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El Mundo 11 Nov 2012 - 12:31 am

Lectura recomendada para fin de año

Sicilia, cuna de la mafia

El Áncora Editores presenta ‘Otros rumbos’, una recopilación de relatos de viajes por una docena de países, del escritor Alfredo Molano Bravo. Publicamos un fragmento del libro.

Por: Especial para El Espectador
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Postal de la isla de Sicilia, con el alma mafiosa de un paraje del Viejo Continente adherida a sus muros centenarios. / Thinkstock

Con delicada lentitud el barco se fue acercando a Sicilia, dando a los viajeros tiempo para entrar en relación con ella. La isla atrae con una fuerza misteriosa y cálida; hay algo solemne y sobrecogedor en ese país que ha sufrido el peso de cuanto imperio ha pasado por el Mediterráneo, que vive al sol y donde el olivo es rey. Poco a poco emerge el perfil de una cadena de peñascos azulados y gigantescos, el mayor de los cuales, el Pellegrino, cerro tutelar de Palermo, fue considerado por Goethe el monte más hermoso del mundo.

Todo desembarco es desconcertante. Nunca se es tan consciente de la débil línea que divide el presente del pasado como en el momento de echar pie a tierra. En Sicilia, esta sensación es aún más abrumadora porque no se trata de un tiempo personal, sino histórico: se llega a un puente entre dos mundos y entre dos épocas.

De entrada, en Palermo se siente el maravilloso desorden que rige la isla. Los carros pitan al mismo tiempo, los aduaneros no existen, hay perros sueltos que husmean cada maleta y a cada pasajero. El calor es tan fuerte que, se diría, suena al caer.

Uno puede llegar a Palermo con mil guías de turismo, haberlas leído todas y, sin embargo, cada esquina tiene una singularidad que nadie puede recoger ni perpetuar en sitio distinto a donde existe. Calles estrechas, oscuras y frescas donde el tiempo ha barnizado todo de un negro opaco y poroso que desemboca en un mercado que se abre sin prólogo, como un continente de colores y algarabía; en un cementerio blanco o en un parque lleno de pájaros y palmeras. Calles que llevan a un monumento pesado —erigido por la Casa de Anjou o por la Casa de Austria— frente a una mezquita destrozada por una catedral barroca, aterradoramente sólida.

Nada es regular en Palermo, nadie puede conocer el viejo Palermo, una ciudad en eterna decadencia. Hay, claro está, otra Palermo: la de las motocicletas, la de las amplias avenidas, la de la publicidad, una ciudad que da la cara, una cara plana que a nadie importa.

Palermo está casada con la mafia. Acariciaba el propósito de conocerla y escribir sobre las huellas de los personajes que hicieron famosos Coppola y Puzo y, por qué no, siendo colombiano, conversar con los capos que hoy siguen gobernando Sicilia y buena parte del sur de Italia.

Traía el nombre de un historiador, profesor de la universidad, que resultó ser un especialista en Pier Paolo Pasolini, y durante las tres horas que caminamos por entre callejuelas de piedra brillante no dejó de tratar el tema que lo apasiona: la identidad entre el misticismo y el terrorismo, tema que, sobra decir, nada dice de Sicilia ni de la mafia. Buscaba al menos la Sicilia de Lampedusa, la de El Gatopardo, decadente pero luminosa. Me dio el teléfono de “un amigo” que podría ayudarme a entender la mafia, “pero que nunca va a presentar su gente”, me advirtió, abrazándome al mejor estilo siciliano.

Esperaba que el nuevo “contacto” tuviera anteojos negros, camisa rosada, que fuera alto, nervioso. No acerté. Se trata de un hombre tranquilo, con unos ojitos que apenas si podían sobreponerse a unos párpados hinchados, que hablaba mitad en italiano, mitad en castellano, y que comenzó diciéndome: “La mafia hace parte del Ser siciliano, es su alma. No busque la Mafia en un sitio específico, aquí todos somos mafiosos y por eso no encontrará ningún Corleone”. Traté, por todos los medios, de abrir su caja de secretos —que, estaba seguro, tenía— dando rodeos y rodeos: la importancia que tiene la tierra en Sicilia; la producción de trigo, de vino, de aceite de oliva; y para desconcertarlo, traté de cogerlo de flanco, planteándole un tema que apasiona a todo siciliano: el de las sucesivas invasiones.

Repitió lo que todos saben: Sicilia ha sido invadida por griegos, romanos, árabes, normandos, franceses, aragoneses, tudescos, piamonteses —el temido septentrión— y, levantando su dedo índice: “No olvidar: y por los norteamericanos en el año 44. Ahí está escondida la llave para entender lo que busca. Las invasiones sucesivas —me explicó— han sido al mismo tiempo el crisol donde se ha formado la ‘raza’ siciliana y la razón profunda de la mafia, que, en el fondo, es una ley que preserva el poder de Sicilia en manos de los sicilianos. Es una ley de venganza honorable, una equilibrada, aunque dura, forma de la equidad. Todo invasor —el de ayer y el de hoy— tiene que contar con esa ley y con esa fuerza para gobernar. Si se quiere, es una ley que gobierna a los que nos gobiernan, o a los que creen gobernarnos. No es una ley que use las armas contra el invasor, sería una imbecilidad; las usa contra quien es desleal, está de parte del invasor y busca romper nuestra unidad”. Hizo una transición de silencio y agregó: “Y vaya al sur; tengo un amigo que sabe mucho de lo que hemos hablado: la producción de vino”.

Antes de viajar al sur visité el palacio Ganci-Valguanera, donde Visconti filmó parte de El Gatopardo, y luego pasé por las Catacumbas de los Capuchinos, donde Francesco Rosi rodó Cadáveres excelentes. Fue una obligada concesión a las guías turísticas, de la que no me arrepiento. Son dos lugares, digamos, complementarios.

El palacio está situado al lado de una placita recogida donde tuvo lugar una revuelta de alcances universales. La isla era gobernada en aquel entonces por herederos de Carlos de Anjou, odiados por los sicilianos. La víspera de Cuaresma del año 1282, un soldado francés, buscando armas, palpó a una dama palermitana y allí comenzó el problema: la multitud se levantó al grito de “mueran, mueran” y masacraron a doscientos soldados. El honor ultrajado de una dama y la venganza contra los invasores rompieron de manera brutal la perspectiva de un imperio universal del papado.

Dante en El Paraíso remite al episodio y Verdi lo dramatiza en Las vísperas sicilianas. Algunos autores, como Runciman, opinan que en la resistencia contra la Casa de Anjou se encuentra el origen de la mafia. El palacio es un edificio soberbio del siglo XVIII que perteneció al príncipe de Ganci, cuyos salones envidiaría Versalles, como se dice que alguien dijo. Visconti, que se solazaba con una mezcla de melancolía y deleite en la decadencia de la aristocracia, escogió este edificio que hoy permanece vacío, pero amueblado, para rodar las escenas más sobrecogedoras de El Gatopardo: el vals que don Fabricio, príncipe de Salinas, baila con la bella Angelina, prometida de su sobrino. Él, un aristócrata envejeciendo; ella, una flor plebeya abriéndose: el vals consagra la unión de dos categorías sociales hasta entonces enfrentadas a muerte.

El príncipe repite, mirando con desprecio la nueva clase: es necesario que todo cambie para que todo siga igual. Tal cual: la baronía siciliana, derrotada por Garibaldi —el Che Guevara de finales del siglo XIX italiano—, continúa hoy siendo propietaria de grandes feudos en Sicilia, pero viviendo en el sur de Francia, como la familia Ganci o los parientes del Príncipe de Lampedusa, los verdaderos Gatopardos.

Muchos barones —o quienes los imitaban—, creyendo que el fin de su mundo llegaba con la Revolución liberal de Garibaldi, optaron por perpetuarse como cadáveres, y los padres capuchinos, siempre solícitos, accedieron a momificar los excelsos difuntos. El procedimiento debía costar mucho dinero porque no hay ni una sola momia plebeya.

Hoy día se pueden visitar las catacumbas y “contribuir con un óbolo” a la conservación de este tétrico cementerio. Se entra por una planta baja —un subterráneo encalado y oscuro, de estruendosa resonancia— hasta llegar a las galerías. Hay miles de momias colgadas de las paredes como si hubieran sido ahorcadas, las manos unidas sobre el bajo vientre en una postura defensiva, las cuencas de los ojos mirando hacia adentro y las cabezas invariable­ mente inclinadas.

Hay pabellones masculinos, donde los hombres más ricos e importantes conservan su altanería habiéndose hecho vestir con sus mejores galas. Los hay de frac, los hay de abrigo de pieles, los hay de vestido de lino; a todos les cuelgan los zapatos. Durante mucho tiempo los deudos regresaban de tanto en tanto a cambiarles el vestido y a ponerles uno a la moda, limpio y sin polvo.

Hay un pabellón donde están colgados los “profesionales”, es decir, médicos, abogados, ingenieros; hay otro de prelados, donde abundan sotanas, casullas, sobrepellices, báculos y palios. Los militares tienen —¡cómo no!— su cuadra especialísima: todos uniformados, condecorados, emplumados como pavos. Las mujeres no están colgadas sino acostadas en cofres de vidrio como Blancanieves, quizá para evitar alguna provocación que en ningún caso podría ser de los vecinos. Así, muertas, encerradas como vivieron en vida, dan una sensación de patética pureza. Y por fin los niños y las niñas, todos juntos porque a esas edades todos y todas son angelitos sin sexo. Hay una —¡pobrecita!— que se mantiene intacta y sonrosada.

En medio de este extravagante escenario se celebraron durante mucho tiempo las reuniones más secretas y trascendentales de la mafia. Los augustos esqueletos han sido, pues, testigos de los pactos entre padrinos, que, como nos lo había explicado nuestro amigo, fueron durante el siglo XIX, y hasta mediados del XX, aristócratas, señores de la tierra que emitían leyes propias para regular la necesaria explotación de sus trabajadores con el espíritu de unidad siciliana.

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at52

Dom, 11/11/2012 - 11:48
la casita blanca con dos ventanas que se ve al fondo ,es la casa de la famiglia nulle.
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El Rejugao de Dosbocas

Dom, 11/11/2012 - 08:03
La verdadera cuna de la mafia es Roma y la organización mafiosa más grande de todos los tiempos es la Iglesia Romana. Si no lo creen lean el libro CRÓNICA DE FARSAS Y ABSURDOS HISTÓRICOS, una obra que, con soporte histórico y en forma abreviada, cuenta el incríble historial mafioso y criminal de los 'Obispos de Roma'. El libro lo pueden bajar gratis ingresando al blog literario http://eduardodavidlopezespinosa.blogspot.com/
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NABOT

Dom, 11/11/2012 - 05:58
A Molano, le recomiendo para un buen libro si quiere hablar de mafia, que mire a los politicos de la mal llamada democracia Colombiana. mafiosos,corruptos y mañosos. Si quiere CAPOS no hay que ir a Sicilia.
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Maquiavelo..

Dom, 11/11/2012 - 01:13
Vean la serie italiana "Corleone" que es la historia del capo de i Capi el corleonese TOTO RIINA y ahi conoceran como funciona la mafia siciliana moderna....Funciona de manera antigua pero lo maneja todo, contratos publicos, bancos, problemas personales etc
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carmen arevalo

Sab, 11/10/2012 - 23:44
Serà un placer viajar por esos rumbos colgada de la pluma de Molano.
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jaramo

Dom, 11/11/2012 - 10:10
Qué embidia, así, con m y b grande de buena...
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