Venezuela: Sin voluntad de cambio

La falta de disposición del gobierno venezolano a ceder deja pocas posibilidades para superar un conflicto cada vez más violento.

Reunión entre miembros de la oposición venezolana y los cancilleres de Brasil, Colombia y Ecuador el pasado 18 de mayo, en Caracas. / EFE

El estancamiento de los diálogos en Venezuela es evidente. Si bien hay gestos de voluntad para continuarlo por parte de ambos sectores, parecieran quedarse sólo en palabras, sin tener avances reales. Esto incrementa y deslegitima esta solución ante la población, que sigue viviendo y padeciendo los problemas que dieron origen a la crisis.

¿Qué está fallando en este proceso? ¿Cuáles son los factores que generan la ineficiencia de los diálogos?

A la tercería que realiza la Unasur y el Vaticano no se le podría atribuir esta situación, debido a que ambos organismos siguen siendo figuras que generan confianza y han logrado que no se detengan totalmente las conversaciones.

Por otro lado, lo que podría explicar los estancamientos es la falta de voluntad real de ceder por parte del gobierno venezolano. Al inicio de los diálogos, la situación de protestas en Venezuela requería una solución inmediata ante su constante incremento. La posibilidad de dialogar fue una estrategia que el Gobierno consideró para reducir en el corto plazo el clima de violencia y tensión en el interior del país y mejorar su imagen ante la comunidad internacional.

Desde el comienzo, igualmente, se entendía que la oposición, con representación de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), se encontraba en una posición de desventaja frente a su contraparte. Sectores de la población que protagonizaron las protestas mostraron en ese momento su incredulidad frente a las conversaciones con el gobierno para generar soluciones. En este escenario, la única herramienta para legitimar y generar credibilidad de la MUD era exigir unas garantías. Como fruto de ellas, se iba a crear una comisión de la verdad, se atenderían las demandas del sector estudiantil, se liberaría a los presos políticos, entre otras demandas, entre otras exigencias que iban a ser el tema primordial de discusión y para lo cual iba a haber respuestas por parte del Gobierno.

Frente a la falta de acción por parte del Gobierno, la MUD detuvo los diálogos. Era la única herramienta que tenía para presionar y para no perder el apoyo de la población. Tras intervenciones que han tenido las tercerías con las partes en conflicto, se han dado declaraciones de que sigue existiendo voluntad para continuar los diálogos. Como lo señala el informe de International Crisis Group, la salida negociada es urgente en cuanto el clima de insatisfacción, de tensión y de violencia no mejora.

Sin embargo, más allá de gestos de voluntad para negociar, se necesitan urgentemente cambios y muestras reales de que las partes están cediendo en sus posiciones antagónicas. La población venezolana está cada día más afectada por la crisis socieconómica del país, lo que ha llevado a que la protesta se desvincule de liderazgos políticos tradicionales y se concentre finalmente en problemas como la escasez, la inflación y la inseguridad, entre muchos otros que no han mermado y que, al contrario, parecen ir en aumento.

El riesgo que evidencia el panorama de crisis es que el sector político que intenta negociar se desvincule de las necesidades de la población que, ante el descrédito de las instituciones, de la deslegitimación de los mecanismos formales y de los diálogos, puede llegar a radicalizarse. La protesta pacífica de los estudiantes y otros sectores de la población se ha visto cada vez más afectada por explosiones de violencia y por enfrentamientos tanto con la Fuerza Pública como con grupos de civiles armados, conocidos como colectivos.

Esta radicalización puede generar un escalamiento del conflicto e incluso transformarlo en uno más violento. El callejón sin salida en el que se encuentran los ciudadanos, ante un gobierno no dispuesto al cambio y unos líderes políticos maniatados en los diálogos, puede ser el detonante. Es necesario moderar las posiciones y comenzar a hacer cambios en la realidad para evitar el surgimiento de un conflicto que, de convertirse en violento, puede persistir por muchos años.