Snowden, EE.UU. y América Latina

El gobierno colombiano paga un alto precio por haber sacrificado su relación con los vecinos en favor de Washington.

Cristina Fernández y José Mujica protestaron durante la cumbre del Mercosur por el espionaje de EE.UU. a la región.  / AFP
Cristina Fernández y José Mujica protestaron durante la cumbre del Mercosur por el espionaje de EE.UU. a la región. / AFP

 Pocos dudan del carácter democrático de Estados Unidos, pero algunas de sus acciones en política exterior ponen en entredicho lo incondicional de dicha vocación. De comprobarse el sistema de espionaje puesto en evidencia por el dossier Snowden se confirmaría el temor de algunos mandatarios por la intromisión sistemática de EE.UU. en asuntos internos de terceros en América Latina.

Por años se vio la postura de Evo Morales, Hugo Chávez y Rafael Correa frente a Estados Unidos como anacrónica, y por tanto injustificable. Desde el golpe de Estado en abril de 2002, Caracas denunció constantemente la intromisión de Washington en su política, sin que ello fuese tomado en serio. Para muchos, se trataba de una estrategia de distracción para esconder las innegables vicisitudes internas.

Luego, el mandatario boliviano, a raíz de la crisis política suscitada por la aprobación de la Constitución de 2009, denunció una situación similar orquestada desde la embajada estadounidense, sin que su reclamo siquiera tuviera eco en la agenda regional. Finalmente fue el ecuatoriano Rafael Correa quien hizo pública la intención de Washington de desestabilizar su gobierno. Todo ello se leía como una muestra de atraso y como la confirmación de una izquierda que aún vivía en las superadas lógicas de la Guerra Fría.

Sin embargo, el escándalo por las revelaciones del excontratista de la CIA Edward Snowden revelaría que el anacronismo proviene de la política exterior de Estados Unidos, más que de aquellos países de la izquierda latinoamericana. El asunto trae a la memoria los peores momentos de la relación entre la región y Washington durante el conflicto liberalismo-comunismo, que llevó a sobrepasar los límites de la democracia en nombre de la contención al socialismo real.

La caída de los presidentes Jacobo Árbenz, en Guatemala, João Goulart, en Brasil; Juan Bosch, en República Dominicana, y Salvador Allende, en Chile, fue producto de una campaña similar, la que ha llevado a Estados Unidos a mantener aún una red en espionaje en América Latina. El hecho demuestra tal grado de paranoia que ni siquiera aliados como Colombia se habrían salvado de las interceptaciones y seguimientos ilegales.

Las preguntas que dicho espionaje suscita son innumerables y al menos dos requieren respuestas urgentes. Si se espiaba a un continente como América Latina, pacífico y que por tanto no representa una amenaza real para Estados Unidos, ¿en qué excesos habrá incurrido Washington en otras regiones del mundo donde los riesgos para su seguridad proliferan? Y algo fundamental para las Américas: ¿con que propósito, y desde cuándo se espiaba a algunos latinoamericanos?

El hecho debilitará la maltrecha legitimidad de Estados Unidos en las Américas, no tanto desde la visión de los gobiernos, que para el caso resulta irrelevante (como el pedido de explicaciones desde Colombia, contradictorio frente a la sumisión comprobable a Washington), sino en una sociedad cada vez más exigente de las garantías de los derechos humanos de primera generación (civiles y políticos). El hecho parte en dos la historia de las relaciones Washington-América Latina desde los noventa.

Con respecto a Colombia, inaugura un nuevo capítulo en las relaciones Bogotá-Washington. Desde finales de los noventa, con la llegada de Andrés Pastrana, se pensaba en un vínculo de inmejorable condición. Sin embargo, la información que sugiere Snowden acerca del espionaje en Colombia despierta incertidumbre sobre el conocimiento que el Gobierno tenía del mismo. El hecho es más grave si se consideran los escándalos por las interceptaciones y seguimientos ilegales que se produjeron en el gobierno anterior. ¿Participó Estados Unidos en dichas acciones? ¿Lo hizo por motivación propia o por sugerencia del gobierno colombiano de ese entonces? Dos preguntas que revelan la dificultad que tendrá que enfrentar la administración Santos en los días próximos.

Finalmente, el espionaje supondría una percepción norteamericana de Colombia como nación inferior. Difícilmente se podrá convencer a la gente de que entre amigos o aliados caben semejantes conductas, que denotan desconfianza y superioridad de un lado sobre el otro. Consecuentemente, el Gobierno paga un elevado valor por haber sacrificado la relación con los vecinos en favor de lazos con Washington, al que cándidamente ha visto como un aliado en un vecindario plagado de gobiernos de izquierda “hostiles”. La coyuntura debe servir para revaluar dicho alineamiento.

Relaciones tensas con Europa

El caso Snowden complicó las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Alemania le pidió explicaciones al presidente Barack Obama por las revelaciones de espionaje y otros países se sumaron indignados a la solicitud. Hasta ese momento, el caso no tocaba a América Latina. Hasta cuando al avión del presidente de Bolivia, Evo Morales, quien regresaba a su país de una visita a Rusia, Francia, Portugal, España e Italia le cerraron el espacio aéreo, obligándolo a aterrizar en Viena, en donde permaneció 13 horas varado, mientras esos gobiernos europeos decidían permitir el tránsito de su avión. Esa situación, más las revelaciones de espionaje, tensan las relaciones entre Europa y América Latina. La OEA y el Mercosur, entre otros organismos, condenaron el hecho. Incluso, los países miembros del Mercosur, más Bolivia que está en calidad de observador, llamaron a consultas a los embajadores de los países implicados en el hecho y expresaron “su más firme rechazo”.

* Profesor U. del Rosario