Eco de una pesadilla de petróleo

Luego de dos meses, El Espectador volvió a la región del Meta donde se registraron graves impactos de la contaminación petrolera.

(Ver galería) Imagen de las aguas del río Acacías. /Andrés Torres

Allí, en el río Acacías (Meta), donde Ecopetrol vierte las aguas derivadas del proceso de crudo de la estación Chichimene, el olor sigue siendo fétido. Arden los ojos y duele la cabeza. Esta vez es José Gutiérrez, un poblador de la región, quien retira las piedras blancas que están a la vista para sacar las que están al fondo, negras y engrasadas con lo que parece petróleo. Han pasado dos meses desde la primera visita que hizo El Espectador a este lugar donde las aguas que corren también son negras, calientes y olorosas, y el cuadro parece ser el mismo (Lea aquí Trazas de crudo y sueños de agua). El pasado miércoles, en el coliseo Omar Armando Baquero, del barrio Las Ferias en Acacías, estaba citada una audiencia de seguimiento ambiental a esta estación y a la de Castilla, que de acuerdo con los pobladores contaminan su agua y su aire de forma cada vez más preocupante.

Sólo cuarenta minutos permanecieron los alcaldes de los municipios de Castilla La Nueva, Acacías y Castilla en la jornada. Dieron un corto discurso, se disculparon y se fueron en sus camionetas blindadas a un evento en Villavicencio, donde el presidente Juan Manuel Santos entregó motos de policía como salida para contrarrestar la delincuencia en esa ciudad. Hubo algunos mandatarios que ni siquiera asistieron y sólo uno, el de Castilla La Nueva, dejó una ponencia en la que respaldó las inquietudes de la comunidad sobre los serios impactos que está teniendo en esta región la explotación de hidrocarburos. La mesa de las “autoridades” quedó representada por un asesor de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA), un personero, un procurador delegado y la directora de Cormacarena. En el recinto había cerca de setenta personas, en su mayoría mayores, de no ser por un grupo de jóvenes contratados por Ecopetrol, y con uniforme de esta empresa, que se quedaron sentados y en silencio durante la audiencia, como una especie de guardia pretoriana muda.

Poco a poco fueron tomando el micrófono los líderes para decir una vez más lo que han visto en sus regiones. “No podemos demostrar científicamente que los niveles de las aguas de los ríos, caños y nacederos han disminuido en los últimos 13 años, pero tenemos sentido común y tiempo en estas tierras y por eso decimos que es así. De tanto ir y andar a foros, también hemos ido recogiendo algunos datos. Sabemos, por ejemplo, que la multinacional Chevron sólo perforó 37 pozos en 25 años de operaciones en Castilla, Chichimene y Acacías, y que los magos de Ecopetrol en 12 años han perforado 516, más los que faltan, que ya están autorizados y son más de 200. Sin hablar de la quema de gases a cielo abierto que está contaminado nuestro aire. ¿Hasta cuándo la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales y Cormacarena van a seguir permitiendo el vertimiento de aguas de producción a las fuentes hídricas, si saben que los ríos Orotoy, Guayuriba, Acacías y Meta, y el pez bagre rayado, ya están contaminados?”, dice María Clemencia Díaz, mientras en dos pantallas grandes pasan fotos nuevas y viejas que en los últimos años los pobladores han tomado para dar cuenta de la contaminación por la explotación de petróleo. Se ven peces y vacas muertas con trazas de crudo, aguas contaminadas y ríos secos.

“El bloque petrolero Cubarral ha violado la normatividad ambiental construyendo plataformas sobre nacederos de agua, como el clúster 26 en la vereda Montelíbano; los 21, 37, 13 y 10 en la hacienda Cencerros, y el 30 en la finca Bendición. El ruido de la perforación las 24 horas del día es insoportable y el olor a nafta, ese maldito olor fétido que se mete por las narices, no deja vivir”, dice Marta Chivata, la mujer que hace dos meses nos llevó a recorrer la vereda La Esmeralda y que siempre carga consigo dos botellas de agua negra que recoge del río Acacías antes de ir a las audiencias ambientales.

“La gota que ha colmado la paciencia y la tranquilidad de los que vivimos en la vereda La Esmeralda ha sido la contaminación de los aljibes, que durante más de 40 años fueron aptos para consumir agua. Ya van 30 aljibes contaminados de los 95 que tiene la vereda. Hemos puesto una acción popular a ver si al fin nos ponen cuidado, porque la solución de Ecopetrol es llevarnos agua en carrotanques, que reparten los bomberos, y la promesa del acueducto todavía es incierta”, dice María Clemencia Díaz.

“Ya ni vender las fincas se puede, porque nadie quiere comprar tierra rodeada por la explotación petrolera”, afirma David Rincón, que vive en la finca El Manantial, separada de la estación petrolera Castilla 2 sólo por una vía angosta y un cercado de alambre corroído por químicos que quedan en el aire. Él mismo ha insistido en que tiene cáncer de piel y pérdida de audición, producto de los gases en la atmósfera y el ruido de los taladros. Para Luis Guevara, presidente de una asociación ambiental de Acacías, uno de los problemas mayores es que no hay programas de reasentamiento de las personas que con los años terminaron encerradas por esta industria.

Las preocupaciones eran muchas y parecían interminables. Para el alcalde de Castilla La Nueva, Fernando Amézquita, el único de los mandatarios locales que escribió una ponencia para la audiencia, los impactos que tendría una nueva línea de vertimiento al río Guayuriba, aprobada en la resolución 1137 del 28 de diciembre de 2012, son alarmantes. Sobre todo teniendo en cuenta que la producción del campo Castilla, que se realiza por empuje, estaría utilizando las aguas del río Orotoy y los caños Grande, el Cacayal, Tres Ranchos y el Blanco, razón de la disminución drástica de los caudales de estas fuentes hídricas. También, que con el tiempo la acumulación de elementos en el agua derivada del proceso del petróleo, como calcio, bario, níquel y nitratos, entre otros, tenga efectos letales en la vida humana y animal. Por eso pidió reinyectar el 100% del agua derivada del proceso para disminuir el deterioro de las aguas.

El ingeniero Javier González de Ecopetrol escuchó atento la avalancha de críticas. Luego, consultado por este diario, se defendió de ellas. Señaló que, por ejemplo, en cuanto a la contaminación de las aguas, ellos tienen un estudio de 2008, por cuya realización pagaron a una ONG llanera llamada Tierra Mágica, que demostraría que las aguas de producción que se vierten en los ríos son menos contaminadas que las que ya van por el caudal. Reiteró la teoría de que el agua y las piedras negras sobre el río Acacías en el vertimiento de la estación Chichimene “son algas que generaron una biopelícula negra” y que así lo corroboró un estudio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, y agregó que ahora están “oxigenizando las aguas de la producción para eliminar estas alguitas”. (Lea aquí 'No es contaminación, es un milagro de la vida')

“Con toda franqueza, ¿cree que Ecopetrol tiene alguna responsabilidad sobre los impactos negativos que denunciaron las comunidades o todo es infundado?”, le preguntó este diario. “Decirle que no generamos ningún impacto sería mentirle, porque definitivamente estas audiencias públicas sirven para mitigar el impacto que estamos realizando. Tenemos que revisar, asegurar y reconocer con humildad que los planes de manejo ambiental se cumplan”, atinó a responder González con tono cauto y diplomático.

A las tres de la tarde terminó la audiencia pública ambiental. El asesor de la ANLA, Augusto Peñaranda Correa, afirmó que Ecopetrol ha hecho un trabajo serio a pesar de lo que dice la comunidad y que se tienen que hacer algunos ajustes. Aseguró que de esta audiencia tendrán que salir requerimientos para que la empresa corrija sus errores. Adriana Rodríguez Sánchez, que vive en la vereda La Esmeralda, es escéptica. Cree que esta audiencia, el mecanismo al que han recurrido varias veces en décadas de explotación petrolera, es un paliativo para el dolor y la desesperanza. Un desahogo, nada más: “Por eso de aquí en adelante vamos a entablar demandas. Tenemos las pruebas, las fotos, las conversaciones de las personas que están incumpliendo. Parece ser lo único que nos queda, porque los daños ambientales son irreparables. Jamás volveremos a ver nuestros campos como eran. A nuestros hijos les dejaremos los videos, las únicas pruebas que tenemos de que esta tierra era preciosa”.