Vanesa, la transexual que cambió la historia de la libreta militar

Ha tenido dos grandes amores; no cree en los curas, pero sí en las brujas y en Dios; sueña con hacerse el cambio de sexo.

Vanesa Hoyos teme que por sus 43 años nadie quiera contratarla, aunque ya no le pidan libreta militar. / Cristian Garavito

I

Gina Vanesa Hoyos Gallego nació varón hace 43 años, duerme rodeada de 17 peluches y ocho entablados de Marilyn Monroe y tres veces le han roto el corazón. Una barba tímida le hace sombra alrededor de los labios en forma de candado: aunque empezó a tomar hormonas a los 19 años, paró hace ocho, cuando le diagnosticaron VIH. Una vez la violaron siete hombres, tenía 15 años. Dejó de creer en la Iglesia Católica cuando conoció a un cura que le daba dinero y ropa a cambio de sexo, tenía 16. A veces, cuando lo que dice la estresa, se pellizca suavecito el labio inferior con los dedos corazón y pulgar de la mano izquierda. Como ahora mismo, mientras cuenta que anoche mataron a alguien a unos metros de su casa.

“Yo estaba durmiendo cuando me despertó el ¡pum, pum, pum! Casi me caigo de la cama. Mataron a un muchacho, que supuestamente fumaba vicio. Qué pesar. Ellos qué culpa tienen, eso es una adicción. Tenía como 18 años”.

Esta noche llueve en Circasia, Quindío. Ella se pellizca otra vez el labio al contar que evita salir del cuarto que arrendó hace unos días para resolver algunos asuntos, como la tutela que puso para que su EPS le entregara medicamentos que le urgen por tener sida. Se resguarda en esta madriguera casi todo el tiempo porque hace un par de años una banda criminal –cuyo nombre omitiremos– la forzó al destierro junto con su madre –por razones que no diremos–. Dice que puede estar en Circasia siempre y cuando mantenga un “bajo perfil”. Sin embargo, pasar desapercibida en este pueblo de 28.000 habitantes puede ser algo difícil para una mujer con manzana de adán, espalda ancha y 1,85 metros de estatura que usa maquillaje y se contonea al caminar.

Su cédula dice que se llama Hernando. Por las calles de Circasia, todo el mundo la llama Vanesa.

La madriguera es un cuarto de 2 por 3 metros que yace sobre lo que alguna vez fue un basurero y ahora son cambuches. (En 2013 se hablaba de 20 familias, con seguridad han llegado más desde entonces). Está dentro de una casa improvisada y se llega a ella por una entrada independiente, protegida por una lata que hace las veces de reja y una puerta que se cierra con candado y con cadena. Lo que separa a la madriguera del resto de la casa son paredes de esterilla que Vanesa personalizó con sábanas y cobijas para protegerse del frío y de la lluvia. Sobre éstas colgó algunos peluches, los entablados de Marilyn Monroe –su amuleto de la buena suerte– y un reloj en forma de grano de café para el que siempre son las 6:02.

Intentando bajar el volumen de su voz profunda y femenina para que no la oigan los vecinos, Vanesa habla del primer hombre que le rompió el corazón: su padre, un microempresario barranquillero que la echó de la casa con 14 años cuando se dio cuenta de que ella usaba cosas que, se suponía, estaban hechas exclusivamente para personas con senos y vagina. “Él me pegaba, me pegaba y me pegaba, me gritaba ‘¡maricón!’. Años después el hombre, agonizando por un cáncer de estómago, pidió que su hija fuera a verlo. “Lo primero que pensé fue ‘por mí, que se muera’. Pero no podía dormir, tenía pesadillas, como que me jalaba las cobijas. Hasta que fui y ese día que lo vi, hablé con él y lo perdoné, ese mismo día murió”.

Un año después de haber sido expulsada de su casa, su madre dio con ella en una finca en Tuluá, Valle, y se la llevó a Circasia. Pero ella era Vanesa, no Hernando, y el único lugar que encontró para laburar siendo quien realmente era fue un prostíbulo en el sur de Bogotá llamado Noches de Medialuna. “Ese negocio quedaba por los lados de la iglesia de La Consolata y duró ahí como 18 años, pero lo tumbaron y ahora es un edificio”. Allí vivió de los 19 a los 29 años lidiando con la dueña del lugar, una transexual de ojos verdes nacida en Turmequé, Boyacá, con un temperamento endiablado, conocida como la Linda. En este universo transgenerista, todos los nombres van acompañados del artículo: la Charlotte, la Johanna, la Vanesa…

En Noches de Medialuna conoció a los otros dos hombres que le rompieron el corazón. Primero fue Juan, un conductor de Coca Cola que entró al prostíbulo una noche de un miércoles “todo elegante, todo pinta”. Luego, un fin de semana, llegó a buscarla. Traía para compartir un pollo y una coca cola y, para ella, un peluche de Mickey Mouse que Vanesa todavía conserva junto con algunos calzoncillos de él. A los cinco meses le pidió que vivieran juntos. “Ese hombre se preocupaba mucho por mí, me cogía de la mano y no le daba pena darme picos en los buses. No le gustaba que me arreglara porque creía que estaba puteando, así que yo mantenía desarreglada. Le hacía de comer, le arreglaba el uniforme. Pero un día no volvió a la casa”.

Sentada en la cama sencilla en la que a duras penas cabe su humanidad, frente a un cuadro de Jesucristo en la cruz y otro de la Última Cena, Vanesa cuenta que resolvió el misterio de la desaparición de Juan con María Eugenia. “Ella era una bruja, no sé si usted de pronto la haya oído nombrar. Murió de un maleficio, ¡imagínese!”. La bruja le reveló que la exesposa de Juan había hecho un sortilegio para alejarlo de ella. Soportando las burlas de sus colegas, Vanesa regresó al prostíbulo vencida. “Yo todos los días beba y beba y llore y llore por ese hombre. Apareció a los cinco meses todo degenerado, sucio, llevado por el vicio. Lo invité a almorzar, le di plata pa’ la buseta y hasta estuve con él, pero ya se había perdido el amor. Nunca más supe de él”.

“¡¿Qué fue eso?!”, salta Vanesa interrumpiendo sus memorias.” ¡Es que acá hay unas ratotas! Por eso yo no saco a mi perrita, porque a la perra grande de la vecina la agarró una rata y le arrancó medio labio. Es que hay unas así, vea”. (A mis ojos les parece que en la forma que hacen sus manos cabría un rinoceronte). “Entonces a cualquier ruidito yo miro. También hay muchos alacranes por la guadua y la esterilla… pero aquí frío no me da”.

II

A la mañana siguiente de nuestra primera conversación, Vanesa sale de su madriguera. Vamos a una peluquería para que le cepillen el pelo y se lo alisen, quiere salir bien en las fotos del periódico. “Lástima que no tenga conmigo mi trajes, me hubiera puesto uno. En Bogotá una amiga me tiene guardado todo y yo sólo me vine con unos tacones”. (Tiene cinco pares de tacones colgando en las sábanas de su cuarto). Mientras la arreglan le pregunto si hay más transgeneristas en Circasia. Responde que hay otras dos. Le pregunto si alguna vez la han agredido. Vanesa aprieta los labios y su silencio lo interrumpe quien la peina, un hombre de 20 años, delgado, de piel blanca, pelo negro y acento muy paisa llamado Juan David Jaramillo Builes.

“¡Claro que sí! A las chicas trans las insultan, les tiran cosas, jalan sus vestidos en las fiestas que hace el pueblo cada año. Es la maldición de las P: o son putas o son peluqueras, pero, ¿cuándo ha visto usted a una chica trans profesional? A los LGTBI no sólo nos agrede la gente, nos agrede también el Estado con su exclusión”. Juan David cuenta que fue activista un buen tiempo, que hacía campañas de derechos sexuales y reproductivos, que trabajaba con hospitales, pero que las ganas de un mundo mejor se le escaparon a cuentagotas por la grieta del mundo real, que le fue cerrando una puerta tras otra, con su familia, inicialmente, y en el trabajo, principalmente. Juan David, por falta de plata, no ha podido sacar la libreta militar.

De la peluquería salimos hacia el parque principal. Con su pelo largo arreglado y su contoneo de costumbre, Vanesa se vuelve un ser difícil de ignorar. “¡Papasote!”, le grita un hombre. Ella, de buen humor, le replica: ¡Ja! Oigan a éste: ¡Mamasota!” El cielo de Circasia, invadido de nubes hoscas, amenaza con arruinar el trabajo de Juan David el estilista. En una esquina del parque, a unos pasos de la Alcaldía, tres mujeres de unos 60 años la miran y secretean. Por esa misma esquina, en unas horas, pasarán tres colegialas de falda gris y saco rojo que al mirarla estallarán de risa. Vanesa sigue caminando hacia un andén del parque para sentarse y retomar la conversación. Antes de que se siente, un par de caballeros ensombrerados le miran de reojo las nalgas.

“A mí me hubiera encantado estudiar criminalística. Me apasiona el tema de los asesinatos, descubrir quién lo hizo, arreglar a los muertos…”. Hubo una vez en que Vanesa arregló a uno: “A un amigo mío, no le gustaban los gais ni nada, era muy serio, lo mataron por vender drogas. Como su familia era tan pobre, yo no sé nada de muertos, pero lo preparé. Les dije que consiguieran el cloroformo y las agujas y que yo ponía mi maquillaje. Le saqué los gases. Con un tiro le habían sacado un ojo, entonces yo le metí algodón y le hice un ojo postizo, le puse micropore y en el micropore le pinté una ceja. La mandíbula se la pegué con ‘super bonder’ porque la tenía partida. Es que le metieron siete tiros: uno en la pierna, dos por acá y el resto en la cabeza”.

Pero Vanesa no pudo estudiar criminalística. Ni siquiera terminó el colegio, dice que no le gustaba. Apenas aprendió a leer en Bogotá hace un par de años, cuando la banda criminal –cuyo nombre seguiremos omitiendo– la expulsó a ella y a su mamá de su casa, en donde tuvo una peluquería con su mismo nombre durante ocho años. En esos años, Vanesa da fe de que no ejerció la prostitución ni un solo minuto. Pero, amenazada, le tocó irse a Bogotá a buscar refugio. Y lo encontró en un proyecto del Distrito que daba techo a mujeres transgeneristas. Pero el refugio no fue eterno. Y Vanesa, para mantener a su madre –la única de su familia que la aceptó tal cual era– y mantenerse, volvió a los callejones de la prostitución, como cuando tenía 19 años.


III

Vanesa tenía 29 años cuando la dueña del Noches de Medialuna la expulsó. Se fue al Santa Fe, ese barrio del centro de Bogotá que siempre ha sido como la sede principal de las trabajadoras sexuales. Ahí conoció al tercer y último hombre que le rompió el corazón. Él tenía 17 años cuando se le acercó y le preguntó que cuánto por el rato, y de rato en rato terminaron viviendo juntos seis años. Al cuarto año la convivencia se malogró: “Me cogía del pelo, me pateaba, me escupía, decía que no sabía por qué se había enredado con esa marica. Yo no más me sentaba a llorar”. Al quinto año, en un agarrón, él sacó un cuchillo y ella, otro. “Casi lo mato. Me tocó envolverlo en una sábana e irnos heridos pa’ el hospital. Nos cosieron y nos fuimos a tomar aguardiente”.

En los últimos meses de su relación, se alternaba entre ir a rescatar a su novio de la calle del cartucho e ir a donde una bruja. Sospechaba que él tenía a alguien más. “Yo andaba desesperada. Me sentaba con la bruja desde las 10 de la noche y daba la 1 y yo todavía fume, fume tabaco, fume y escupa, fume y escupa; se me ampollaban los labios y los dedos. Le echábamos Vick Vaporub y café y azúcar y clavos y canela. Así uno va llamando al hombre. Y claro, me llegaba. Pero el tabaco, así como atrae, hace que el hombre lo aborrezca a uno”. Un día, él le confesó que había embarazado a otra mujer. Se llamaba John Freddy. O quizá se llama, ella no sabe en qué tiempo conjugar ese verbo porque, igual que con Juan, nunca más supo de él.

Esta última parte de la entrevista tiene lugar en una caseta que, explica Vanesa, le asignó el municipio para el trabajo de la mesa de la comunidad LGBTI. Apenas entramos a la caseta, una mano invisible exprime las nubes hoscas de Circasia: el trabajo de Juan David el estilista está a salvo. En unas horas, Vanesa se presentará en Armenia a impugnar un fallo, el cual señaló que ella y su madre desplazadas tienen derecho a una reparación administrativa, sí, pero que su caso no será priorizado. Con ayuda de la Defensoría del Pueblo, Vanesa le respondió al Juzgado resaltando que, según las normas, las víctimas con enfermedades como VIH y las víctimas con identidad sexual diversa deben ser priorizadas por su vulnerabilidad. O sea, víctimas como ella.

Como Vanesa aprendió a leer de adulta no lee mucho. Tan poquito lee que ni leyó la tutela que el conocido defensor de la comunidad LGTBI, Germán Rincón Perfetti, envió al Tribunal Superior de Bogotá para pedirle al Ejército que le expidiera una libreta militar a ella, documento que exigía la Alcaldía de Bogotá para contratarla. Una abogada del Distrito la contactó con Rincón, a quien le pagó haciendo cosas para su oficina: aseo, diligencias, mensajería. El 5 de agosto de 2014, el Tribunal le dio la orden al Ejército de emitir la libreta. El caso se fue a la Corte Constitucional, pero el Ejército refutó: “Este Comando es una unidad seria, (ella) no es la única persona que hemos atendido en condición de transgénero, gay, bisexual”.

(La Real Academia Española, por cierto, no ha registrado aún en su diccionario la palabra “transgénero”).

Como Vanesa no lee mucho, no ha leído aún el fallo de la Corte Constitucional. Ella se presenta así: “Mi nombre es Gina Vanesa Hoyos, soy una chica transgenerista y soy quien demandó el Ejército para que a las chicas trans nos entreguen la libreta militar”. Le digo que lo que hizo fue mucho más, que gracias a su tutela se sentó el precedente de que a las transexuales no pueden pedirles libreta militar porque son mujeres, no hombres disfrazados. “¿Ah, sí? Ah, ¡eso! Es que no me he leído lo que sacó la Corte, me duele la cabeza cuando leo mucho. Ahora estoy leyendo esto”, dice, y saca un libro rojo de su bolso: “Apocalipsis, ¡se acerca su magnífica culminación!”. ¿De dónde sacó ese libro?, le pregunto. “Me lo dieron los evangelistas del barrio”, contesta. Y se ríe.

El fallo de la Corte es tan reciente –hace apenas una semana se divulgó– que ella aún no ha constatado si servirá para algo. Como quien se agarra del borde de un precipicio para no caer al abismo, se aferra a la idea de que sin el requisito de la libreta militar alguien pronto la contratará. Se rehúsa a seguir siendo la protagonista de esas escenas que se amontonan en su memoria: un hombre ofreciéndole $50.000 pesos extra por tener sexo sin condón; una compañera rabiosa echándole gas pimienta en los ojos; un cliente que después del sexo la amenaza con un cuchillo y le roba el producido del día; la dueña de un prostíbulo arrojándola a la calle porque está demasiado cansada para trabajar, así le ofrezcan $50.000 extra por tener sexo sin condón.

Vanesa todavía sobrevive del trabajo sexual: cuando viaja a Bogotá, va al Santa Fe y le alquila una pieza a un tal don Guillermo por $12.000 diarios, aunque hay días tan malos que queda debiéndole. “Ya no es igual, si trabajo una semana me enfermo 15 días: que los tacones, que el trasnocho, que el sereno… Si trabajo en la mañana por la tarde ya me siento deteriorada”. Su plan A es recibir pronto la reparación y volver a montar su peluquería. Su plan B, que alguien le dé “un trabajo digno”, aunque teme que sus 43 años sean un obstáculo. “¡¿Entonces me la voy a pasar trabajando como prostituta?! ¡¿Así va a ser mi vejez?! Le pido al Gobierno Nacional, al alcalde Petro, a quien sea, que me colabore. Yo no puedo ni quiero putear toda la vida”.

 

Avanzan las políticas para la comunidad LGTBI

En diálogo con este diario, el ministro Juan Fernando Cristo señaló que la cartera del Interior está trabajando con organizaciones civiles para profundizar las políticas que garantizan los derechos de la comunidad LGTBI. Hace poco les envió una comunicación a los 800.000 funcionarios que tiene el país, exigiéndoles respeto por las personas en relación a su orientación sexual.

Cristo señaló que, de lejos, un eje fundamental en este propósito es la construcción de una política pública para generar una cultura ciudadana que fomente el respeto a la diversidad sexual. El Ministerio del Interior, resalta, creó además una mesa de casos urgentes en noviembre de 2012, para ayudar a coordinar con Fiscalía y Policía la atención de las situaciones críticas.

La Corte dijo

La Corte Constitucional concluyó que se habían violado los derechos de Gina Vanesa Hoyos a la autonomía, al libre desarrollo de la personalidad, a la dignidad y a la igualdad. A raíz de su caso, le ordenó al Ministerio de Defensa desarrollar un protocolo y divulgar que el servicio militar obligatorio no incluye a las mujeres transgeneristas. Y le pidió al Ministerio del Interior propuestas para remover los obstáculos que tienen las personas transgénero a la hora de modificar su identidad en documentos. (Aquí puede leer la sentencia de la Corte) 

 

Nota del editor: la versión online de este artículo es más extensa que la publicada en nuestro diario impreso.

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