Construyen carretera ilegal en la Amazonia

Un tramo que espera conectar a La Macarena (Meta) con San José del Guaviare es el nuevo foco de deforestación colombiano. Aunque campesinos reclaman medidas urgentes, aún no se ha hecho nada.

Al sobrevolar el suroccidente del departamento del Meta, en los límites con Guaviare, se observan dos parques nacionales naturales: el parque Tinigua y el parque Sierra de La Macarena. Aunque ambos, desde el aire, se ven tupidos de árboles inmensos, de tanto en tanto aparecen trozos de selva mordisqueada. Son unos parches quese muestran con más frecuencia a medida que se dibujan los límites de esas zonas protegidas que en ocasiones ha devorado la ganadería extensiva o una que otra trocha improvisada.

Un panorama similar fue lo que el jueves de la semana pasada observaron algunos funcionarios del Ministerio de Ambiente y del Ministerio de Defensa mientras hacían un recorrido aéreo por los bosques que separan a ambos departamentos y que justamente colindan con el Parque Sierra de La Macarena. Habían llegado hasta ahí para comprobar lo que venían denunciando con cierto temor, en las emisoras municipales, los campesinos de la zona: que un tramo de una de aquellas trochas agrietadas estaba motivando una deforestación sin precedentes. A lado y lado de la vía, decían, empezaron a tumbar árboles de más de tres metros de diámetro y nadie había sido capaz de detenerlos. Nadie, ni siquiera las señales de preocupación que había publicado el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam).

En su quinto boletín de alertas tempranas de deforestación, con fecha del 29 de diciembre de 2015, esa zona apareció como un nuevo núcleo de tala que jamás había estado entre sus cuentas. Siempre se repetían los mismos (Caquetá, Putumayo, el occidente del Meta, Nariño, Antioquia, Chocó y Norte de Santander), pero esta vez hallaron un nuevo corredor que incluía a los municipios de San José del Guaviare, el Retorno y La Macarena (ver infografía).

“Ordenaron deforestar 80 metros a lado y lado de la vía y nadie les ha podido poner tatequieto. Están acabando con nacederos de agua, con árboles de achapo, yopo y macano que hacen parte de un bosque primario. Es un atentado contra la selva. Están poniendo en riesgo varias lagunas y varios ríos. Llevamos más de un mes viendo cómo talan y nadie hace nada”, repetía hace unos días un poblador en los micrófonos de la emisora Marandúa Stéreo. Sus cuentas aseguraban que los buldóceres y las motosierras han tumbado cerca de 20 kilómetros de selva amazónica. Otros datos, muestran que antes había un extenso corredor de 60 km. Hoy solo quedan 15 km.

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Es difícil calcular con precisión la extensión del bosque que hasta el momento se ha destruido en el norte de Guaviare. Pero como se lo ratificaron a este diario funcionarios de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico (CDA), lo que está sucediendo en ese departamento es grave. Aunque sus pobladores siempre han tenido que hacerle frente a la tala ilegal, este nuevo punto los ha puesto en alerta. Si continúan a ese paso, es posible que las tasas de deforestación de 2015 sean muy superiores a las de 2014. Ese año arrasaron con 6.892 hectáreas.

Y su principal inquietud es justamente ese corredor que quiere conectar a La Macarena (en Meta) con San José del Guaviare. Lo que explican sin dar nombre es que la promesa de que el trazado de la vía Marginal de la Selva llegue a esa región ha creado un fenómeno extraño: muchos piensan que sus tierras se van a valorizar y por eso empezaron a arrancarle pedazos a la selva. De hecho, dicen unos, ya hay quienes venden lotes a viajeros en el aeropuerto de Villavicencio.

La vía Marginal de la Selva es una promesa que las regiones del suroriente colombiano vienen escuchando desde tiempos del presidente Ernesto Samper. Antes de terminar su mandato en 1998 la inauguró, con la seguridad de que algún día comunicaría a departamentos como Arauca, Casanare, Meta, Caquetá y Putumayo, con Venezuela y con Ecuador. La promesa poco a poco fue convirtiéndose en realidad para algunos municipios y hoy, después de casi 20 años, aunque inconclusa, sigue estando entre los planes de Juan Manuel Santos.

Pero el caso de este tramo que se le atravesó al Guaviare es distinto. En realidad no han empezado oficialmente su construcción y ni siquiera existe aún una licencia ambiental que la autorice. Sin embargo, como relata otro habitante, empezaron a extender a las malas algunos de los caminos que la guerrilla trazó a machete hace décadas. Muchos creen que cuando empiece a abrirse paso esa gran vía, les serán útiles para conectar las veredas que, piensan, costarán mucho más que lo que valen ahora.

“Pero lo grave es que eso ha desencadenado un efecto cascada. Muchas veredas también empezaron a talar para abrirse paso y conectarse a esa supuesta vía. Además de los datos que registra el Ideam, hay otros casos muy alarmantes”, asegura otro de los funcionarios de la CDA.

Sus acciones, cuentan los pobladores, están motivadas en las promesas que en campaña electoral hicieron los actuales alcaldes. Dicen que en su baraja de compromisos con la comunidad estaba la llegada de esa gran vía y la apertura de nuevos corredores. Aunque el alcalde de San José del Guaviare no accedió a conversar con El Espectador –ni tampoco el de El Retorno–, en su despacho lo desmienten. El otro rumor indica que hay grupos insurgentes detrás de la tala y que hay campesinos obligados a tajar la selva.

Pero más allá de estas acusaciones y de la ausencia de investigaciones (El Espectador consultó al Minambiente, pero tampoco recibió respuesta), hay un complejo problema ambiental que está generando la improvisada carretera. Ese tramo está pasando por encima de un distrito de manejo integrado, unas áreas creadas para amortiguar las zonas protegidas que son los parques nacionales naturales. Y eso implica un quiebre en un ecosistema clave que conecta, por un lado, La Sierra de la Macarena y el Parque Nacional Natural Chiribiquete y, por otro, toda la diversidad de la Amazonia con los bosques andinos.

En otras palabras, como le dijo hace unos meses a este diario Juan Carlos Clavijo, jefe del Parque Nacional Natural Tinigua, todo ese territorio es importante porque permite una conectividad genética entre miles de especies de diversos microclimas. Pero esos corredores, que también luchan contra la ganadería extensiva, los monocultivos, la palma de aceite, los sembrados de coca y el intenso conflicto que se ha vivido en esa zona, poco a poco se han ido mermado. El PNN Tinigua, por ejemplo, perdió 1.096 hectáreas en un año. El PNN Sierra de La Macarena, otras 1.300.

Un escenario que parece alejar a Colombia de la meta que se trazó en la pasada cumbre climática: lograr, en cinco años, una tasa de deforestación cero en la Amazonia a cambio de US$ 100 millones que donarán Alemania, Reino Unido y Noruega.