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El Mundo 20 Ago 2013 - 10:00 pm

Continúa la violencia en El Cairo

¿Qué se juega Obama en Egipto?

Al cortar la ayuda al Ejército egipcio, el presidente de EE.UU. arriesgaría la estabilidad regional y acabaría un millonario negocio armamentista de empresas norteamericanas.

Por: Daniel Salgar Antolínez
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Vehículos blindados del Ejército egipcio permanecen desplegados en un acceso a la plaza Tahrir. Buscan prevenir las manifestaciones de apoyo al depuesto presidente Mohamed Mursi. / EFE

Muchos de los tanques que han utilizado las autoridades egipcias para reprimir las manifestaciones de miles de personas que exigen el retorno de Mohamed Mursi al poder son made in USA . Se trata de los tanques Abrams, que hacen parte de la ayuda que presta EE.UU. al Ejército de Egipto. En vista de los recientes episodios de violencia en el país de los faraones, el presidente Barack Obama ha considerado suspender la cooperación militar, pero hacerlo implicaría poner en juego la estabilidad regional y desligarse de un multimillonario negocio de armas de empresas estadounidenses.

La encrucijada es similar a la del presidente ruso, Vladimir Putin, frente a la guerra que ha dejado más de 100.000 muertos en Siria. Rusia tiene en Siria la única base naval (Tartus) que le quedó tras la disolución de la Unión Soviética. El régimen de Bashar al Asad es un socio clave para el negocio de las armas y la influencia de la política rusa en Oriente Medio. Para Putin, pese a la brutal represión por parte del régimen de Damasco, es impensable desligarse de su único aliado estratégico en la región.

EE.UU. tiene la cosa más complicada, porque de su ayuda a Egipto depende en buena parte el statu quo en Oriente Medio. Carool Kersten —experto en islam del King’s College London, el Centro de Estudios para el Sudeste de Asia y la Escuela de Estudios Orientales y Africanos—, explica a El Espectador que bajo el mando de Nasser y los primeros años de Anwar Sadat en el poder, Egipto era un país no alineado, pero recibía ayuda militar de la Unión Soviética. Esto cambió después de la guerra árabe-israelí de 1974, que terminó con un armisticio negociado por el secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger. Como parte de la política de “apertura” de Sadat, Egipto comenzó a recibir ayuda militar y de otro tipo de EE.UU. Esta relación se hizo más y más fructífera para Egipto, sobre todo después de las negociaciones de paz que comenzaron tras la histórica visita de Sadat a Israel en 1977, que llevó a los acuerdos de Camp David.

Desde entonces, los pactos alcanzados se han sustentado en la ayuda económica y los lazos políticos que mantiene Washington con sus aliados. Hoy Egipto es el segundo receptor extranjero de ayuda militar de EE.UU., después de Israel. La suma que recibe anualmente llega a US$1.550 millones, de los cuales US$1.300 millones son ayuda militar y US$250 millones se destinan a programas sociales, de infraestructura y medio ambiente.

A cambio de esa financiación, Washington se asegura la libre movilidad de sus aviones por el espacio aéreo egipcio y de sus barcos de guerra por el canal de Suez. Barah Mikail, investigador de Oriente Medio de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior, dice a este diario que “en cierta manera, EE.UU. ha estado comprando el apoyo de Egipto a sus políticas regionales. Hacer que Egipto sea dependiente de los fondos de EE.UU. es también una forma de mantener la seguridad de que El Cairo no perjudicará los intereses de Israel”.

Además de las implicaciones geopolíticas, la financiación a Egipto le representa a EE.UU. un millonario negocio. En una entrevista con National Public Radio (NPR), Bruce Baron, presidente de Baron Industries, una empresa de 57 trabajadores en Oxford (Michigan), aseguraba que “la ayuda que damos a Egipto regresa EE.UU.”. Buena parte del rubro destinado al desarrollo armamentista, se utiliza para que Egipto, con el dinero de EE.UU., compre armas a empresas estadounidenses.

El artículo de NPR indica que “cada año, el Congreso de EE.UU. aprueba más de US$1.000 millones en ayuda militar a Egipto. Pero ese dinero nunca llega a Egipto, sino que va a una cuenta de la Reserva Federal de Nueva York y luego a un fondo del Tesoro que más adelante paga a las empresas de defensa que fabrican los tanques y aviones que compra Egipto.

La sede de la alianza militar se ubica en Lima (estado de Ohio) y Oxford (Michigan), donde están las industrias en las que se fabrican los componentes del tanque Abrams, que Egipto compra a EE.UU. para luego ensamblar en el país árabe. Desde finales de los 80, EE.UU. ha enviado unos mil tanques M1A1 Abrams, de los cuales 200 nunca se han utilizado. También han sido vendidos 221 cazas F-16 desde 1980.

En EE.UU., los principales favorecidos con la alianza militar son los trabajadores y accionistas de empresas como Lockheed Martin o General Dynamics (fabricante del Abrams). Aunque Egipto use o no el arsenal producido en Washington, a este sector de la economía estadounidense no le conviene que se acabe el negocio. En el debate anual sobre los presupuestos en el Congreso, los legisladores de Ohio impulsan la preservación de estos empleos, a pesar de que el Pentágono insiste en que el Ejército de EE.UU. ya no necesita el Abrams. Cuando Obama decida si cortar o no la ayuda a El Cairo, los congresistas defenderán sus intereses económicos.

En el pasado, la ayuda económica le sirvió a EE.UU. para mantener su influencia en la política egipcia. Pero ahora los generales no se muestran tan sumisos con la Casa Blanca, como en tiempos de Hosni Mubarak. Están más interesado en reconquistar el poder en el interior que en la política exterior.

Según Barah Mikail, hoy sabemos que EE.UU. alentó el derrocamiento de Mubarak. Desde entonces, los estadounidenses se han comprometido a apoyar el proceso político, incluso cuando los Hermanos Musulmanes llegaron al poder. “Con el derrocamiento de Mohamed Mursi, entendemos que EE.UU. ha mantenido sus estrechas relaciones con el Ejército, que sigue siendo el actor más poderoso y decisivo en el contexto egipcio. Sin embargo, EE.UU. enfrenta una situación difícil, ya que no quiere aparecer como respaldo de las políticas violentas del Ejército contra los partidarios de Mursi”.

Washington busca la fórmula para rechazar la violencia sin comprometer sus relaciones con las fuerzas castrenses. No ha dicho que la caída de Mursi fuera un golpe de Estado. Decirlo obligaría a Obama, según la propia Constitución de EE.UU., a suspender la ayuda al gobierno egipcio, por ser ilegítimo. De hecho, el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, dijo en una ocasión que la vuelta de los militares al poder es un paso hacia la restauración de la democracia.

A la vez, Obama “condena con toda firmeza los pasos dados por el gobierno interino de Egipto y las fuerzas de seguridad”. Su primera respuesta oficial fue anular unas maniobras militares conjuntas y poner bajo revisión el futuro de la cooperación militar. La decisión que tome no tendrá efecto hasta 2014, porque la ayuda militar a Egipto en 2013 ya está garantizada gracias a la firma de Kerry en mayo.

¿Qué pasa si Washington corta la ayuda? Esto le significaría a Obama, por un lado, poner a tambalear los procesos de paz entre Egipto e Israel y frenar el alcance de los intereses estadounidenses en la región. Por el otro significaría poner fin al millonario negocio de las armas. Obama tiene que decidir entre favorecer los objetivos de su política y sus negocios internacionales, o apartarse del escenario para no pasar a la historia como el presidente que financió a un Ejército cuyas víctimas podrían ser demasiadas.

Shana Marshal, investigadora del Crown Center for Middle East Studies de la Brandeis University, habla en un artículo publicado por Foreign Policy de la decisión que podría tomar EE.UU. Dice que, no tanto por la preocupación sobre el tratado de paz o el deseo de mantener la influencia sobre El Cairo, sino porque “siempre que los intereses poderosos obtienen beneficios sustanciales de la continuación del programa de ayuda —mientras sus grupos en el Capitolio son receptores de la transferencia de dinero en términos de creación de empleo y el apoyo a los aliados regionales— es poco probable que el flujo de dólares y armas llegue a su fin”.

Retirar la ayuda, en todo caso, no garantizaría que las fuerzas egipcias flexibilicen su posición o detengan la represión. La medida, explica Mikail, debilitaría especialmente al Ejército, pero también traería consecuencias negativas a la economía nacional y por lo tanto llevaría a más tensiones internas. Además, el debilitamiento de las Fuerzas Armadas sería sólo temporal, porque Arabia Saudita y otros estados del Golfo ya se han comprometido a compensar cualquier reducción de la ayuda estadounidense.

 

 

dsalgar@elespectador.com

@DanielSalgar1

 

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OSCAR FERNANDO AMADO GARRIDO

Mie, 08/21/2013 - 09:41
A Obama le faltan pantalones para semejante iniciativa. Es el artículo más cándido e ingenuo que haya leído, basado (como cosa rara) en elucubraciones académicas de universidades gringas, basadas en un escenario real que no es el que se da en el campo. Pero lo peor, ver cómo la prensa se la cree.
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