El Mundo 6 Mar 2013 - 4:46 pm

Muerte de Hugo Chávez

Lo que Venezuela no pudo leer

El siguiente texto fue publicado en febrero de 1992 en la revista Cromos. Da cuenta de lo que ocurrió en Venezuela, después del fallido intento de golpe de estado de Hugo Chávez. Muestra el inconformismo que vivían los venezolanos con el gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez, y el apoyo que ya por entonces tenía Chávez del pueblo.

Por: Fernando Araújo Vélez
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Primero se esfumaron los diarios y las revistas. Ahora empiezan a desaparecer los periodistas. Hoy Caracas ve pasar, entre manos clandestinas, los mismos ejemplares que dos semanas atrás se compraban en los quioscos. Cuando los militares preguntan por ellos, por los periódicos o por sus autores, la gente responde: "No sé nada, no he visto nada". La historia se repite día tras día. Con Zeta y Elite, dos semanarios. Con el Diario de Caracas. Con El Nacional. Con Ultimas Noticias. El viernes 7 de febrero, la edición 4.503 (80 mil periódicos) del Diario de Caracas terminó de imprimirse hacia las once de la noche, como siempre, para irse en los camiones de reparto. Y al día siguiente los caraqueños salieron muy temprano de sus casas para adquirir un ejemplar que habían publicitado por todos los canales de televisión y radio en los tres últimos días y que contaba, hora tras hora, todo lo ocurrido en la noche del 4 de febrero.

No obstante, nadie pudo leerlo ese sábado. Cuando el tiraje estaba en los camiones, llegaron a la Avenida Principal de Boleíta Norte varios soldados de la Guardia Nacional Venezolana y algunos miembros de la DISIP (Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención de Venezuela) y decomisaron el material. “Si hasta llevaron las bolsas de la basura, pues creían que allí se habían quedado algunos periódicos”, dijo Freddy Henríquez, un reportero gráfico de ese diario. A las tres horas salió la segunda edición del diario prohibido con algunas “correcciones”. Las “correcciones” que el Gobierno exigía eran básicamente tres: eliminar la foto del teniente coronel Hugo Chávez, cambiar el editorial, que según ellos hacía una apología del líder de los golpistas, y suprimir la cronología de los hechos. Pese a todo, la segunda edición del Diario de Caracas tampoco pudo salir a la calle. Los mismos hombres que habían estado tres horas antes en los garajes de la empresa se llevaron otros 80 mil periódicos. “No sé, pero a mí me pareció algo personal contra nosotros”, diría 24 horas después Freddy Henríquez..

A las seis de la mañana, por fin, la tercera edición del número 4.503 del Diario de Caracas salió a la calle en los camiones de reparto. Dos horas después, patrullas de la Guardia Nacional y de la DISIP recorrían Caracas, de quiosco en quiosco y de librería en librería, tras los 80 mil ejemplares del periódico. Confiscaron casi setenta mil, en ocasiones a la fuerza, de los puestos de venta y de las manos de los ciudadanos que los habían comprado. Como había ocurrido el jueves y el viernes anterior con las revistas Zeta y Elite, el Gobierno ejercía su poder luego de suspender las garantías constitucionales. Estas garantías fueron suspendidas el 4 de febrero, luego del intento de golpe de estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Después de un consejo de ministros citado de emergencia, el presidente Pérez firmó el decreto 2086 de ese día, según el cual se invocaba al artículo 60 de la Constitución venezolana para restablecer el orden turbado. A partir del 4 de febrero, cualquier venezolano podía ser detenido sin orden de captura, cualquier vivienda podía ser allanada sin permiso, las reuniones podían ser disueltas y las libertades de “pensamiento e información” quedaban suspendidas.

“Mire, nosotros estamos muy molestos”, dijo el periodista Ángel Velarde, de El Mundo. “Hemos apoyado al sistema todo el tiempo, inclusive el presidente se salvó de que lo mataran por que se refugió en un canal de televisión –Venevisión-. Desde allí le hablo al país y todos lo ayudaron. Ahora, la toma contra la prensa por que no quiere que se diga nada de nada y lo peor es que sólo censura a unos. ¿Qué va a pasar cuando se termine la suspensión de las garantías?, me pregunto yo. Los diarios van a sacar lo que no les han dejado publicar. y ahí sí se va a formar el problema de verdad, yo no sé en qué piensa Carlos Andrés Pérez. Como dijo Arturo Uslar Pietri, uno de los intelectuales más respetados de Venezuela, “La única garantía que faltaba por suspender era la de la vida, y eso porque esa ya está suspendida".

DE CENSORES A EDITORES

Desde el 6 de febrero, el Gobierno le ordenó a la DISIP que colocara un agente en cada medio de comunicación. Su labor: realizar la censura que el presidente desea. Los censores llegan a las siete de la noche a los periódicos, se sientan a guardar las ediciones del día siguiente y, cuando ya están listas, bajan a las rotativas para señalar lo que puede ir y lo que no. Ante esta situación los diarios han optado por dejar en blanco el espacio de la nota o la foto que hay que suprimir. En la realidad, los censores son los verdaderos editores de la prensa venezolana en estos momentos, y algunos directores como Rafael Poleo, de Zeta, han comenzado a desaparecer de Caracas.

En su casa, entre Altamira y los palos Grandes, hay un dispositivo especial de seguridad. Cuando suena el timbre, se asoma un hombre casi albino con una metralleta y contesta: “se fue del país y no sé para donde”. Luego anota la placa del automóvil que pasó y cierra la ventanilla del portón. Dicen que si Poleo vuelve lo matan, dicen que tiene demasiadas deudas con el gobierno. Además de los censores y de las llamadas personales del Presidente a los directores de los medios, el Gobierno tiene otro método para silenciar a la prensa. Cuando el ejemplar está en la calle, muchas veces es recogido, como ocurrió con el Diario Caracas el sábado 8 de Febrero. “Hasta el momento, el único periódico que no ha sufrido ninguna clase de censuras es el Universal, pues sus artículos siempre están de acuerdo con Carlos Andres Pérez. Hasta Venevisión ha sido atacado, y eso que es de Gustavo Cisneros, quien realmente manda en este país”, dijo un cronista de Últimas Noticias. Por el momento, ni los periodistas ni los fotógrafos pueden circular con libertad por Venezuela. Hay órdenes claras para destruir cualquier clase de material que pueda atentar contra la estabilidad de la democracia venezolana.

En inmediaciones de Miraflores, el palacio presidencial y de la casona donde vive Carlos Andres Pérez, hay un destacamento armado del Ejército y a quien pasa por ahí lo requisan, le piden identificación, lo interrogan, y, en ocasiones, lo llevan preso. Como dijo un vecino del sector de la Carlota, “in garantías, esto es una dictadura. Esperemos hasta el viernes 14 de febrero a ver si de verdad las van a volver a dejar”. “Mire” relataba el fotógrafo Henríquez “la verdad es que ellos no quieren que salga nada de lo del 4 de febrero. Al pueblo le dijeron que los muertos no habían sido más de 10, y yo asistí a la velación de unos 35 oficiales. En total, la cifra de muertos llega casi a 100. Tampoco desean que salga publicado que la gente del 23 de Enero, uno de los barrios más radicales de Caracas, se puso feliz por lo de la intentona, y que todos los días, allá, hacen reuniones para elogiar a Chávez. Si fuera por el Gobierno, cerraban todos los periódicos y listo. Es que la Objetividad ha sido censurada”.

DEL 23 DE ENERO

Al 23 de Enero nadie entra sin permiso. Miran al forastero de pies a cabeza. Apenas da un paso, la voz trepa el monte y se propaga por todos lados. Allá, la única ley que existe es la de los habitantes, unas 150 mil personas que día a dia se rebuscan la vida de cualquier manera. En las casas, junto a los niños desnudos, las armas brillan al sol, En las calles, tortuosas y polvorientas. los hombres y mujeres sólo saben hablar de la situación, de Chávez, del golpe y de la próxima vez. A la gente no le alcanzan los 6 mil bolívares mensuales. Por eso roba, atraca, extorsiona. La libra de carne cuesta 1.800 pesos, la leche (a 500 pesos la bolsa) es escasa, pues los especuladores la esconden para subirle el precio. El agua no llega sino una vez c::da quince días y la luz se puso impoible en el último año. Por eso en el 23 de Enero no quieren a Carlos Andrés Pérez, como tampoco lo quieren en Petare ni en El Silencio ni en Los Teques. Por eso, el 27 de febrero del 89, el dia del Caracazo, de esos barrios salió la chusma a romper vitrinas. a saquear almacenes.

"A ese (al Presidente) no sé por qué le fallamos. Lo teníamos todo calculado, al milímetro. La suerte, fue la suerte la que lo salvó y la que nos hundió a nosotros. Pero hay que esperar para dar otro golpe. Y ahí sí vamos a ver quién es quién y, sobre todo. quién es Carlos Andrés Pérez y quiénes son los oligarcas y corruptos de este país. A ver, ustéd que cree. ¿No hubiera sido lindo hacerles un juicio a los de abajo en el Estadio Universitario y al Presidente y su corte en el Teatro Teresa Carreño?". La voz del cabecilla del 23 de Enero era una voz rencorosa. Cada palabra estaba impregnada de bronca. De odio. Luego suavizó el tono, se despidió, dio la orden de salida y se marchó.

CARACAS, LA DE ANTES, LA DE AHORA

Por estos días Caracas es una ciudad atravesada por el rencor. Una ciudad que se cansó de los mismos nombres y las mismas promesas. Sus avenidas. Su gente. Sus edificios, todo se transformó en diez años, como si cada uno de esos años se hubieran robado, de a pocos, la alegría que los acompañó a todos desde el 1 de enero de 1958, cuando fue derrocado el dictador Marco Pérez Jiménez. Hoy en Caracas los emboladores de antes son los mendigos de ahora. Y la clase media ya no existe, y los fines de semana en Miami se acabaron, y los yates dejaron de navegar en el Caribe.

Hoy Caracas no habla ni canta. Se queja. Se quejan los trabajadores del 23 de Enero y los empresarios de Cam¬po Alegre y el Country (los barrios de la clase alta). Se queja la señora que hace diez años compraba su ropa en París y Londres para luego lucirla en fiestas de champán francés y whisky escocés. Se quejan aquellas otras que estrena¬ban cada dos días en las discotecas de Altamira y Chacaíto. Las primeras ya casi no salen. Apenas van al club o a la playa una vez al mes. Las segundas comprendieron que era urgente estudiar para ganarse algunos bolívares. Ninguno entiende lo que ocurrió. Y tampoco lo acepta. "Cuando tú tienes mucho y te alcanza para el apartamento, para la ropa y la comida, para las vacaciones, para tus hijos, no aceptas que de un día rara otro amanezcas sin eso. No te acostumbras. por más que trabajes y le rompas el c…”, dijo uno de los tantos empleados de banco que se quedó con un auto que no cambia hace cinco años.

"De pronto fue que despilfarramos mucho. Yo iba dos o tres veces por año a Europa con mi esposa y mis dos hijos. Compraba lo que quería, daba fiestas espléndidas y todo lo demás. Hace dos semanas tuve que arrendar mi casa -es que ya no me alcanzaban los 40 mil bolívares (unos 400 mil pesos) que gano para mantenerla- y me mudé a un barrio más o menos popular con mi famila, dijo un ejecutivo de Chrysler que se quedó en la calle cuando la compañía norteamericana se fue de Venezuela a finales de los años 70.

Cada quien tiene su propia explicación aunque todas se unen por el mismo hilo invisible de la corrupción y todos, pobres y ricos, cambiaron de vida desde aquel viernes negro (19 de abril de 1983), cuando el gobierno de Luis Herrera Campins decidió devaluar la moneda (Durante más de 10 años, un dólar costaba 4.30 bolívares). Desde aquel viernes, los precios comenzaron a subir y los sueldos empezaron a estancarse, algunas multinacionales se marcharon y el petróleo fue privatizado (Carlos Andrés Pérez lo había nacionalizado en 1976, durante su primera administración). Herrera Campins y Jaime Lusinchi, los dos presidentes de los 80, le entregaron a la década del 90 un país endeudado y corrupto.

Y desde aquel “viernes negro” los venezolanos iniciaron otra vida. Hoy un dólar vale 64 bolívares, el sueldo mínimo es de 6.000 y la canasta familiar cuesta un 30 por ciento más que en Colombia. Los precios de los automóviles son muy similares a los que existen acá, y la finca raíz es un 25 por ciento más alta. Por ello, por todo ello, Caracas habla cada día más, y en voz más baja para que los infiltrados no escuchen del teniente coronel Hugo Chávez. Y así se van los días en Caracas, entre restricciones, fusiles, insultos y silencios. Unos protestan porque la luz que antes valía cinco mil pesos, hoy le cuesta 10 veces más. Sus carros, llenos de agujeros y con los vidrios rotos y sus casas, destrozadas, son simples testigos de lo que pasó el 4 de febrero. Quienes pueden se van del país, arriendan su casa a la mitad y dejan que sus automóviles importados se oxiden. Y los que no, la mayoría, hacen fuerza para que se termine de una vez por todas este tránsito inesperado, por un tiempo nublado, al que apostaron alguna vez pero que ahora ven negro. Y nombran a un coronel.

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EL MAL GOLPE

(De la edición del Diario de Caracas, del sábado 8 de febrero, cuya distribución no se permitió).

Para la familia Etxearte, el martes 4 de febrero había amanecido como un día cualquiera. La rutina diaria de los Etxearte era desplazarse por la Autopista Francisco Fajardo hacia La Urbina, donde el señor Domeka tiene un taller mecánico. Esa mañana la hija mayor, lzaskum, y Gaizka, el hijo menor, acompañaban a su padre. Esta familia jamás pensó que un día de rutina se podía convertir en el más triste de todas sus vidas. Una bala perdida de la revuelta que mantenían los militares aliados contra los insurrectos en La Carlota, dejó sin vida a Gaizka, joven estudiante de Derecho de la Universidad Santa Maria, que por una mala jugada del destino pasó a formar parte de la lista de muertos del intento de golpe de Estado del 4 de febrero. A Gaizka no le dieron tiempo para decidir si estaba de acuerdo o no con la revuelta. Tampoco tuvo la oportunidad de que lo previnieran sobre el peligro que corría. A él, como a muchos venezolanos, el intento de golpe los agarró desprevenidos. Sólo tenía 20 años y ni parte ni beneficio en la revuelta No se sabe si en alguna oportunidad llegó a opinar sobre el Gob1erno, pero de seguro no estaba de acuerdo con la violencia Hoy su familia lo llora y dentro de un mes serán los únicos que lo recuerden. Sin embargo, para la historia, él pasará como uno de esos jóvenes que dieron la vida por la patria. A la familia Etxearte sí que le dieron el gran golpe.
 

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