El hombre detrás del Padillasaurus

Hace 30 años, la afición por los fósiles convenció a este químico bogotano de que Villa de Leyva era un laboratorio de estudios paleontológicos. Gracias a él se describió el primer dinosaurio colombiano y la tortuga marina más antigua del planeta.

Los hermanos Padilla tenían 8 y 12 años cuando montaron su primer laboratorio científico en un cuarto de su casa en San Diego, California (EE.UU). Pasaban horas en ese rincón, equipado con tubos de ensayo, cohetes artesanales, sustancias químicas y un ventilador de aspas grandes, intentando fabricar explosivos para detonar cualquier cosa y luego reír. “Lo sé, eramos pirómanos. Un par de nerds que jugábamos a ser científicos”, recuerda Santiago Padilla, el menor, el médico, que hoy tiene 54 años.

En vacaciones, su papá dejaba el trabajo en el astillero de San Diego, donde reparaba los barcos que utilizarían los estadounidenses para pelear en Vietnam, y viajaban todos a Bogotá y luego a Villa de Leyva.

A mediados de los 70 el parque principal del pueblo boyacense parecía un mercado persa donde los niños vendían por poco los fósiles que no les cabían en las manos. Pedacitos de peces, amonitas, trozos de reptiles marinos que vivieron hace por lo menos 120 millones de años. Carlos Bernardo, el mayor, quien luego estudió química y biología, se enloquecía tocando las rocas, intentado describir qué tipo de animal prehistórico terminaba en sus manos en cada expedición al desierto.

Se volvió un apasionado de la paleontología y durante años fue recopilando cientos de fósiles en su colección personal, motivando a los chicos de Boyacá a maravillarse con el suelo que pisaban y acercándose a los paleontólogos y académicos como Fernando Etayo, de Ingeominas, y María Páramo, de la Universidad Nacional, que se volvieron cómplices en su intención de divulgar la ciencia.

Mary Luz Parra fue una de esas niñas de Villa de Leyva a las que Carlos Padilla les cambió la vida. Desde que tenía 11 años acompañaba a su papá y a Carlos a buscar restos de animales prehistóricos cerca de su casa, y aunque estudió economía, hoy es una de las únicas especialistas en preparación de fósiles que tiene Colombia.

Carlos le transmitió su pasión por el pasado, le habló de cómo hace 130 millones de años Villa de Leyva era una zona costera, quizá una bahía, con un mar que parecía infinito.

Fue su tutor, la motivó a especializarse en preparación de fósiles en Argentina, y juntos desarrollaron una técnica química para realizar el proceso de alistamiento de estas rocas fosilizadas que luego serían descritas por los especialistas.

En 2004 Padilla, Etayo, Páramo y Parra conformaron la Fundación Colombiana de Geobiología, enfocada en promover el interés por investigar y proteger el patrimonio paleontológico del país. La pasión de Carlos Padilla lo llevó a conseguir el apoyo científico y técnico de organizaciones como la Smithsonian Institution, la Universidad de Cambridge, el American Museum of Natural History de Nueva York, el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) de la Patagonia (Argentina) y el Field Museum de Chicago, que acercaron investigadores especializados en dinosaurios, reptiles y otros animales a la colección de la fundación, que sumaba más de 500 piezas.

Con el impulso de estas instituciones, y respondiendo a la terquedad de Carlos de conformar un lugar dedicado a la preparación y caracterización científica de fósiles colombianos, nació en 2009 el Centro de Investigación en Paleontología de Villa de Leyva (CIP), que en 2012 abrió su sede y laboratorios en Boyacá. “Su obsesión era dejar legados, y él vio en ese desierto la oportunidad de entregarle al país una herencia. Siempre repetía que esto no se podía quedar en una simple exhibición. Se le metió en la cabeza que teníamos que traer científicos para que describieran los fósiles, que publicaran en revistas especializadas sus hallazgos”, dice Santiago, hoy director del CIP.

Entonces el CIP comenzó a contactar paleontólogos como el colombiano Edwin Cadena, investigador del Instituto Senckenberg en Fráncfort (Alemania) y los argentinos José Luis Carballido y Diego Pol, del MEF, para invitarlos a describir los restos de distintas especies.

Hace cinco años Cadena se concentró en describir la tortuga marina que Mary Parra había encontrado en 2002 durante un trabajo de campo, mientras los argentinos (responsables del hallazgo del dinosaurio más grande descubierto hasta el momento, un gigantesco titanosaurio descrito en 2014) se concentraron en el estudio de las vértebras de un dinosaurio que llevaban años adornando las paredes del Museo del Fósil de Villa de Leyva sin que nadie hubiera identificado a qué animal pertenecían.

Este mes los resultados de ambas investigaciones le trajeron a Colombia importantes hallazgos que fueron publicados en las revistas científicas internacionales Journal of Vertebrate Paleontology y Paleobios, publicación del Museo de Paleontología de la Universidad de California.

Los paleontólogos argentinos, apoyados por el CIP y por los colombianos María Páramo y Fernando Etayo, lograron identificar en las vértebras un nuevo herbívoro que habitó el norte de América del Sur hace unos 130 millones de años. El Padillasaurus leivaensis que pertenece a los braquiosáuridos, caracterizados por su gran altura y su cuello largo y elevado (ver gráfica) es la primera especie de dinosaurio colombiano en ser descrito.

A su vez, el paleontólogo Edwin Cadena, de Zapatoca (Santander), y el investigador James Parham, de la Universidad Estatal de California (EE.UU.), describieron la Desmatochelys padillai. La enorme tortuga que hace 13 años se le cruzó a Mary Luz Parra en una montaña desértica de Villa de Leyva resultó ser la tortuga marina más antigua que se ha descrito hasta ahora en el mundo. Se estima que el animal, de unos dos metros de alto, habitó en Boyacá hace 120 millones de años y, por las características climáticas del Cretácico, es probable que su existencia haya coincidido con la del Padillasaurus.

Carlos no pudo leer las publicaciones. En noviembre de 2013, a los 56 años, el aficionado por la paleontología sufrió una caída y días más tarde falleció. Su hermano Santiago, junto con los demás miembros del CIP, se llenaron de valor para continuar.

“Para Carlos, los fósiles eran sus niños adorados, no eran sólo los tesoros de un coleccionista, él y su hermano estaban dispuestos a esforzarse hasta el final para conseguir que los investigadores accediéramos a los fósiles. Antes de morir ya sabía que la tortuga que yo estaba describiendo llevaría su nombre, su nombre y el de su familia generosa”, dice el paleontólogo Edwin Cadena desde Alemania.

“Los apellidos de estas especies son nuestro homenaje póstumo. Él siempre lo repitió: ‘Elegimos el camino de la ciencia y desde niños la ciencia nos entregó una vida privilegiada. Ahora nosotros tendremos que agradecerle, dejar legado’”, dice Santiago Padilla.