Un corazón para Europa

En los diarios se repiten señalamientos contra Bélgica como anillo débil de la Unión Europea y como la perfecta representación de un Estado fallido.

“L’Europe frappée au coeur”, “IS, guerra all’Europa”, “Terror contra la UE”. Las portadas y los editoriales de los principales periódicos europeos han llamado a la unión de todos los países europeos tras el reciente y terrible ataque en Bruselas reivindicado por el Estado Islámico. Remarcaron el múltiple atentado como un ataque directo y simbólico al corazón de Europa y de sus instituciones. El corolario ha sido simple: “Nos atacan, entonces existimos”. Nada más lejano de la realidad.

Aparte de la fácil retórica de la unión de los europeos, en todos los medios se repiten, como siguiendo un guion, señalamientos en contra de Bélgica como eslabón débil de la Unión, incompetente en términos de seguridad, y como la perfecta representación de un Estado fallido. Algo que expresa bien las divisiones internas entre los europeos, recelosos y orgullosos de sus espacios e identidades nacionales, y que bien demuestra la cara real de una Unión de papel, sobre principios de papel, como el respeto de los derechos humanos y la promoción de la paz en el mundo, pero que desafortunadamente están bien lejos de la realidad actual e histórica.

No parece existir una Unión cuando hay que salvar a Grecia del colapso económico, ni tampoco cuando los países fronterizos se han encontrado frente a la emergencia de lidiar solos con un desbordante número de migrantes y refugiados. El estirado acuerdo del año pasado para la repartición de los refugiados entre todos los miembros ha sido al final cambiado por un acuerdo hecho bajo la mesa con Turquía, para la devolución a ese país de los desesperados que llegan a las orillas de Europa escapando del mismo Estado Islámico o de regímenes autoritarios. Un acuerdo tildado de inhumano por las principales organizaciones humanitarias internacionales.

Es al real y no figurado corazón de Europa y de los europeos donde es necesario intervenir enérgicamente. No obstante la exitosa proyección de su imagen en el exterior como institución merecedora del Premio Nobel de la Paz, Europa no parece apta para entender las tragedias más allá de sus confines. Lo que no les permite abrir los ojos sobre una plaga que es local, así como la identidad de los perpetradores de los atentados, pero que es parte de un problema global, no sólo europeo.

Los ataques a Bruselas esta semana y a París en noviembre de 2015 no son unos ataques únicamente a Europa, sino más bien parte de una ofensiva de terror global. Túnez, Malí, Burkina Faso, Turquía, la misma Siria, también han sido víctimas del mismo terror en este trágico principio de 2016. En las horas antes y después de los atentados que más directamente los afectan, muchos europeos parecen olvidarse de lo que es el panorama general, se ensimisman en sus heridas, en la defensa de sus naciones, acusando a otros miembros de la Unión.

El abandono de este egoeurocentrismo sería de segura ayuda para los europeos y sus instituciones para hacer primero la paz con sus hipotéticos principios y también les proporcionaría la posibilidad de encontrar más rápidamente soluciones unificadas para contrarrestar estos ataques en su territorio.

Es profundamente equivocado pensar que se puede resolver el problema sólo erradicando las manzanas podridas en casa y atacando militarmente al Estado Islámico en su territorio. Mientras Europa no comprenda que no es un problema únicamente europeo que la afecta exclusivamente cuando la toca directamente, sólo provocará más desafección entre sus ciudadanos cansados de la hipócrita retórica de los “principios humanitarios”, menos complicidad y solidaridad internacional, mayor necesidad de aumentar sus medidas de seguridad y cada vez más desconfianza hacia los musulmanes europeos. Consecuencias que sólo pueden complacer a quiénes siembran terror. Por eso no sorprende que en Raqqa celebren el operativo en Bruselas repartiendo caramelos a la población.