de 1999, si bien reconoce el derecho de los ciudadanos a asociarse con fines políticos, no usa para ello en ningún momento la palabra partidos políticos, sellando con ello el cambio de la democracia representativa a la democracia participativa y protagónica como la denominó Chávez. Así mismo se prohibió el financiamiento de estas organizaciones con fondos públicos, y se transformaron las normas de funcionamiento de los partidos y representación política incluso electoral, lo que terminó por debilitarlos y dar paso a un sistema fragmentado de organizaciones volátiles que se organizaban en torno o en contra de la figura de Hugo Chávez.

Esto se hace evidente en las elecciones del año 2006, en donde Chávez fue reelecto a través de la plataforma MVR y el apoyo de una coalición de otros 24 partidos políticos en el denominado Bloque Patriótico; mientras que el candidato por la oposición, Manuel Rosales a través del movimiento Un Mundo Nuevo recibió el apoyo de 42 organizaciones políticas, bajo la Unidad Nacional. Sin embargo, para 2009 hay un cambio en la percepción de Chávez sobre los partidos políticos, por lo que funda el Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, con la finalidad de ser en sus propias palabras una “inédita herramienta política de masas” que permitiera dar soporte al fenómeno del Chavismo.

El partido difícilmente logra separarse o ganar autonomía frente a su gestor. De hecho en la reseña histórica, el poder del pueblo es delegado a Chávez y éste a su vez lo transfiere “a la única instancia capaz de gestionarlo sana y sostenidamente: un Partido”. En ese sentido, se rompe todo el esquema de funcionamiento de representación de los partidos, en tanto que es el líder, es Chávez, quien concentra esa representación, y sólo él quien decide delegarlo, y no al contrario como lo dicta el sentido común. Otra muestra de este personalismo, se evidencia en la publicidad y mecanismos de comunicación del partido hacia la sociedad; por ejemplo, para inscribirse electrónicamente hay que ir a la sección que reza: “Inscríbete en el PSUV, anótate con Chávez”, (aún tras su fallecimiento). En ese mismo año la oposición funda el movimiento Unidad Venezuela con el apoyo de 24 organizaciones, cobijando diversas ideologías, pero con un eje de articulación: hacer contrapeso al gobierno de Chávez.

En el año 2012, tanto PSUV como Unidad se enfrentaron en las elecciones presidenciales con un 55% de los votos para Hugo Chávez y un 44% para Henrique Capriles. Hoy se vuelven a enfrentar en elecciones PSUV y Unidad, y aunque el nuevo candidato sea Nicolás Maduro, es claro que es un enfrentamiento entre la memoria de Chávez y la oposición. La paradoja es que el primer partido caracterizado por ser una extensión del carisma de su líder, se cuestiona si el recuerdo será suficiente para dotar de estabilidad el proyecto; mientras que para la oposición es lo contrario, buscar que su representante tenga el carisma necesario para amalgamar las diferentes vertientes políticas de su plataforma. Así la situación política venezolana pasó de ser considerada una partidocracia al populismo llano.

La caída del populismo

Los regímenes populistas en América Latina han dividido en dos las historias de los países donde han aflorado, convirtiéndose en mito y referencia política obligada para las generaciones siguientes. Sin embargo, los sucesores de los líderes populistas han sucumbido sin poder perpetuar sus legados, mostrando en general poco olfato político. Hoy resulta difícil concebir el Brasil contemporáneo sin la idea del Estado Nuevo de Getulio Vargas, o poco se entendería la Argentina de hoy sin conocer la influencia de la llamada Nueva Gran Argentina de Juan Domingo Perón, y otro sería México sin el intento de reforma agraria de Lázaro Cárdenas. Igual Venezuela no será la misma tras la revolución bolivariana de Hugo Chávez.

A pesar de esos legados indiscutibles, la mala noticia para el chavismo y los chavistas es que históricamente los herederos de los populismos y los llamados a ocupar el poder para perpetuar al líder han decaído rápidamente y su proyecto ha quedado más en el mito popular. Los seguidores siguen venerando por décadas la figura del líder muerto, pero los herederos políticos directos son incapaces de mantener este legado. Dado que en el populismo no hay intermediación de los partidos entre las masas y el líder, su éxito radica precisamente en la figura única del jefe supremo que otros difícilmente podrán reemplazar. La bailarina de cabaret, Isabel Perón, estuvo en el poder menos de dos años tras la muerte de su esposo, el presidente Juan Domingo Perón. El Cardenismo nunca pudo volver a la presidencia ni siquiera en cabeza de Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo del líder mexicano. Si bien aparecieron varios políticos populistas en Brasil tras el suicidio de Vargas, ninguno logró reavivar su proyecto ni ser seguido por las masas. Para no hablar del gaitanismo que subsistió por décadas en el fervor de sus seguidores pero que nunca logró reemplazar al líder asesinado.

Si hemos de creer a estos antecedentes, pocos augurios le deparan al candidato Maduro en Venezuela incluso si gana estas elecciones. Aunque el discurso de Chávez resultaba folclórico y colorido, contenía un claro mensaje que aludía al nacionalismo, el antiimperialismo, un fuerte rol del Estado, el asistencialismo, el pueblo y los desposeídos. Nicolás Maduro solo recoge en sus palabras la parte emotiva y visceral de su líder, pero olvida el ideario chavista. Chávez supo bien hacerse llamar “comandante” siguiendo los ejemplos de aquellos que pretendían ser jefes o líderes como el führer, el duce o el caudillo. Maduro, por el contrario, es simplemente Nicolás. También Chávez acogió símbolos con su boina roja, militarizó parte de la sociedad dividiéndola en cuadros y milicias y creó un imaginario colectivo bajo la figura de Bolívar satanizando la política y las élites tradicionales que gobernaron y expoliaron a Venezuela. Para Chávez, la ‘buena’ política solo pasaba por él. Maduro no tiene más mensaje que ser el sucesor del líder muerto y su símbolo se ha reducido al plátano y a la deificación recurrente de Chávez quien promete convertirse en algo místico más importante que el “venerable” médico José Gregorio Hernández. Mientras crece el mito de Chávez, el régimen chavista en cabeza de Maduro da señales de entrar en un declive incontenible que solo los petrodólares pueden ayudar a frenar momentáneamente. Su retórica vacua no parece movilizar y la falta de credibilidad lo ha convertido en objeto de mofas. Chávez unía a los cuadros dirigentes chavistas. Un Maduro que no prodiga respeto difícilmente podrá evitar el disenso entre los mandos del chavismo que, igual que él, aspiran a gobernar.

La tragedia de la democracia venezolana es que ya no tiene partidos para regenerar el tejido político, y dado que, en los últimos 15 años, toda la vida política y social gravitó alrededor de Chávez, al morir éste, se perdió el único referente que, para bien o para mal, estructuraba la vida política venezolana.

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