El infierno de las Farc

Fiscalía desempolva reportes judiciales sobre el calvario del secuestro como botín de guerra.

El periodista Jorge Enrique Botero documentó las condiciones infrahumanas en las que las Farc mantenía a los secuestrados ‘canjeables’. / Archivo
El periodista Jorge Enrique Botero documentó las condiciones infrahumanas en las que las Farc mantenía a los secuestrados ‘canjeables’. / Archivo

De todas las salvajadas perpetradas por las Farc en medio siglo de violencias, el secuestro como botín de guerra envileció, quizá como ningún otro crimen, el conflicto armado colombiano. Mientras la guerrilla, antes que hablar de perdones y verdades que les debe a sus víctimas, sostiene que la cárcel no será su destino, la Fiscalía continúa documentando las décadas de barbarie sobre los delitos de lesa humanidad que les serán imputados a la cúpula de esa organización ilegal por graves violaciones a los derechos humanos.

Un informe de 90 páginas elaborado por las Fuerzas Militares sobre el cautiverio en el que las Farc mantuvieron a 38 ‘canjeables’ en un campamento del Bloque Oriental en Calamar (Guaviare), constituye hoy una de las evidencias de la justicia para reconstruir los horrores que padecieron muchos por más de una década. Lo interesante del documento es que es una especie de bitácora de sol a sol de la vida perdida en estos campos de concentración. Un reporte realizado luego de que el Ejército hallara, en noviembre de 2004, uno de los campamentos ‘madre’ de las Farc para mantener a los rehenes.

El documento, soportado en el hallazgo de archivos digitales, diarios y cuadernos de los guerrilleros, cobra particular relevancia para los investigadores de la Fiscalía en su lucha por identificar las atrocidades que protagonizó como carcelero de las Farc Helí Mejía, alias Martín Sombra, un veterano subversivo capturado en 2008, que sólo obedecía órdenes de Manuel Marulanda y el Mono Jojoy. De hecho, ya se reconstruyó su paso criminal por varios frentes en Cundinamarca, Boyacá, Antioquia, Santander, Meta, Bolívar, Casanare, Caquetá, Guaviare y Vaupés.

En 35 años como guerrillero, según la Unidad de Justicia y Paz, Martín Sombra tuvo conocimiento de 220 reclutamientos de menores, 150 delitos sexuales, 4.621 desapariciones forzadas perpetradas por los frentes por los que pasó, así como el desplazamiento de 10.238 personas. Por estos crímenes de lesa humanidad la Fiscalía lo imputará en  próximos días. Justamente el campamento de Guaviare, que originó el reporte de las Fuerzas Militares, era custodiado por Sombra. Allí permanecieron durante ocho meses 27 militares, ocho políticos y tres norteamericanos.

En el informe conocido por El Espectador —que hoy es clave para la Fiscalía— se advierte que dicho campamento tenía capacidad para 200 guerrilleros, que estaba conformado por 12 casas de madera, una de ellas adecuada con electrodomésticos, antena Sky, televisión, VHS, 30 películas cómicas, equipo de sonido y música vallenata. El lugar tenía un espacio enmallado con alambre de púas para los secuestrados y para los cerdos y las gallinas. También había una panadería donde había 1.500 documentos de las Farc empacados en bolsas, varias fotografías de Jojoy, un depósito de medicamentos con una silla odontológica, una plaza de armas pequeña, una nevera que funcionaba a gas y la cuna de Emmanuel, el hijo de Clara Rojas.

Entre los documentos hallados aparece uno titulado “Régimen interno para porteros y recepcionistas”, y aunque suena a manual de estilo de lujosos hoteles, lo cierto es que enumeraba 20 normas que debían seguirse al pie de la letra con los secuestrados. Por ejemplo, los recepcionistas (es decir, los guerrilleros alrededor de esa prisión en la manigua) eran los encargados de botar la basura de la ‘cárcel’ y “no podían fumar cuando llevaran los alimentos”. Se establecía además que la comida de los políticos la servía el portero (el carcerlo), mientras que la de los uniformados se pasaba por una rendija y ellos mismos debían servírsela.

Nada entraba sin autorización del ‘portero’, encargado de revisar cada cuatro días las condiciones de estos campos de concentración para evitar fugas, así como pasaba inspección de cadenas, candados y llaves que les colgaban al cuello cuando movían a los rehenes. Según el manual, el portero, que era relevado cada mes, contaba con lista en mano a los prisioneros —como si tuviera muchos— a las 6 de la tarde en punto; “los encierra incluyendo a los ocho políticos haciendo que ellos mismos se enumeren uno a uno”. Todo lo que les hicieron quedó registrado y figura en un expediente.

En los cuadernos que quedaron en el campamento, una vez emprendieron la huída Martín Sombra y los ‘canjeables’ por presión del Ejército, se consignaron reportes de clases en inglés y en francés que llevaban los secuestrados, horarios en los que apagaban elementos electrónicos cuando escuchaban sobrevuelos, el manejo de las brújulas en sus desplazamientos y una detallada relación de las medicinas y tratamientos quirúrgicos realizados a los rehenes y a los guerrilleros que los custodiaban.

Allí se lee que al sargento José Ricardo Marulanda le abrieron la pierna para quitarle unas esquirlas y que a los demás plagiados como Íngrid Betancourt, los norteamericanos Thomas Howes, Mark Goncalves y Keith Stansell, o dirigentes como Orlando Beltrán, Alán Jara, Gloria Polánco, el coronel Luis Mendieta, entre otros, regularmente eran examinados y se les daban medicamentos contra el paludismo para mantenerlos vivos. En el reporte se dice que se delegó a alias Anzori el cuidado del hijo de Clara Rojas. Algunos transcribían el Antiguo Testamento encerrados entre alambres.

Cada cierto tiempo les permitían a los guerrilleros un vino barato y cigarrillos. Para mantener la disciplina los guerrilleros leían documentos sobre las Farc, escritos de Marulanda, conclusiones de conferencias guerrilleras y oían un programa radial hecho por subversivos llamado “Teléfono Azul”. Para mantener la moral, el grupo comandado por Martín Sombra tenía muchas mujeres para suplir sus necesidades sexuales. También había consideraciones sobre la guerra frontal que en ese 2004 libraban con las Fuerzas Militares, se hablaba sobre un eventual pacto con el Eln en puntos estratégicos y de reuniones del Partido Comunista Clandestino.

En las mañanas y en las tardes cinco guerrilleros exploraban a 500 metros a la redonda del campamento para no llevarse sorpresas. En los diarios de los guerrilleros también quedaron consignadas las sanciones a quienes se descuidaban en la vigilancia de los secuestrados y una hoja suelta titulada “Odontología”, donde se reseña que 28 de los 38 secuestrados ‘canjeables’ tuvieron que ser atendidos. El cuaderno con la historia de vida de Martín Sombra entre 1966 y 2004, escrita de su puño y letra también fue hallado. Su caligrafía, sin embargo, parece indescifrable.

De sol a sol el registro del día era así: a las 4:20 a.m. personal gerrillero de avanzada revisaba el campamento; a las 5:00 a.m. había orden de acurtelamiento; media hora después retornaban los guerrilleros de la ronda; a las 6:00 a.m. se tomaba tinto; luego, aseo al campamento, labores de enfermería y se levantaban cercas; a las 8:00 a.m. el desayuno; a las 11:00 a.m. se preparaba todo para servir el almuerzo; a la 1:00 p.m. se daba la charla de adoctrinamiento guerrillero para los subversivos. Una hora después volvía la ronda de vigilancia; a las 4:00 p.m. se hacía una relación de lo hecho por cada guerrillero en el día; a las 6:00 p.m. todos los plagiados estaban encerrados de nuevo y a las 7:00 p.m. todo debía estar nuevamente en silencio.

Como cosa curiosa, también se detalló en un documento del campamento que las Farc tenían allí un periódico mural con caricatura y todo. Este informe estuvo durante años perdido entre los múltiples expedientes del carcelero Martín Sombra. Hoy, cuando el fiscal Eduardo Montealegre está obsesionado por documentar la infamia de las Farc en todo su contexto, reportes como este resultan fundamentales. Según el informe del Grupo de Memoria Histórica, entre 1958 y 2012 las Farc fueron autoras de 3.360 secuestros y se presume que perpetraron otros 9.598.

La vida del ‘carcelero’ de las Farc

El 26 de febrero de 2008, en Saboyá (Boyacá), las autoridades capturaron a Hely Mejía Mendoza, alias Martín Sombra, un hombre al que Manuel Marulanda y el Mono Jojoy le delegaron la responsabilidad del cuidado de los llamados secuestrados políticos de las Farc. Él mismo ha reconocido que tuvo que encargarse del parto de la dirigente Clara Rojas, cuyo hijo Emanuel fue entregado por las Farc a un cuidandero que hace poco fue condenado a 33 años de prisión.

 

Martín Sombra tiene varias condenas encima por el delito de secuestro y la Unidad de Justicia y Paz se prepara para imputarle crímenes de lesa humanidad, como reclutamiento de menores y desplazamiento.

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