El 'mágico' diario de 'Martín Sombra'

Un cuaderno de 69 páginas relata que el 'carcelero' de las Farc conoció a Pablo Escobar, perteneció a una tribu indígena, sabe de guacas en el Tolima y fue testigo de embrujos.

El diario de  Helí Mejía Mendoza fue encontrado por las autoridades en 2004, en un campamento en Guaviare.
El diario de Helí Mejía Mendoza fue encontrado por las autoridades en 2004, en un campamento en Guaviare.

“Los compañeros míos me decían que si estaba loco, y yo les dije que cuando era niño había caído en un túnel y si había salido con vida era porque mi padre me había dicho que yo era el hijo del diablo”. Así termina su diario Helí Mejía Mendoza, alias Martín Sombra. Su relato, escrito de su puño y letra y consignado en un cuaderno que hallaron las autoridades en un campamento en el Guaviare en el año 2004, parece una recopilación de literatura fantástica de historias de mafia, caballistas, pescadores, guaqueros, caciques, tesoros y brujas.

Aunque este documento lleva dando vueltas en distintos expedientes judiciales en contra del llamado ‘carcelero’ de las Farc —al mismo que Manuel Marulanda y el Mono Jojoy le encomendaron la misión a principios del 2000 de cuidar al grupo de secuestrados canjeables—, sólo ahora interesó a fiscales de la Unidad de Justicia y Paz que están reconstruyendo su pasado criminal de casi cuatro décadas. El Espectador conoció las 69 páginas del cuaderno en el cual Martín Sombra no escribió ni una coma sobre los campos de concentración que mandó a construir; pero sí se explayó en descripciones de leyendas de la selva de las que dijo haber sido protagonista.

Sus ‘memorias’ comienzan así: “Cuando llovió fuego del suelo, oculto en las sombras, se encuentra la biografía de un hombre llamado por demás Martín Sombra, hijo de una joven de familia adinerada del Tolima y de un cacique tolimense. Su abuelo, un general de la guerra de los mil días, dueño de una acaudalada fortuna, muere (de) 150 años, casado siete veces y enviudado”. Su caligrafía es tan difícil y su ortografía es tan mala que por años a los investigadores poco les interesó descifrar el contenido de este diario. Ahora, a un mes de que la Fiscalía le impute los delitos de desaparición forzada, desplazamientos, reclutamiento de menores y crímenes sexuales, este cuaderno volvió a cobrar relevancia.

Según él, fue corista y monaguillo en su infancia, encargado de recoger los diezmos de los feligreses en una región del Tolima. Fue delegado para cuidar “la sacristía, el baño, los gatos y las velas doradas y las hostias”. También escribió en su autobiografía, que comprendía entre 1966 y 2004, que a su padre le tocó enfrentar la violencia conservadora y que murió en un enfrentamiento con un líder de este partido llamado José Gutiérrez. “Yo era un niño convertido en hombre duro por la situación vivida”, que conoció a varios jefes guerrilleros liberales como Pedro Brincos, Sonrisas, Piel Roja, Jacinto Desquites, Polo Venganza, Ojo de Vidrio, El Indio Moro y hasta el reconocido maleante Jacinto Cruz Usma, más conocido como Sangrenegra.

En uno de los pasajes de su diario, Martín Sombra relató que conoció al capo de capos Pablo Escobar en la hacienda Nápoles “cuando me infiltré como montador de caballos”. Pronto el jefe del cartel de Medellín descubrió que no se trataba de un simple trabajador, sino de un guerrillero de oficio. Cuenta que cuando fue desenmascarado, Escobar le dijo que no quería problemas con las Farc y lo llevó a un lugar “tranquilo y agradable” para que conversaran. Así fue y hasta de la financiación de campañas políticas hablaron. Una versión bastante fantástica que no coincide con el conocido temperamento de Pablo Escobar Gaviria.

Martín Sombra dijo que al principio de su vida en la guerrilla le parecieron difíciles la selva, los riesgos, los fusiles; pero que aún tenía en sus recuerdos lo ocurrido después del Bogotazo en 1948, cuando a uno de sus tíos lo castraron “por no voltearse, a otro le sacaron los ojos, a otro le pelaron las plantas de los pies. Como no se quisieron voltear los mataron, les quitaron el pene y se los metieron en la boca. Son imágenes que nunca se borraron de la mente”. Según él, “yo era muy mujeriego, pero conscientemente me acoplé a lavar la ropa, a dejar el licor, los juegos de póquer, las apuestas de gallos, caballos, billar y los trucos de magia. Dejar mis hábitos”.

También reseñó que en su juventud asaltó bancos, que siendo el menor siempre fue el líder de la banda y que hasta ese momento jamás había pisado una cárcel. “Los días más negros de mi vida fueron cuando supe que mi abuelo había fallecido, porque todavía sonaban en mis oídos las notas de su fino violín”. En muchas ocasiones su relato parece un capítulo sacado de La vorágine de José Eustasio Rivera. En un tono inusual, en algunas páginas usó expresiones como estas: “Créanme, queridos lectores” o “testifico con mi puño y letra”.

Martín Sombra consignó en su diario que estuvo en un convento a los 13 años, que ya para entonces andaba en armas y le pidió a su tío esconder su fusil, unas pistolas y unas granadas, que su abuelo conocía de pasadizos secretos de ese convento, ubicado en Cajamarca (Tolima), que el conoció todos los misterios de aquel lugar, túneles de más de 50 metros, puertas secretas y hasta diamantes escondidos. Tuvo —escribió— que hacer un juramento para no divulgar los acertijos de aquel monasterio, en donde había restos de “Holguines procedentes de España”.

Asimismo dijo que un tío suyo lo sacó del convento “porque había una monja muy bonita y yo era muy endiablado. Reconozco que me cogió coquetéandole a la joven monja”. Según él, siempre respetó los secretos encomendados y nadie nunca supo de los tesoros escondidos en aquella abadía. Sombra contó que tuvo amigos pescadores, que conoció como nadie la geografía del suroriente colombiano, que supo de leyendas, de ríos que se tragaron embarcaciones, de infinitas historias de supervivencia, de culebras enormes. También que en sus andanzas conoció al hombre más rico del Llano, o que tuvo varios caballos que fueron campeones. A uno lo llamaban Broche de Oro.

Asimismo, relató historias de viudas y cementerios, mitos de pueblos al fin y al cabo, y que cuando las autoridades persiguieron al bandolero Sangrenegra él era muy joven y lo acompañó en su travesía “por lo metelón”. Al final narró que había ingresado a una tribu indígena porque se volvió amigo del cacique y el curandero y porque conocía los secretos de la manigua. Allí también tuvo noticia de esmeraldas y diamantes, aprendió a adorar dioses y hasta a hacer teatro. Incluso sostuvo que ayudó a crear el pueblo, al mejor estilo de un relato garciamarquiano. Después de un tiempo decidió irse porque ni siquiera los dioses podían detener su destino: convertirse en el ‘carcelero’ de las Farc.

 

Juan David Laverde Palma - jlaverde@elespectador.com - @jdlaverde9                                                                                                                                                                                              Santiago Martínez Hernández - @santsmartinez