Los presos que piden perdón por medio de la literatura

El Inpec y Fundalectura lanzan la tercera edición del libro Palabras Justas, una recopilación de textos escritos por excombatientes postulados a Justicia y Paz sobre la reconciliación y el perdón.

“Escribir, otra forma de pedir perdón”, fue la consigna con la que el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) y la Fundación para la Lectura (Fundalectura) lograron poner en marcha “Palabras Justas”: un programa en el que los presos de diferentes cárceles del país postulados a la ley de Justicia y Paz puedan tener, por medio un cuento, poema, acróstico o relato contar sus historias de guerra dentro del conflicto armado colombiano. Este año el programa ya cumple tres años funcionando.

El programa Palabras Justas comenzó hace dos años como parte de una metodología de justicia con programas sociales y educativos, que se ha convertido en uno de los objetivos del Inpec para los próximos años sobre todo con los retos a los que se enfrentan con la implementación del Acuerdo Final. Hasta hoy, Palabras Justas, que se compone de cursos de cuatro meses, se ha desarrollado en prisiones de 11 ciudades del país y en esta versión logró convocar a aproximadamente 229 prisioneros para que se sentaran a escribir.

“La guerra es la más brutal y absurda de las actividades humanas. Ahora nuestro país ha tomado la determinación de poner fin a tantos años de barbarie y de tragedia. Estas mujeres y estos hombres que se atreven a cambiar las armas por las palabras, son un ejemplo de que ello es posible y que la guerra comienza a ser parte del pasado más que nada: que cualquier futuro es mejor que el de la guerra”, escribe Jorge Zuleta, prologuista de la tercera edición de Palabras Justas.

El libro, compuesto de 292 páginas y 68 piezas literarias, tiene como escenario común el campo colombiano y como protagonistas, a los campesinos que tuvieron que entrar en la dinámica de la guerra. Por ejemplo, la historia de Ezequiel Mora Vallejo, un exguerrillero de las Farc que fue reclutado luego de que los paramilitares lo desplazaran y le destruyeran su finca en zona rural de Páez (Boyacá).

Hoy cuenta que, después de que el DAS lo capturara en Bogotá –meses después de haber desertado de la guerrilla-, hoy tiene que compartir patio en la cárcel con muchos de sus victimarios. “Grande fue la sorpresa cuando encontré que en el patio donde estaba recluido, habían solo paras desmovilizados y activos. Muchos me mostraban arrepentimiento por lo que habían hecho, por mi mente solo pasaba salir de ese lugar sin tener problemas, pudiendo llevar a cabo mi proyecto de vida”, escribió Mora Vallejo durante los cuatro meses que estuvo en los talleres de Palabras Justas. 

Desde la otra orilla, la de los paramilitares, Alcides Mattos Tabares cuenta que su infierno comenzó cuando tenía 17 años. Se sintió “poderoso”, “justiciero” y “Dios” cuando empuño un arma y supo que podía terminar la vida de quien quisiera. Hoy, tras 12 años tras las rejas en Montería (Córdoba), se da cuenta de lo equivocado que estaba. Mattos cuenta que desanda su camino dentro de las autodefensas, que pide perdón y se arrepiente de haber dado mal ejemplo a los jóvenes de su pueblo y, sobre todo, de una orden que le dieron sus superiores: matar a uno de sus compañeros y reportarlo como un guerrillero herido en combate.

Bárbara Lee Rojas, una de las talleristas del programa en la cárcel de mujeres del Buen Pastor, le contó a El Espectador sobre su experiencia con las reclusas de dicho penal. “La experiencia es increíble porque fueron personas que son victimarias pero que, al tener hijos y sentir ese amor incomparable por otro ser humano, las hace tener la capacidad de ponerse en el lugar de otro y comprender y evaluar en mayor dimensión los errores cometidos y pedir perdón” aseguró la docente.                       

A su vez, Lee Rojas recuerda que la situación en que viven las presas no es fácil, pero se tiene que recordar que en el pasado su condición de victimarias las llevó a violar los derechos de otros. Lo más interesante de aquella experiencia, según la tallerista, es poder evaluar la labor de escribir, la cual conlleva un profundo encuentro consigo mismo. Asimismo asegura que facilita el análisis de las situaciones pasadas y evaluar de cara al futuro los nuevos pasos para redirigir los caminos, en pro de su hijos, que como lo expresara una de mis alumnas Janeth Rivera, "son sus semillas en tierra fértil".