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Judicial 27 Abr 2013 - 9:00 pm

Hoy dicta charlas

Yadira, la sobreviviente del matoneo

Una broma colegial le quitó la movilidad a una niña de 16 años en Bogotá.

Por: Juan David Laverde Palma
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Yadira Perdomo y su mamá, Ángela Altamiranda, esperan que la justicia por fin se pronuncie sobre su caso. / Andrés Torres

El relato de Yadira Perdomo es tan desgarrador que sobran los párrafos reconstruidos. Mejor escucharlo de viva voz, aunque suene raro para un medio escrito. Esta es la historia de una niña que no pierde la fe aunque apenas le respondan las piernas. La justicia sigue estando en deuda con ella.

“Todo sucedió el 25 de agosto de 2009, 10 minutos antes de terminar clase en el colegio Gimnasio Campestre Los Alpes, ubicado en La Calera. Había unos muchachos faltándose al respeto, pellizcándose sus partes íntimas, y la psicóloga que estaba en el salón se fue llorando al ver esta falta de respeto. Sólo quedamos estudiantes y un muchacho lanzó la cartuchera de una amiga al zarzo. Entonces todos empezaron a presionarme para que me subiera, porque ellos sabían que yo era la más boba, se aprovechaban de que yo era la más vulnerable. Estaba en décimo. Tenía 16 años.

Fue tanta la presión psicológica que me subí. Una muchacha me dijo que me hacía ‘pata gallina’ y me subí por una ventana. Recogí la cartuchera y la tiré. Cuando me iba a bajar me advirtieron que tuviera cuidado con la ventana, pero cuando yo puse los pies sobre el marco, Nicolás (Hernández) me la cerró y ya no tuve dónde apoyarme. Caí sobre el pupitre y me destrocé la columna. Me diagnosticaron además trauma craneoencefálico. Nadie me ayudó en ese momento, sólo escuchaba risas.

Adolorida, me llevaron a la enfermería. Andrea Guevara, la enfermera, me decía que no tenía nada, que sólo era un trastorno en el tobillo. Pero el dolor en la columna y las piernas era insoportable. Yo estaba como ida. Ella me mandó para la casa. Cuando iba saliendo con otra compañera nos topamos con el rector del colegio, Camilo Andrés Castaño. Él estaba muy bravo porque se había roto el pupitre. Ni se interesó por saber si estaba bien.

Así me mandaron en el bus del colegio. Cuando llegué a mi casa me tuvieron que alzar porque ya tenía dormidas las piernas. Mi mamá llamó a una ambulancia que me llevó a la clínica El Bosque. Ahí me dejaron esperando cinco horas sin siquiera darme un calmante. Estaba acostada sobre una camilla de tabla con un cuello ortopédico. Sólo hasta el otro día hizo presencia el neurocirujano de la clínica, que nos dijo que la situación era delicada. Tenía fractura en la vértebra lumbar, trauma craneoencefálico y pérdida total del control de esfínteres.

Esa noche y las que la siguieron fueron horribles. Pocos días después llegaron al hospital unas compañeras que me dijeron que efectivamente todo había sido una broma. Ya no podía mover los brazos, pero miré el celular y escuché la grabación que hice ese día de la clase. Esa materia era muy aburrida, así que yo la grababa y luego estudiaba. Por eso mi celular grabó todo: cuando me pidieron subir, cuando la gente se reía después de mi caída, cuando me cerraron la ventana. Todo. Todo se oye. Al principio, por el trauma, no podía identificar las voces. Luego se hicieron muy claras para mí. ¡Pero si hubo momentos en que ni podía reconocer a mi mamá!

Yo le pasé la grabación a una de mis compañeras y le pedí que se la mostraran al rector. Pero, según una de ellas, cuando se la enseñaron él contestó: ‘Eso ya es caso cerrado’. Un absurdo porque las consecuencias en mi caso resultaron irreparables: pérdida total del miembro inferior derecho; se partió la mitad de la médula espinal. De eso se dio cuenta mucho después el cirujano Sholmo Raz, que me hizo una intervención en Estados Unidos, un año después del accidente. Él me dijo que la pierna derecha había quedado totalmente paralizada y sólo es útil con el aparato que tengo puesto. Se mueve mecánicamente, pero no por mi voluntad. La pierna izquierda quedó con una movilidad casi nula y sin el aparato no soporta el peso de mi cuerpo y me puedo fracturar la rodilla. El trauma craneoencefálico al principio me causó pérdida de la memoria. Hablaba con la pantalla del computador. Estaba en otro mundo.

En el hospital duré un mes. Inicialmente no querían hacer cirugías porque yo era muy joven y querían estar seguros de la lesión. Luego me operaron, pero lo hicieron mal dos veces. Una tragedia. Mi sueño era ser campeona de equitación. Hoy estoy limitada. Ese deporte está como paralímpico, pero es un riesgo. Bogotá además es una ciudad hostil con los discapacitados. Siento que a veces los ven como animales. La ciudad no está adaptada para uno. Los limitados no somos nosotros, es el país. Yo me movilizo dependiendo de los trayectos. Si son largos me toca usar la silla de ruedas, si son cortos puedo dar pasos. Lo que me dicen los médicos es que lo mejor es que no vuelva a caminar. Lo mismo dice mi mamá: que le da miedo que caminando me gaste la columna y no pueda volver a pararme; pero estar sentada me da una tristeza horrible.

Viajé a Estados Unidos porque acá me operaron mal. Acá no había tecnología suficiente para manejar los neuromoduladores que me iban a ayudar a controlar los esfínteres y la movilidad de las piernas. Yo lo que quiero es caminar. Mi mamá dice que es que me molesta tener pañal o eliminar a través de sondas. Cuando hicieron la primera cirugía, el doctor Raz había dejado videos de cómo tenía que hacerse la operación para instalar el neurosimulador en la columna. Pero la cosa salió mal. Pusieron los cables al revés y partieron un electrodo. Pusieron las polaridades al revés. Dejaron el bolsillo del aparato muy superficial y estaba rompiendo las pieles por dentro. Ese dolor nada más se controlaba con morfina intravenosa o parches. Duré año y medio así.

Después me operaron y me encontraron infectada la médula. Resulta que uno de los cables estaba totalmente pelado y llevaba así meses, desde la segunda cirugía. Llevo tres. En 2012 recaí por un dolor crónico. Otra infección. Finalmente me retiraron el aparato en Estados Unidos. Allá estuve seis meses. Confirmaron que tenía hernias discales en los lumbares y que lo mejor era operar porque los discos se estaban saliendo. Me tienen que hacer otra cirugía para volverme a poner el implante, que vale unos US$69.000. Pero falta el dinero y sacar adelante el proceso judicial. La fundación en EE.UU. nos trató muy bien.

Imagínese que en octubre pasado iba a empezar la rehabilitación en California, pero nuestra abogada, muy chistosa, nos dijo que nos necesitaba urgente para una audiencia del caso. Cancelamos todo y volvimos a Bogotá, pero ese día se canceló la audiencia. La abogada realmente no me necesitaba. ¡La falta de profesionalismo de un abogado! Este ha sido un proceso accidentado. Al principio la Fiscalía no quería investigar, nos trataron como victimarios. Incluso en un momento la fiscal del caso dijo que a Nicolás, quien me hizo caer, le iba a archivar porque era inocente. En enero fue acusado por el delito de lesiones culposas. Pero no estuve de acuerdo porque hubo una intención. Eso que hizo no fue sin culpa. Por eso mi nuevo abogado va a pedir que lo acusen por lesiones dolosas.

Antes tenía una abogada que ni siquiera iba a la Fiscalía, pero que nos dijo que iba a denunciar a todo el mundo. No cumplió con nada. Presentó mal las demandas. Y después nos cobró mucha plata. Y eso que le dimos los testigos, la grabación, todo. Hoy, cuatro años después de lo que me pasó, la justicia ha avanzado muy poco. Y eso duele. La abogada que tenía ni siquiera encaró al rector del colegio, ni estuvo pendiente de la Superintendencia de Salud ni de nada. Además, no tenía en cuenta mi discapacidad y hacía reuniones en su oficina, donde no hay rampa para la silla de ruedas. Tengo correos en donde ella aceptó retirarse del caso si le pagábamos una millonada. Apenas supe la cifra bajé de la oficina y en la silla de ruedas me tiré a la avenida. Por fortuna ahora tengo un buen abogado, el doctor Iván.

¿De Nicolás? De él no sé nada. Pero por este caso me han llegado amenazas por Facebook y correo electrónico. Usted no se imagina cuánto quiero pasar ya esta página. Hasta hace poco estaba estudiando música en la Universidad Sergio Arboleda. Me gustan la guitarra y el clarinete. Mi sueño es ser la directora de la Filarmónica de Colombia. La primera mujer en llegar a ese cargo. El deporte también ha sido una ventana. Un oxígeno. Ahora represento a Bogotá en los Paralímpicos en arco y tiro deportivo. He tenido récords distritales. Iba a ir a nacionales pero estaba en Estados Unidos. Espero ir en noviembre a Chile a competir.

Sabe algo, a mí me llenan el alma las campañas que hago con mi mamá para hablar con niños y padres de familia sobre el matoneo en colegios. Tres de cada 10 niños son víctimas de bullying a diario. Ahora tenemos una fundación; se llama Unidos Seremos Escuchados. La gente nos escribe sus casos y nosotros tratamos de ayudarlos. Hace poco llegó el de un niño al que le pidieron prestados $1.000, y como no los tenía, el otro niño le enterró unas tijeras en el ojo y lo perdió. La mamá no sabía qué hacer. La estamos asesorando. Las charlas me gustan. Los padres y profesores son también parte del problema. Necesitamos tolerancia. Muchas veces los niños se quieren comunicar con sus padres, pero ellos los rechazan.

Yo no quiero que lo que me pasó a mí le vuelva a pasar a nadie. Y quiero justicia. Por mi caso han pasado como 10 fiscales. Apenas ahora se empieza a enderezar el proceso. Pero ha sido doloroso, desgastante, y además no puedo caminar o correr como una mujer de 20 años. Estoy postrada en esta silla. Y yo quiero correr. Yo de Nicolás quisiera arrepentimiento. Es lo mínimo. Pero no. Si él fuera una persona con sentimientos se habría acercado a mí. Lo mismo el rector del colegio. A mi mamá le ofrecieron $1.000 millones para conciliar. No los aceptamos.

Lo peor ha sido el daño moral y psicológico. Vivo en una montaña rusa de emociones. Mi mamá ha perdido muchos kilos, a mi papá fue como si le hubieran pasado 20 años por encima. Mis tres hermanos me animan, pero esto es duro. Quiero salir ya de esta situación, volverme directora de una orquesta filarmónica, como Gustavo Dudamel; también quiero ganar medallas de oro para mi país y seguir manteniendo mi fundación. El alcalde Gustavo Petro la conoce. Por ahora falta un dinero para mi implante y seguir con mi recuperación. Toca ser paciente. El matoneo es horrible. Que a nadie le pase. Que la gente denuncie. Que a nadie la pongan en una silla de ruedas como a mí”.

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