‘¿Dónde está escrito que una pareja homosexual no es familia?’

La historia de una pareja de homosexuales que lleva 29 años juntos, dos de ellos, luchando para que se les permita casarse. Dos vendedores ambulantes, creyentes en Dios, que aseguran querer morir juntos.

Tras 29 años como pareja, Guillermo y José sólo quieren que los dejen ser felices. Lo dicen clarito. Quieren “terminar juntos de la mano. Morir uno al lado del otro”. Pero esta sociedad que, en su criterio, sigue siendo “demasiado homofóbica” parece empeñada en impedírselos. Hace dos años, el 20 de septiembre, de 2013, se casaron con el objetivo, dicen ellos, de fortalecer su amor “de tantos años”. Y sin embargo, cuando lo hicieron, se les vino una ola de tutelas y recursos en su contra y en contra del juez que los casó. 
 
Al final, todas salieron a su favor; no obstante, los siguen llamado a los estrados para algo tan particular como defender su amor. Eso hizo Guillermo el día de hoy, ante los magistrados de la Corte Constitucional que discuten sobre la posibilidad del matrimonio igualitario en Colombia; sin embargo, a diferencia de los demás asistentes, Guillermo dio su testimonio sin que se le viera la cara. Sólo se escuchó su voz. Por una sencilla razón: Guillermo y José temen que los discriminen por ser homosexuales porque, dicen que, pese a todos los avances que ha habido, esta sigue siendo una sociedad que rechaza a los gais. Aseguran que, en su caso, pueden perder lo poco que obtienen de su trabajo, si se revela que son homosexuales. 
 
“Nosotros somos pobres, yo trabajo en la calle como vendedor ambulante. Nosotros somos trabajadores informales. Resulta que nosotros no les podemos dar la cara a las cámaras porque ¿se imagina un noticiero, al medio día, pasando la noticia de que dos personas que se casaron, se presentaron a hablar esto y esto? Donde nosotros trabajamos nos van a señalar de esto y esto. Directamente como gais por no decir otra palabra. Usted me entiende”. Aseguran que a los homosexuales de clase alta no les pasa esto. “Ellos tienen su situación económica definida, son profesionales, no tienen absolutamente nada que arriesgar. Nosotros, de la clase baja, nosotros sí tenemos mucho que arriesgar porque donde perdamos nuestros trabajos de dónde vamos a sacar para pagar arriendo, para pagar servicios”. No niegan que sueñan, quizás, con una vivienda de interés social. Porque, a veces, les toca “muy duro”. 
 
Y es que para Guillermo y José han sido 29 años de amor. Pero con uno que otro sufrimiento. Se conocieron en 1986 gracias a un hermano de Guillermo que trabajaba en un bar que José frecuentaba. A veces José llamaba a la casa de Guillermo, buscando a su hermano, pero a veces éste no se encontraba y entonces se quedaba hablando con Guillermo. “Siempre durábamos hasta dos o tres horas hablando por teléfono. Literalmente nos conocimos fue por teléfono”. No se vieron sino hasta que Guillermo propuso que se vieran.
 
“Nos vimos en una cafetería que se llamaba Mechitas. Quedaba en la Carrera Séptima con Calle 21, cerca al teatro Jorge Eliécer Gaitán”. Eso a finales de 1986. Según José, “como dice el cuento, eso fue amor a primera vista. A mí, personalmente, me gustó. Y ahí nos empezamos a hablar”. Se veían en discotecas “y bailábamos, pero cada uno aparte”. Hasta que empezaron a salir y, como si no hubiera un mañana, se fueron a vivir el 21 de marzo de 1987. Recuerdan la fecha como si hubiera sido ayer. “Nos fuimos a pagar arriendo los dos en un barrio que se llama Bravo Páez. Cerca al Cementerio del Sur”. 
 
No se llevaron nada. “Los primeros meses fueron duros porque empezamos con una camita chiquita donde dormíamos los dos solos. La mesa era una caja. No teníamos nada, ni televisión” Aseguran que si hubieran sido una pareja heterosexual, hubieran “tenido, por ahí, unos 20 chinos. El problema es que tenemos la matriz al revés”. Dicen y se ríen. Ese mismo año decidieron casarse “por lo gitano, por unión de sangre”. Lo hicieron el 30 de septiembre. Un padrino les hizo incisiones en sus muñecas. Luego vertieron unas gotas de sangre en una copa de vino y se tomaron el contenido de la misma. Así sellaron, por primera vez, su amor.   
 
Al principio hubo muchas personas interesadas en separarlos a punta de chismes, pero “fue más el amor que sentíamos”. Y, como si fuera poco, durante los primeros meses, los robaron. Un hermano de Guillermo les había regalado un “televisorcito”;  un día se fueron a pasear a donde un familia a Bojacá (Cundinamarca). Estuvieron allí todo el fin de semana pero cuando regresaron, el lunes, a su “pieza le habían roto la puerta y nos habían robado todo lo que teníamos, lo poquito que teníamos. Volvimos a quedar otra vez en ceros”. 
 
Pero salieron adelante y se estabilizaron como pareja. Incluso, a mediados de los 90, llegaron a trabajar juntos en un asadero donde nunca los discriminaron. Aunque no siempre han contado con la misma suerte, como lo evidencia su temor a ser rechazados actualmente. Ya eran una pareja madura cuando los tribunales empezaron a hablar de los derechos de los homosexuales. Y, entonces, empezaron a pensar en la posibilidad de casarse por lo civil. Pero la justicia se negaba a darle su aval a estas uniones. Hasta que, a mediados de 2011, la Corte Constitucional dijo, sin dubitaciones, que a una pareja homosexual se la podía considerar una familia y le dio un plazo de dos años al Congreso para que legislara sobre el matrimonio igualitario. 
 
De lo contrario, las parejas homosexuales iban a poder acudir a jueces y notarios a “solemnizar” sus uniones. El Congreso no hizo nada y a mediados de 2013, vencido el plazo de la Corte Constitucional, las parejas homosexuales salieron dispuestas a casarse. Pero se encontraron ante un limbo jurídico, profundizado por el rechazo del procurador Alejandro Ordóñez y por la duda de muchos jueces y notarios sobre la forma en la que debían actuar. Guillermo y José fueron una de esas parejas. 
 
Ellos acudieron a un juez para que los casara. Y éste les dijo que sí, “que él nos iba a colaborar. Tal vez nos vio muy serios, sin el amaneramiento, ni haciendo bulla, porque nosotros no hicimos nada de nada, lo hicimos por debajo de cuerda, muy callados los dos”. Porque, dicen, a ellos no les gusta llamar la atención con su relación, que ellos, cuando están en la calle, se comportan “como todos unos señores, no como amanerados”. Guillermo y José creen que por eso el juez les dijo que sí. Pero les advirtió que a él y, sobre todo, a ellos “se les iba a venir el mundo encima. Y dicho y hecho: el pasó una solicitud no sé a quién. Y luego nos llamaron como al mes. Que la habían rechazado, que eso no se podía hacer, que porque el matrimonio gay no estaba aprobado”. 
 
Pero el juez les dijo que eso no importaba, que él los iba a casar. Y así ocurrió el 20 de septiembre. Se vistieron “normal, con un saco y un buso (…) Lo hicimos por un compromiso, porque nos amamos, queríamos hacerlo ya después de tantos años. Y gracias a Dios, porque primero Dios, segundo Dios y tercero Dios, que nos dio la oportunidad”. 
 
No obstante, el 24 de septiembre, Guillermo fue a recoger el acta de matrimonio y se encontró con la mala noticia de que la Procuraduría había interpuesto una tutela en su contra. “Es que este procurador es homofóbico”. Por lo menos eso es lo que piensan Guillermo y José de Alejandro Ordóñez. En referencia al jefe del Ministerio Público dicen que le pueden demostrar a él, “al país y al mundo entero, si es posible, que dos hombres o dos mujeres sí pueden vivir una vida estable”. 
 
Aseguran ser tan creyentes en Dios como Ordóñez. Pero, señalan vehementes, que “en la Biblia dice y Dios dice ‘amaos los unos a los otros’, pero él no dijo quién con quién, no dijo que el hombre solo puede amar a la mujer y la mujer al hombre. Él dijo ‘amaos los unos con los otros’, no dijo más. Yo quisiera que el procurador me dijera en dónde está escrito que nosotros no somos familia. No solamente a nosotros sino que se lo diga al mundo entero dónde está escrito que una pareja del mismo sexo no son familia”.
 
Aunque, paradójicamente, rechazan, al igual que el procurador, la posibilidad de que se avale la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Aunque, valga decirlo, con argumentos muy distintos a los del jefe del Ministerio Público. Principalmente porque temen que a ese menor lo discriminen. “¿Usted se imagina ese niño cuando empiece a crecer, a estudiar, que lo recojamos y le digan, ‘ay, tiene dos papás maricas, tiene dos papás’ y que le pregunten que quién es su papá o quién es su mamá? Y, entonces, ¿quién va a sufrir?”. 
 
Agregan que “el niño va a sufrir el señalamiento de la gente, del mundo. Si uno que ya tiene una vida hecha, una vida realizada ya como homosexual, como gay, siente uno el rechazo de cierta gente, cómo será un niño que está empezando a vivir, que le digan cuál es su papá, cuál es su mamá, dónde está su mamá. No acepto eso. Respetando obviamente a la persona gay que quiera adoptar. Eso lo hablamos nosotros por nosotros dos, no estamos hablando por la comunidad gay”. 
 
Aunque, eso sí, dicen que si si tuvieran un hijo lo amarían y le entregarían la vida entera. Es que son una familia, dicen, una familia “bien constituida. Mejor que cualquier otra”. Y aseguran que esto ha sido gracias a que han sabido “respetar el hogar”. Y es que, según ellos, no son unos “aparecidos”. Su amor es de vieja data. Y eso les dijeron a los distintos jueces que conocieron su caso. Y estos, al final, les dieron la razón. Lo hicieron el Tribunal Superior de Bogotá, en octubre de 2013, al anular una decisión que había anulado, a su vez, el fallo del juez que casó a Guillermo y José, y el Consejo Seccional de la Judicatura de Bogotá, que, en fallo del 25 de noviembre de 2013, le ordenó a la Registraduría registrar su matrimonio. Por ello, en este momento, Guillermo y José pueden decir que están casados. No obstante, su unión tiene demasiados enemigos. 
 
Ellos, mientras tanto, siguen con su amor. Señalan que mientras hay tantos “famosos que se casan y a los seis meses se divorcian”, ellos llevan ya 29 años juntos y que no le tienen miedo al matrimonio. “Entre dos personas que se quieren, se aman, se respetan, no tiene que haber miedo al matrimonio, al contrario, tiene que ser algo hermoso. Algo más grande todavía porque va a ser una unión para siempre, va a ser algo más hermoso todavía”. Juran que quieren “llegar hasta donde mi Dios nos de la vida”. Sólo piden, de nuevo, que “nos den la oportunidad de mostrarle al mundo que somos una familia. Que nos den esa oportunidad”.