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Judicial 29 Dic 2012 - 9:01 pm

Yo estuve...

En el calvario de Rosa Elvira Cely

La hermana de la mujer que fue abusada y empalada en el Parque Nacional, en Bogotá, recordó los últimos días de vida de la vendedora ambulante, cuyo crimen Colombia toda lloró.

Por: Adriana Aranda Cely
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Javier Velasco fue condenado a 48 años de prisión por el crimen de Rosa Elvira Cely. / Andrés Torres

El teléfono sonó hacia las 9 a.m. del jueves 24 de mayo: era mi mamá. Me llamó a contarme que a mi hermana la habían robado y violado, y que había sido trasladada al hospital Santa Clara. Me fui a llevar a mi sobrina, la hija de Rosa Elvira, al colegio y mamá se fue primero para el hospital. El panorama que encontró fue mucho peor del que nos habían dicho inicialmente: mi hermana había presentado un paro cardiorrespiratorio. A mi mamá le habían pedido unos pañales, pero ella no llevaba dinero, así que le dije que nos encontráramos, los compráramos y los lleváramos.

Cuando llegamos ya la habían metido a cirugía. El cirujano me explicó realmente lo que le había pasado: que habían abusado de ella, que la habían empalado, que habían hallado residuos vegetales y tierra en su abdomen, que les había tocado hacer una cirugía de urgencia porque estaba muy mal. Mientras esperábamos para que nos dejaran verla, llamaba al CTI de la Fiscalía porque ellos no se habían llevado las pruebas que habían recolectado en el hospital y me angustiaba que se perdieran de algún modo. Llamando a un lado y al otro se me pasó el día mientras esperábamos que nos dejaran verla.

Hacia las 6:30 p.m. la pasaron a Cuidados Intensivos. Antes de verla el médico me explicó su gravedad y me dijo que teníamos que tener fortaleza, que había aguantado mucho, pero que estaba muy delicada y en cualquier momento podía fallecer. Yo entré a la unidad y empecé a hablarle. Sé que me escuchaba porque lloraba. Le dije que iba a estar bien, que su hija iba a estar bien, que todos estábamos con ella, que la queríamos mucho y que se iba a hacer justicia. Me despedí hacia las 8 p.m. El médico me dijo que fuera preparando a mi mamá y a mi familia, pero no fui capaz.

Inicialmente sólo mi hermano y yo sabíamos del empalamiento. Es que tenía la esperanza de que ella viviera. Le dije a la niña que la mamita estaba muy delicada, que pidiera por ella a Dios. El viernes seguí llamando para averiguar dónde poner la denuncia. Muy temprano fui a Paloquemao. En la Fiscalía me decían que no tenían el caso reportado. De la Policía me mandaron unos patrulleros que me dijeron que no podían hacer nada porque el Parque Nacional no era su zona. Hasta que una señora me dio los datos de una funcionaria encargada de delitos sexuales.

Volví al hospital. Como ella llegó con signos de hipotermia tenían que mantenerla con manos y pies vendados porque se le estaban negreando y el medicamento que le estaban dando tenía el mismo efecto. Seguí llamando a la Policía y al CTI todo el día. La única persona que me ayudó fue la doctora Claudia Piedad González; me dijo que me iba a ubicar a quienes tenían que manejar el caso. Por fin, hacia las 7 p.m., llegaron los del CTI a tomar mi declaración.

Ya sabía que ella había estado con gente del colegio antes de ser atacada, porque una de mis primas había estado averiguando y les dimos la información que teníamos al CTI. Regresé a la casa y le advertí a mamá que mi hermana estaba peor que el día anterior. El sábado a primera hora presentó una crisis, la intervinieron, le hicieron una histerectomía y le retiraron los ovarios. Tenía una infección grave y la dejaron con el abdomen abierto.

El domingo amaneció peor. Cuando llegamos tenía los ojitos vendados. El médico me explicó el choque séptico que tenía, que no podían tenerla con medicamento, que el único órgano que le estaba funcionando era el cerebro, que si sobrevivía esa noche era un milagro. A las 2.00 a.m. me llamaron: había muerto. Sé que Javier Velasco tiene derechos, pero de verdad espero que cumpla los 48 años en prisión. El daño que nos hizo fue irreparable. Si le duele a gente que no la conocía, imagínense lo que nosotros sentimos. Ahora mismo no es posible perdonarlo. Espero que lo hagamos algún día, sobre todo por mi sobrina. Ella merece una vida mejor.

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