'Vale más la paz que la justicia'

Los uruguayos elegieron al sucesor del presidente más popular de los últimos tiempos, quien habló de su futuro, los diálogos con las Farc Colombia, Siria y la marihuana.

El presidente de Uruguay, José Mujica, durante la entrevista en Montevideo. / Héctor Córdoba

En Colombia usted es una celebridad y por su historia nos interesa saber cómo un guerrillero llegó a ser presidente del Uruguay.

En primer término, pienso, porque Uruguay es muy generoso. En segundo término, fueron los golpes de la vida, que en alguna medida nos van enseñando a unos y a otros todo. A la salida de la dictadura entendíamos que no podíamos actuar como elementos que pudieran servir como una provocación que pusiera en riesgo la naciente estabilidad de una democracia que resurgía, pero que era muy débil. Nos dedicamos a tratar de luchar por un programa político posible, con soluciones no utópicas sino sencillas, trabajo, comida, techo, educación y respeto a la vida, y en eso se nos fueron unos cuantos años.

Le quedan cinco meses de gobierno, presidente.

Me quedan cinco meses, pero no sé cuánto me queda de lucha porque yo no voy a dejar de luchar porque me vaya del gobierno. La lucha se transforma en una razón de vivir, en darle contenido a la vida, y siempre quedan cosas por hacer, por superar. La escalera del progreso humano es infinita y todavía hay demasiada injusticia.

¿Qué le ha faltado por hacer y qué ya no va a alcanzar?

Me queda un 11%, por lo menos, de gente que está en la pobreza y un medio por ciento de gente que está en la indigencia. Eso me duele mucho, porque este es un país donde no puede haber indigencia, es un país rico, rico en lo principal: comida y comida buena, aquí está una de las mejores carnes del mundo. Uruguay tiene 3 millones y poco más de habitantes y produce comida por lo menos para 30 millones de personas. Pueden faltar cosas, pero no puede haber indigencia. Somos el país que mejor reparte de América Latina, sí, pero América Latina es el continente más injusto que hay, nosotros diríamos somos algo así como campeones de cuarta. Verdad que repartimos bien, pero cuando miramos en el mundo repartimos peor que el peor país europeo, así que nos falta mucho.

¿Usted ha sido un hombre feliz?

Me considero muy feliz y creo que la felicidad está en ese cachito de tiempo que uno logra para gastarlo en aquellas cosas que a uno le gustan; en ese momento eres libre y por lo tanto eres feliz.

¿Y qué le gusta?

Soy medio campesino, me gusta la naturaleza, me gusta trabajar un poco la tierra, me gusta hablar con el pasto, con las hormigas, con la naturaleza. Son chifladuras mías. De repente, a otro le jugar al fútbol, dormir siesta bajo un árbol, esa es la libertad y hay que luchar para que no se te vaya la vida solo para cumplir las funciones en las cuales tienes que ganar valor para sustentarte. Eso es importante, pero no te puedes gastar la vida trabajando, necesitas tiempo para tu libertad y eso es una cosa intransferible. Es lo que he tratado de explicar cuando digo que soy sobrio no austero.

¿Salió de la prisión un hombre distinto del hombre que entró?

Bastante. Tuve mucho tiempo y pensé mucho, no sería quien soy si no hubiera vivido la experiencia amarga que viví, lo que es un canto a la vida porque usted aprende más de la adversidad, aprende más del dolor que de la bonanza.

¿Piensa en esos días, presidente?

No, no soy hombre que viva pensando hacia atrás, vivo siempre preocupado en cosas de mañana. Por ejemplo, estoy preocupado por conseguir un galpón frente a mi casa para organizar una escuela de oficios rurales cuando me vaya de la Presidencia.

Se lo pregunto porque es importante perdonar para poder vivir una vida tranquila.

Yo no tengo cuentas que cobrar.

¿No tiene resentimientos, dolor?

No, no, no.

Cicatrices en el cuerpo...

Cicatrices tengo a patadas, pero nadie me tiene que pagar por lo que sufrí, porque esas cosas no tienen moneda de canje. Esa cosa que llamamos justicia es una inteligente institución que los hombres tuvimos que inventar para poder convivir, porque de lo contrario primitivamente lo que reinaba era la ley del Talión.

Pero la justicia intenta en justicia darle a cada quien lo que le corresponde.

Intenta aproximarse. Pero en la vida no solo existe la justicia; existe, además, el porvenir. Si por una razón de justicia me voy a envenenar toda la vida y no voy a tener mañana, entonces vivo anclado en el pasado, no tengo esperanzas ni sueños de preocuparme por el porvenir.

Nos sirve mucho oír su testimonio, porque en Colombia hablamos del perdón y en los diálogos con las Farc se está hablando de paz.

Ojalá que lo logren.

Los colombianos están pensando con ilusión que algún día podamos vivir en paz, ¿pero la paz a qué precio?

Al que cada cual sepa llevar en su mochila. Sé que se les van a presentar dilemas que son muy difíciles, entre verdad y justicia. Sería bueno que miraran hacia el sur, hacia Sudáfrica, que vieran la experiencia de Mandela. Lo importante, me parece, es que la gente diga la verdad. Si hay conocimiento solo de la verdad es la forma de castigo posible que hay aquí en la tierra.

¿Es la mejor forma de castigo?

No sé si es mejor o peor. Lo que pasa es que la otra posibilidad es pura teoría: si yo establezco la justicia con todo el derecho, nunca me van a dar la verdad los que la tienen. No es humano decir: ‘dígame la verdad que lo voy a meter preso’. Por caminos de investigación lo podés lograr un 10%, un 20%, pero nunca tendrás la confesión de la verdad de multitud de gente que está involucrada. Esa es una contradicción que va a tener la sociedad colombiana. Yo no puedo más que dar un consejo y sé que muchos van a discrepar conmigo, pero vale mucho más la paz que la justicia… Es imposible abrazar la paz si no se conoce la verdad. No sé cómo se las verá el pueblo colombiano para entender estas cosas.

Usted le ha dicho al presidente Santos que “aquí está el Uruguay”, que, “aquí está usted como presidente”... ¿Ha hablado con las Farc?

He hablado con todos, hablar no quiere decir que me escuchen, ni que estén de acuerdo y yo no pretendo que estén de acuerdo, pero no quiero eludir el problema más difícil: la reconciliación. Porque la reconciliación como país es mucho más importante que todo lo demás, porque es su futuro, es su porvenir. Cuando yo te digo que no odio, que no tengo cuentas que cobrar, es porque en definitiva los responsables de mi tiempo se están yendo, los que quedan son hijos, descendientes, y ¿por qué tienen que cargar las nuevas generaciones con los fantasmas de nuestro dolor y de nuestras contradicciones? Eso no es justo.

¿Cuando salga de la Presidencia se empleará más a fondo, digamos, en procesos latinoamericanos como mediador?

Casi seguro que hago una cosa de esas. Voy a tener qué hacer y estoy anotado en el Senado, voy a ir para el Senado. Pienso que todavía puedo ser útil en el escenario político, porque las fuerzas políticas en Uruguay van a quedar muy repartidas y va a tener que haber capacidad de negociación para ayudar al país. Hay que tener cierta ergonomía como para juntar partes distintas y tratar de lograr términos medios y que el país no se tranque. Me parece que eso es en lo que puedo ayudar.
Y luego de eso, dedicarse a…

Hay que luchar por la integración de América, por estar más cerca. Durante muchísimo tiempo estuvimos cada cual mirando a Europa o mirando a Estados Unidos sin mirar al vecino. Ahora empezamos a mirar a los vecinos, a veces estamos de acuerdo, a veces no. Esto ha sido un cambio, yo diría de los últimos 10, 20 años. No quiere decir que estemos de acuerdo ni que pensemos lo mismo, sería imposible. Sin embargo, tenemos sintonía, siendo distintos podemos lograr términos medios. Eso no lo teníamos.

Era impensable que usted, luego de ser guerrillero, fuera presidente de la República. ¿Así de utópico en esta época sonaría que algún líder de las Farc pueda llegar a ser presidente de Colombia?

Sí, pero puede ser. Tendría que transformarse él también y el tiempo, que es un gentil hombre, y aprender muchas cosas. Tener una capacidad de tolerancia muy grande y aprender que los procesos son lentos. Necesitamos una buena dosis de humildad. Cuando somos jóvenes somos muy apurados y muy ingenuos, nos parece que es posible cambiar el mundo y nos parece que lo sabemos todo. En la medida en que vamos envejeciendo, cuando las piernas flaquean, tenemos mayor tolerancia y nos damos cuenta de que lo imposible siempre cuesta mucho más.

Llegan a su país la próxima semana 120 familias refugiadas de Siria, un país que también tiene pobreza. ¿Cómo tomó esta decisión?

Es que una cosa es la pobreza y otra la pobreza con guerra, ninguna cosa vale más que la vida. Y más que la vida joven, ninguna. Hay millones de refugiados en los países vecinos, países como Líbano, por ejemplo, que no es más grande que un departamento del Uruguay, y reciben medio millón de personas... Entonces pensé que la comunidad tiene que hacer algo.

¿Tiene un problema de narcotráfico?

Nos usan como corredor. Tenemos 150 mil fumadores de marihuana entre 3 millones. Entonces decidimos atacar el mercado. Todas las medidas que tomamos, lo que apuntan es a no fomentar una adicción. Creemos que la marihuana no es buena.

¿Ha fumado marihuana?

Nunca fumé, pero he fumado tabaco, otro veneno. Entonces decidimos garantizarle al que tiene esa adicción una ración de marihuana. Se la va a vender el Estado, garantizamos que es buena, que es sana, pero tenemos detectado y enganchado al consumidor.

¿Y si llega la derecha y dice “esta medida de Mujica no funciono”?

La derecha no va a tener suerte, no va a llegar, por ahora. Estoy convencido de que vamos a hacer integralmente el experimento, pero, si no funciona, no precisamos que llegue la derecha, nosotros mismos vamos a recoger el guante. No podemos estar 50 años reprimiendo y reprimiendo, para encontrar cada vez más tráfico en la calle. Estamos cosechando un espléndido fracaso, ¿verdad? Como pasó en México, en Colombia, en todos lados. Tenemos que encontrar otra forma y desafío al mundo a que trate de inventar otro camino.

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