Antes de morir estuvieron cinco años en cautiverio

Quince años de ausencia de los diputados del Valle

El 18 de junio se conmemoran 10 años desde que 11 diputados del Valle, secuestrados en 2002, murieron acribillados por las Farc. La guerrilla ha dicho que esos asesinatos fueron uno de sus peores errores en el conflicto, pero no todas las víctimas les han creído. Desde el dolor y también el amor, sus hijos exaltan su memoria.

Los hijos de los diputados del Valle organizaron varios eventos conmemorativos para este fin de semana. / Cortesía de la Unidad para las Víctimas - Foto: Rafael Espinoza

Carolina Charry, hija de Carlos Charry. Abogada, con maestría en derecho administrativo, 31 años.

Para mí, la ausencia es todo este proceso: mucho dolor, sufrimiento, llanto. Pero también ha sido de perdón y sanación. La ida a Cuba me sirvió para soltar. Hoy puedo recordarlo no con lágrimas sino con la frente en alto.

Con las Farc, el encuentro fue muy doloroso. Sirvió para sacar todo ese resentimiento que llevaba por dentro. Fue un momento de sentimientos encontrados. Me costó mucho prepararme para ir y, al regresar, asimilar lo que había pasado. En mi familia había reticencia al proceso con las Farc. Fui sola al primer encuentro, al segundo fueron mi hermana y su esposo, y al tercero, ella y yo. Mi mamá, Gaby Sánchez, sólo fue al acto de perdón (en Cali) por acompañarnos, pero se preguntaba: “¿Qué más nos van a decir?”. 

Es muy duro acostumbrarse a un secuestro, desgastarse cinco años, no poder negociar nada. Todas las fechas especiales se volvieron amargas. Yo tenía 16 años y mi hermana 13 cuando secuestraron a mi papá. Luego vinieron cinco años de depresión, de llanto, de vivir pegados a las noticias. Nos tocó madurar a la fuerza y ser el soporte de mamá. Ella hizo muy bien de mamá y papá. No fue fácil.

No pudimos ni verlo antes de enterrarlo; así terminó nuestra expectativa del reencuentro. Al principio pensé que el secuestro sería superrápido, pero fueron pasando los días, los meses… Me sentía superimpotente. Marchaba, exigía, pero no podía hacer que él volviera. Recuerdo que todos los viernes cenábamos en familia, que íbamos a la finca, que llegara a la hora que llegara, él prendía la luz y nos saludaba.

Mi mamá fue muy fuerte. En esos cinco años (de cautiverio) la vi llorar dos o tres veces, no porque no lo quisiera sino por nosotras. Llevó su proceso con mucha dignidad. Todos los días le enviaba mensajes a las 5 de la mañana por “La Carrilerra”, le contaba de nosotras, no quería que él se perdiera un segundo de nuestras vidas. Recibimos cinco pruebas de supervivencia y todos fueron momentos muy tristes. Al menos podemos decir que siempre supimos de ellos, a pesar de las circunstancias.

Reconstruir la vida es muy difícil. En La Habana, la guerrilla dijo que quería que nuestras condiciones quedaran casi iguales a como estaban antes, pero es imposible. Mi papá ya nunca va a estar, nadie me va a hacer recuperar el tiempo perdido con él. No hay cómo reparar este daño. Lo que hemos hecho es seguir adelante, cumplir las expectativas que él tenía sobre nosotras: somos profesionales y personas de bien que quieren aportarle a la sociedad.

Lo que nos ha devuelto un poco la alegría es mi sobrina Gabriela; tiene dos añitos. Con ella hemos logrado mitigar un poco el dolor, tiene muchos gestos de mi papá y esa es otra forma de recordarlo. Para mi mamá debió ser más difícil aún, ellos se proyectaban para pasar la vida juntos. No se volvió a casar. Sigue viviendo en la casa donde vivíamos todos, allí siempre se hablan cosas bonitas de él. En la parte de atrás hay un zarcito donde él se sentaba a escuchar música. Incluso todavía tenemos parte de su ropa. No pudimos regalar todas sus cosas. En todas partes hay fotos de él, tenemos la última de los cuatro juntos. El recuerdo y el vacío persisten.

Yo quiero que la gente entienda que si nosotros, víctimas directas de la guerra, podemos llegar a perdonar —aunque el perdón es algo subjetivo—, los demás también pueden. Así podemos apostarle a un país mejor para nuestros hijos.

Sebastián Arismendy, hijo de Héctor Fabio Arismendy. Estudiante de administración y de contaduría. 19 años.

¿Para mí qué significa la palabra ausencia? Está ligada intrínsecamente con la falta de un padre en mi vida, aunque he tenido sus ideas y su música conmigo. Héctor Fabio Arismendy era compositor y tenía una orquesta de salsa desde antes de los 80 que aún existe, se llama La Sabrosura. Tiene canciones famositas, una estuvo en el top Billboard: “Como tu amante, tu amigo”, que mi papá compuso y le puso música. En una prueba de supervivencia él nos contó que escribió 100 canciones en cautiverio. En La Habana, (Pablo) Catatumbo nos dijo que en la selva todo se iba perdiendo. 
En varios videos nos decía qué nos estaba haciendo: a mí me tenía un libro que se llamaba Cuentos de la Selva, a mi hermano varios dibujos de animales, y a mi mamá unos corazones tallados por él en madera. Nos contaba lo que hacía, que escribía canciones y que le gustaba mucho lo que estaba haciendo en su tiempo. 

Yo tenía 4 años y medio cuando lo secuestraron y me acuerdo muchísimo de él. Mi mamá, María Consuelo Mesa, era muy seria y él nos traía dulces y nos ayudaba a esconderlos de ella. Cambió mucho. Se volvió papá y mamá, se volvió alcahueta. Vendió sus dos microempresas porque mi hermano y yo le dijimos que nos sentíamos solos y se dedicó a nosotros. 

El día del secuestro se fue a las 5 de la mañana para Cali y yo me cogí de un pie de él como una garrapata, no quería que se fuera. Iba no más a llevar una excusa médica a la Asamblea porque estaba enfermo. Cuando llegué del jardín había pasado ya todo, mi familia estaba llorando, mi casa estaba llena. Estaba súper asustado; mi hermano, que tenía 2 años y medio, estaba más perdido que yo. Mi mamá nos sentó a los dos y nos dijo que mi papá se iba a un largo viaje y que no sabía cuándo iba a regresar. 

A partir del secuestro la vida fue muy extraña. No jugaba mucho. Me cuenta mi familia que me volví muy raro, era como un viejito, en vez de jeans compraba pantalones, usaba camisas manga larga, me levantaba a las 5 de la mañana a prender la radio y escuchar la emisión de noticias. Economizaba mucho, vivía preocupado por el dinero de la casa. Una vez tenía como 7 años y le dije a mi mamá que yo iba a pagar los servicios. Marché por Cartago, Cali, Buga, Florida, Pradera, manteníamos pidiendo por ellos en distintos escenarios. Fue una infancia con poco color. Sobre todo, cuando lo veía en las pruebas de supervivencia acabado y no lo podía ver en la vida real. 

Siempre tuvimos cuartos separados, pero cuando ocurrió el secuestro empezamos a dormir con mi mamá. El día del asesinato, que fue hacia la 1 o 2 de la mañana (que se supo), me desperté por la bulla y vi a mi mamá atacada llorando, me dijo que habían matado a mi papá, que habían matado a todos. Estaba como loca, decía que se tenía que ir ya para Cali (desde Cartago). Mi hermano estaba durmiendo. Me fui del cuarto, entré al mío, rompí unas porcelanas y empecé a gritar que los iba matar a todos. Así se los dije a todos los de las Farc cuando los vi en La Habana. Los llamé a cada uno por su nombre y les dije: a ustedes yo los quería matar. 

No pensaba que las Farc fueran a enfrentar a sus víctimas; tampoco lo anhelaba. Yo llegué a La Habana para algo del Acuerdo de Paz, no sabía exactamente para qué. No sé si diciéndome hubiera ido, tengo mis dudas. Nunca me imaginé que iba a hablar con los asesinos de mi papá. El día anterior al encuentro fue muy difícil, perdí el sueño y el apetito. Fue muy duro. Se sentía una energía muy pesada cuando entraron ellos, uno sabía quiénes eran, los había visto en uniforme y con armas. Estaban el arzobispo de Cali y el padre Francisco de Roux, y apenas nos dijeron que llegaron, todos rompimos en llanto. Entraron dando la mano, pero era muy duro, muy incómodo. No íbamos a tirarles las sillas, pero sentíamos mucha impotencia. 

Todos empezamos a llorar. Es muy difícil estar en frente del asesino que le quitó la vida a quien uno más quería. El silencio lo rompió Diana Echeverry, quien empezó a llorar y cogió a Joaquín Gómez del brazo gritándole: “¡¿por qué?! ¡¿por qué?! ¡¿por qué a nosotros?!” Él intentaba soltarse, pero ella lo cogió muy duro. John Jairo Hoyos (hijo de Javier Hoyos) les gritaba y los manoteaba. Ya luego empezó a hablar Carolina (Charry) y nos empezamos a dar cuenta de la humanidad de todos los presentes. Las Farc agacharon la cabeza, aceptaron las culpas. Fue raro, sin presencia de cámaras eran dóciles. 

Cuando nos pidieron perdón sentí impotencia, injusticia, rabia, rencor, pero también entendimiento, fuerza, reconciliación. Me sentía apretado de tanto sentimiento, pero a los minutos me fui calmando. El final del encuentro fue reconfortante. Cuando nos montamos en el bus hacia el aeropuerto… creo que nunca habíamos estado tan felices. Parecía una fiesta de colegio: nos abrazábamos, nos reíamos, nos tomábamos fotos. Verlos cara a cara me ha hecho mucho más fuerte, valiente, sagaz. Me ha hecho aprender muchas cosas, a comprender momentos como las firmas del Acuerdo de Paz en Cartagena y en Bogotá. 

Se cumplió algo de lo que pedía de niño, al menos se acabó el conflicto. Como mi papá dijo en una prueba de supervivencia: “Lo único que nos puede salvar es el amor y la solidaridad entre los hombres y una fe absoluta en Dios”.

Diana Echeverry, hija de Ramiro Echeverry Administradora ambiental. 32 años.

Ausencia es para mí... algo que se ha ido arraigando con el pasar de los años y cada vez es más profunda. Yo salí corriendo del país apenas sucedió la masacre y en el exterior nadie me tocaba el tema. Tenía 23 años. No hice el duelo, y al regresar el mundo hablaba de ello y me era difícil. Pero he decidido no recordarlo con tristeza, sino como quien era: la alegría de la casa.

Cuando se lo llevaron yo me iba para la excursión del colegio, obviamente no viajé. El secuestro lo alteró todo. Mi hermano se volvió mi figura paterna, maduramos a la fuerza. Por ejemplo, no rumbeábamos. Era como si de una u otra manera estuviéramos secuestrados en nuestra propia casa, mi mamá sólo salía a las reuniones de la Asamblea y a lo relacionado con el intercambio humanitario; vivía pendiente de las llamadas y las noticias. Durante cinco años esa fue nuestra vida. Nuestro plan de sábado en la noche era el programa radial Las Voces del Secuestro. 

El día del secuestro mi papá me fue a llevar al colegio. Como buen campesino que era, madrugaba para irse a Cali -somos de Palmira-. Al salir del colegio estaba muy contenta por la excursión, pero al llegar a mi cuadra vi mucha gente de mi casa y pensé: algo sucedió con mi papá. 

Cuando llegué había silencio absoluto. Luego vi a mi mamá llorando, me dijo que se habían llevado a mi papá. No entendía, subí a ver noticias. Pensamos que iba a durar muy poco, que no iba a pasar tanto tiempo. Ese día oí a mi papá en la radio, le decía al Ejército que por favor no los bombardearan más, que los estaban bombardeando era a ellos. En la noche mi papá nos hizo una llamada, nos dijo que estaba preparado para lo que venía y que le habían dado unas galletas deliciosas. Fue la última vez que hablamos con él. 

Pruebas de supervivencia enviaban, mínimo, una al año. Eran una voz de aliento, nos daban ganas de seguir con nuestros estudios y nuestras vidas, de seguir por el acuerdo humanitario, rogándole al Gobierno y a la guerrilla que los liberaran. Eran lo único que nos decía que estaban con vida, que nos escuchaban, que nos necesitaban, que no paráramos a pesar de la desesperanza. Era muy duro ver su aspecto acabado, pero no importaba porque estaban vivos. Había muchos enfermos. Mi papá era de los mayores, de los más enfermos, y nos preocupaba su estado de salud. Siempre aparecía delgado. Pero aun así estaba vivo. Estaba vivo.

A mi mamá, Ana Milena Gómez, siempre la vimos como ama de casa y asistente de mi papá, no conocíamos esa faceta tan fuerte suya, aunque sufrió mucho era muy, muy fuerte. Sólo la vi desfallecer cuando nos confirmaron que ellos habían muerto en fuego cruzado. (El presidente) Uribe fue a visitarnos a la casa de Fabiola (Perdomo) en la noche, nos habíamos enterado en la madrugada, y teníamos la leve esperanza de que no fueran nuestros papás, de que todo fuera mentira, de que fuera una pesadilla. Esa vez fue horrible. Los vecinos aplaudían a Uribe mientras nosotros ahí, con todo ese dolor, pensando que él los había dejado morir por negarse al intercambio humanitario.  Mi mamá se convirtió en padre y madre. La admiro muchísimo, es una berraca. Nos sacó adelante con las uñas. Gracias a Dios tenemos una familia muy unida que nos ha apoyado. No sé cómo ha hecho, pero le agradezco a ella y a mi papá lo que somos mi hermano y yo, a nadie más, porque hasta el Gobierno nos dejó solos. 

Inicialmente mi familia, sobre todo mi hermano, no estaba muy de acuerdo con que yo fuera a La Habana a hablar con las Farc, aunque respetaron mi deseo. Yo estaba dispuesta a escuchar a la guerrilla, pero al ver a Joaquín Gómez me acordé inmediatamente de mi papá, ambos morenos. Nos saludó de mano, saludó hasta al perro. Y al verlo no le solté la mano a este señor, empecé a gritarle. Antes de que ellos entraran establecimos un orden del día y yo dije que no sabía si iba a hablar, pero cuando entraron lo agarré de la mano, no lo quería soltar, le empecé a gritar llorando y no podía parar. Luego nos reíamos de eso, yo acababa de decir que no iba a hablar y ahí estaba reclamándole: ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! 

¿Que si ya los perdoné? No lo sé, pero estoy dispuesta y continúo en ello. Cuando ganó el No (en el plebiscito del 2 de octubre de 2016) me afectó muchísimo, quería salir corriendo y no me importaba a dónde. ¿Yo estaba intentando perdonar a quienes más me han causado daño en mi vida y va y gana el No? Todavía me impacta y he tenido que trabajar mucho en ello. Pensé que ya había superado muchas cosas y me di cuenta de que no, que simplemente le había echado tierrita. Es mi realidad, sí, ahí vamos. Es mi papá y punto. Lo voy a extrañar por siempre.  Esto no se puede olvidar porque no se puede repetir. No solo a mi papá y a sus compañeros, sino a muchísimas víctimas. Puede que el Acuerdo de Paz tenga todas las falencias, yo no soy experta en esa materia, pero no están ocurriendo más secuestros y no hay más víctimas. Es lo mejor que le puede pasar a Colombia. Las Farc y el Gobierno le tienen que cumplir a las víctimas, pero los colombianos tenemos que pensar qué estamos haciendo en favor de la paz. 

Juliana Orozco, hija de Nacianceno Orozco. Abogada, recién graduada. 23 años

Ausencia para mí es la falta de mi padre, Nacianceno Orozco, en los eventos más importantes de la vida. En el grado del colegio, de la universidad, en el comienzo de mi vida profesional, el día que me vaya a casar.

Cuando lo secuestraron yo tenía 8 años y mi hermano 13. Vivíamos en la burbujita de solo pensar en los amiguitos del colegio y estudiar. Pasamos abruptamente de eso a hablar de la realidad del país, del acuerdo humanitario. Para mi mamá, Ruby Jaramillo Corrales, fue especialmente difícil, porque ella era ama de casa, solo llevaba los quehaceres de la casa y mi papá se encargaba de absolutamente todo. Le tocó hacerse cargo de los negocios y las fincas. Luego el Directorio Conservador decidió que ella tomara la curul de mi papá y terminó siendo diputada del Valle un período. Estudió derecho y se graduó de abogada.

Recuerdo el día del secuestro literalmente como si hubiera sido ayer. Por esa época ya teníamos problemas de seguridad, a mi papá le había tocado reunirse con la guerrilla en noviembre porque se lo iban a llevar, llegaban a las fincas, a la casa en Caicedonia, lo tenían superazotado. La guerrilla le dio su palabra de que no iba a tocar Caicedonia, obviamente no era verdad. A mi hermano también lo habían intentado secuestrar varias veces. Por eso nos pusieron escolta. Ese día, al llegar a la casa, me encontré con mi mamá llorando porque en las noticias decían que había el rumor de una bomba en la Asamblea. Luego se filtró por radio que no era una bomba, sino un secuestro. Después vino la agonía.

El día de la masacre ya vivíamos en Cali, en la casa donde vivimos hoy. Fabiola Perdomo llamó en la madrugada y le dijo a mi mamá que había un comunicado en Anncol. Mi mamá empezó a gritar como loca y nos levantó a mi hermano y a mí, nos dijo que los habían matado. Nos paramos y nos fuimos todos para la casa de Fabiola. No me acuerdo si estuvimos allí cuando Uribe fue, creo que sí, tengo además una imagen de Uribe en mi casa, pero no estoy segura.

Mi hermano está cumpliendo su sueño, el que le manifestaba a mi papá desde niño: ser médico. Mi papá le compraba juguetes de medicina, él le hacía curaciones a mi papá en la cama los domingos. En agosto se va a vivir a Cuba porque se va a especializar en cirugía plástica. Él y el resto de mi familia han sido muy reacios al proceso con las Farc, no quieren reabrir sus heridas. No fuimos a ningún acto de perdón que ofreció la guerrilla en La Habana, pero al final acepté ir a un evento privado que se organizó cerca del (colegio) Pío XII, en la vía hacia Jamundí. Después de decirles lo que pensaba, me sentí liviana. Me quité una carga de encima, pero es muy difícil. Quiero la verdad.

Cuando vi que ellos entraron al recinto donde estábamos las familias, entré en un “shock” impresionante de nervios. Usualmente soy tranquila, pero esa vez perdí el control de manera absurda hasta que por fin pude tomar la palabra, hablé como diez minutos, los insulté, les pedí la verdad. Ellos respondieron que había que esperar a la Comisión de la Verdad para contar lo sucedido, así que no pude obtener lo que quería.

Quiero la verdad. Para poder tener reparación se necesita verdad, justicia y reparación, y creo que la verdad es lo más importante. ¿Qué pasó? ¿Qué cómplices tuvieron en la Asamblea para realizar ese secuestro de forma tan perfecta? ¿Por qué los mataron? Quedo con el sinsabor de que tal vez no se vaya a hablar 100 % con la verdad, de que traten de encubrir a quienes los ayudaron. Ya había amenazas de secuestro y nadie hizo nada. Sí o sí hay omisión y responsabilidad del Estado; así como las Farc reconocen, también debe hacerlo la Nación.