Publicidad
El Mundo 30 Jul 2011 - 9:00 pm

Entre 300 y 700 tunecinos deambulan desamparados por la Ciudad Luz

Túnez-Lampedusa-París

La capital francesa ha sido el destino final de cientos de los tunecinos que migraron tras la Revolución de los Jazmines. El Espectador los acompañó en su lucha por la supervivencia.

Por: Ricardo Abdahllah/París
  • 40Compartido
    http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/tunez-lampedusa-paris-articulo-288228
    http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/tunez-lampedusa-paris-articulo-288228
  • 0
Foto: EFE

Como la mayoría de los protagonistas de esta historia, Amid tiene un primo en Francia. O un conocido o alguien del barrio. Todavía tenía el número anotado, pero lo había memorizado por si acaso. “Yo te puedo invitar a comer, pero darte quedada no. ¿Trabajo? Si sé de algo sí, pero está difícil”.

“Cuando lo visito me da para comprar las cosas de aseo, no puede hacer más”, dice. Mounir, a su lado, cuenta que como había hecho estudios de pastelería y tenía la experiencia, le parecía lógico que en una ciudad llena de panaderías como París encontraría fácilmente un empleo. “Pero en todas partes me dicen ‘Sin papeles no hay trabajo' y ya no busco más”, dice.

“Nos dieron un bono de atención hospitalaria”, dice Meduin, el tercero del grupo. Tiene 32 años aunque aparenta cuarenta. “Tuve un dolor de muelas y cuando fui me dijeron que sin papeles no podían tratarme. Entonces me tocó pedir a la gente y reunir monedas para pagarle a un dentista”.

Sin embargo, ninguno de los tres es técnicamente un sans papiers, porque las visas temporales que les entregaron las autoridades italianas aún están vigentes. “Eso no cambia nada. Los papeles se vencen en unos días y es imposible renovarlos. Un tunecino con papeles temporales italianos es un indocumentado”, dice Mounir.

Los harragas

“El régimen de Ben Ali acordó con los países europeos controla lar inmigración”, dice Hamdi, un tunecino establecido en Francia que trabaja como voluntario para ayudar a sus compatriotas refugiados. “En mi país uno siempre ve que el que viene de Europa llega con plata y regalos y así se va formando una imagen. Cuando cayó el régimen, no hubo más policías ni más guardacostas y mucha gente se dio cuenta de que nadie le impediría embarcarse rumbo a Europa y decidió intentarlo”.

Los primeros venían de regiones del interior, olvidadas por un régimen que había concentrado el desarrollo del país en el turismo en la zona costera. Cuando la ausencia de los visitantes extranjeros paralizó la economía paralela de los habitantes de los suburbios pobres de ciudades como Djerba, éstos decidieron también aventurarse. Por mil euros, en general prestados, los harragas, que es el nombre árabe para quienes intentan atravesar el Mediterráneo, podían comprar el pasaje en uno de los barcos pesqueros del puerto de Gabès. En grupos de ochenta personas enlatadas “como pescado”, ironiza Mounir, en un barco de quince metros de largo, los tres días que tomaba el viaje a Lampedusa “parecían treinta”.

“En tren, en bus, como fuera”

El flujo de inmigrantes, cuyo número igualó durante la segunda semana de febrero al de los 4.500 habitantes permanentes de la isla, obligó al gobierno italiano a distribuirlos en centros de alojamiento de urgencia en la península. Allí les dieron los papeles. Mounir dice que los trataron bien, que los sitios eran decentes.

“Allá la policía nos daba cigarrillos, aquí nos han dado bolillazos y gas lacrimógeno”.

“¿No hubiera sido mejor quedarse en Italia?”, pregunto.

“No, porque uno no puede vivir de cigarrillos e Italia está más jodida que Túnez”.

 

Antes de que el 18 de abril Francia interrumpiera el tráfico ferroviario proveniente de Italia, entre cinco y diez mil tunecinos con papeles en la mano cruzaron la frontera en tren por la línea que va de la población italiana de Vintimille a la ciudad de Niza. Con la presión de la policía francesa pidiendo “pruebas de solvencia económica” a todo el que tuviera aire de árabe recién llegado, los tunecinos iban buscando camino hacia el norte. “En tren, en bus, como fuera”, dice Meduin, que pasó unos días buscando trabajo en Lyon y Grenoble. Los que tenían familia en las ciudades del sur se fueron quedando en el camino. Los que no, llegaron a París.

“Algunos se devolvieron. Les dan el pasaje”, dice Nomrou, que como jefe de cocina en un restaurante playero aprendió a hablar inglés y alemán. “Les enciman 300 euros, pero les ponen esposas hasta que se suben al avión”.

Dice también que él no se devuelve. Que para qué. Que allá no hay nada.

Okupas y desocupados

“Es fácil reconocerlos”, dice Mohamed, estudiante tunecino. “Uno los ve cerca de la Torre Eiffel y del Louvre. Les he dicho que eviten esos lugares llenos de policía y que sería mejor que se devolvieran. Que no es tan fácil venir a Francia y decir ‘ayúdennos’”.

A fuerza de reconocerse entre los que deambulaban por los parques de la ciudad y de buscar refugio contra el frío, cerca de ciento cincuenta migrantes ocuparon un edificio en la avenida Simón Bolívar, de donde fueron expulsados el pasado 4 de mayo. Diez de ellos fueron enviados a Italia. Luego de varias ocupaciones de parques, sedes públicas y edificios abandonados, un grupo de treinta personas decidió tomarse el inmueble ubicado en el número 36 de la rue de Botzaris.

El edificio había sido hasta el pasado diciembre la sede en Francia de la policía secreta tunecina y del RDC, el partido del depuesto presidente Ben Ali, lo que daba cierta legitimidad a la ocupación. Los ‘harragas’ confiaban también en que la policía francesa no ingresaría por la fuerza a un lugar que seguía protegido por la inmunidad diplomática. El número de la casa les dio la idea a varios activistas franceses de crear una etiqueta en Twitter: “ #Botzaris36 nos permitió rápidamente organizar la distribución de una comida diaria a quienes ocupaban ese edificio y hemos podido seguir haciéndolo aún después del desalojo”, dice Hamdi, que hace parte de los ciberactivistas.

El desalojo de Botzaris tuvo lugar el 17 de junio y varios de los setenta ocupantes fueron retenidos. Si bien la Policía de París no ha comentado sobre si la orden fue dada por la Alcaldía, está claro que hubo una petición formal del nuevo gobierno tunecino para que se recuperara el edificio. Días después de la expulsión se colocó en la entrada una placa que dice “Embajada de Tunez - Sede anexa”. La edificación sigue vacía y dos vigilantes pasan el día sentados frente a la puerta.

“No tenemos nada contra los tunecinos, sólo miramos que no hagan grafitis y si alguien se quiere meter por las malas, llamamos a la policía”, dice uno de ellos.

La expulsión obligó a quienes ocupaban la antigua sede política a refugiarse en el vecino Parque de Buttes Chaumont, al que llaman “el jardín”. Al principio instalaron carpas, pero el servicio de seguridad les obligó a retirarlas. Al final llegaron a un acuerdo no oficial con los vigilantes, que les permiten entrar a la medianoche y dormir donde puedan con la condición de que a partir de la seis de la mañana se dispersen. Durante el día se les ve en grupos entre las familias que hacen día de campo. Son unos treinta, entre ellos seis menores de edad.

“Muchas personas saben que estamos aquí y nos dan un sándwich o una ensalada, pero lo más difícil es el sueño, porque hace frío y si a uno en el día lo ven durmiendo pasan los vigilantes a despertarlo”, dice un migrante que pide que lo llamen “H.K.”.

La misma situación se vive en el Parque de la Villete, el segundo de los tres lugares donde se han concentrado los tunecinos de Lampedusa. Mientras comen la cena que les ha traído la asociación Emaús, varios de ellos dicen que la policía les rompió a cuchilladas las carpas y que desde febrero por lo menos tres de sus compatriotas han muerto en la calle.

Sobre esta cifra no hay acuerdo. Tampoco sobre la cantidad de tunecinos que podrían aún estar en París, que serían entre 300 y 700.

El único dato oficial que existe es el de los 80 refugiados que fueron aceptados en un gimnasio público en el barrio de Belleville.

De nuevo en la calle

A diferencia de los edificios de la avenida Simón Bolívar y de la calle Botzaris, la del Gimnasio de la Fontaine du Roi no fue una ocupación, pues la Alcaldía de París autorizó el ingreso de los refugiados si éstos aceptaban ciertas condiciones. En particular, debían abandonar el local entre las diez de la mañana y las seis de la tarde y portarían un carnet para evitar la llegada de nuevos ocupantes.

“¿Y qué hacían durante el día?”.

Mounir se ríe, se quita las chanclas de plástico que lleva y muestra las ampollas.

Los vecinos de Belleville, uno de los barrios más multiculturales de la multicultural París, no parecían molestos con los grupos de jóvenes tunecinos que pasaban los días en las banquitas de la avenida, en las escaleras del metro, recostados contra los muros o comiendo un sándwich en los restaurantes de los judíos tunecinos del barrio, que en general les han ayudado. Hace unos días, sin embargo, la Alcaldía anunció que “en vista de los daños ocasionados al edificio y los actos de violencia entre los ocupantes” no permitiría que el gimnasio continuara siendo utilizado. A manera de solución temporal, propuso cuarenta camas en varios refugios dispersos por toda la ciudad y la financiación de la asociación Chorba, que proporcionará una comida diaria a los expulsados.

Carne de camello

Son las once de la noche en el Boulevard de Belleville, amenaza lluvia y el viento revuelve las hojas. Doscientos efectivos y unos veinte furgones de los CRS, una especie de Esmad francés, bloquean las calles aledañas al gimnasio. Una treintena de tunecinos se burla en árabe y francés de los policías. “Igual no vamos a enfrentarnos, porque nos desbaratan”, dice Soulaine, quien afirma tener una formación como profesor en Gabès. “Lo único que queremos es que nos dejen sacar las cosas”. El grupo de policías se dispersa en la madrugada dejando unos pocos efectivos. La situación volverá a ser tensa en la mañana del jueves cuando, carnet en mano y uno por uno, les será permitido sacar sus cosas.

“Túnez es un país pobre”, dice Soulaine, “y sin embargo hemos recibido miles de refugiados libios y les hemos dado carne de cordero y de camello, que es la más cara. No entiendo cómo un país tan rico no puede darnos trabajo”.

Lampedusa: una isla entre la esperanza y la muerte

Tan cerca

La isla italiana de Lampedusa, más cercana a Túnez que a Italia, ha sido en las últimas décadas símbolo del relato, muchas veces repetido, de la migración tunecina y libia a Europa. Muchos naufragan, otros llegan y son deportados, y otros cientos logran seguir su viaje, como los que llegaron a París.

Denuncia a la OTAN

En marzo la isla volvió a los titulares porque no muy lejos de allí murieron 69 inmigrantes africanos, luego de navegar durante 16 días a la deriva. Según el diario The Guardian, los sobrevivientes denunciaron que un portaaviones de la OTAN habría podido rescatarlos e hizo caso omiso a sus llamados de auxilio.

Otros accidentes

El 24 diciembre de 1996, 300 inmigrantes mueren ahogados entre Malta y la isla de Lampedusa, después de chocar sus embarcaciones. El 7 de marzo de 2002 naufraga un barco con inmigrantes, dejando 12 muertos. El 6 de abril de 2011, 250 inmigrantes murieron al naufragar una embarcación al frente de la isla.

 

  • 0
  • 1
  • Enviar
  • Imprimir

Última hora

  • Carlos Vives escoge sus teloneros para la gira "Más Corazón Profundo Tour"
  • Así les va a las regiones con el presupuesto

Lo más compartido

  • Medellín y Santiago de Chile, las mejores ciudades para vivir en Latinoamérica
  • El 'Ice Bucket Challenge' sólo ha generado en Colombia $50 mil
  • Opinión Ago 20 - 10:00 pm

    Vaginal

1
Opinión

Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado.
Regístrese o ingrese aquí

Opciones de visualización de opiniones

Seleccione la forma que prefiera para mostrar las opiniones y haga clic en «Guardar» para activar los cambios.
Opinión por:

emperadorchibcha

Dom, 07/31/2011 - 12:45
Si los franceses fueran inteligentes utilizarian esa mano de obra barata y los aceptarian con condiciones, ellos como todos los que alguna vez hemos tenido que emigrar somos capaces de trabajar y producir riqueza para beneficio mutuo.
Publicidad

Suscripciones impreso

362

ejemplares

$312.000 POR UN AÑO
Publicidad
Ver versión Móvil
Ver versión de escritorio