Islas de Japón esconden claves para la supervivencia de los corales

Las aguas azul marino que rodean la isla de Shikine, a unos 160 km al sur de Tokio, ya están acidificadas de forma natural gracias a las grandes dosis de CO2 lanzadas por las fallas volcánicas submarinas.

Las soluciones para luchar contra la muerte de los corales, esenciales para la biodiversidad del planeta pero amenazados por el cambio climático, podrían encontrarse en las pequeñas calas de unas islas volcánicas de Japón.

Los investigadores de la goleta científica Tara, que zarpó de Francia en mayo de 2016 para estudiar durante dos años los corales en el Pacífico, buscan estos indicios cruciales. Y en los fondos salvajes de estas minúsculas bahías, encuentran lo que podría ser el océano en el año 2100 si la actividad humana continúa emitiendo dióxido de carbono (CO2) al mismo ritmo que actualmente.

Las emisiones de gas de efecto invernadero tienen una doble consecuencia en los océanos: no solo calientan el agua sino que transforman su química a través de la absorción del CO2, principalmente por el plancton. El agua se "acidifica", es decir, se vuelve menos alcalina y más hostil al desarrollo de los corales.

Justamente las aguas azul marino que rodean la isla de Shikine, a unos 160 km al sur de Tokio, ya están acidificadas de forma natural gracias a las grandes dosis de CO2 lanzadas por las fallas volcánicas submarinas. Constituyen una medio único, imposible de reproducir en un laboratorio, donde todo un ecosistema -corales, plancton, peces, algas- evoluciona en el océano del futuro, y esto desde varias generaciones.

Los corales más septentrionales del mundo se encuentran en las aguas temperadas del archipiélago nipón, hasta la bahía de Tokio. 

En otras partes, las magníficos arrecifes de las zonas subtropicales y tropicales, como la Gran Barrera de Coral en Australia, se blanquean y mueren bajo el efecto de la subida de las temperaturas.

"Hace 20 años que estudio los corales y lo que veo es un declive a gran escala. Hay una reducción del recubrimiento coralino de entre 50 y 80%, ya sea el Caribe o en el Pacífico. Esta constatación es muy preocupante", advierte Maggy Nugues, conferenciante de un establecimiento vinculado al Centro de Investigaciones Insulares (CRIOBE) de Perpiñán (Francia).

En las regiones más cercanas a los polos, menos calientes pero cuyo clima se va volviendo más clemente, podrían desarrollarse progresivamente los corales, por desplazamiento de sus larvas generación tras generación.

"Esperamos que las zonas de latitudes altas podrán servir de refugio. Pero la cuestión que sigue en pie es la acidificación de los océanos y es aquí, en Shikine, en estos laboratorios naturales, que esperamos encontrar la respuesta", explica a la AFP entre dos inmersiones Sylvain Agostini, uno de los coordinadores científicos de la expedición y profesor en la Universidad de Tsukuba en Japón.

Para ello, él y sus colegas franceses y japoneses, bucean en una zona acidificada y cuentan los corales, los peces, observan las algas y recogen plancton que será analizado en laboratorios del mundo entero. Lo comparan con otra cala cercana, que no recibe estas dosis de CO2. 

El japonés Hironobu Fukami, especialista en los diferentes tipos de corales, constata un primer dato alarmante: solo hay una docena de especies en la cala acidificada contra un centenar en la otra. 

El coral es un pequeño animal, parecido a una medusa al revés con un boca rodeada de tentáculos sobre los cuales construye su esqueleto calcáreo, la base de los arrecifes. Pero no puede vivir si la microalga zooxantela, que le aporta hasta un 90% de su energía, a través de la fotosíntesis. 

Si aumenta la temperatura de 0,5 a 1°C , el binomio se separa y el coral muere. Solo queda su esqueleto blanco. Es el blanqueamiento, previo a la muerte si la temperatura baja en unas semanas. 

En los arrecifes, que cubren menos del 0,2% de la superficie de los océanos, se encuentran el 30% de las especies animales y vegetales marinas, donde están protegidas de sus depredadores y pueden almacenar su comida. Estos arrecifes también contribuyen a la protección de las costas, a la alimentación del hombre y a la creación de empleos en el turismo.

"Perderlos sería horrible", dice Sylvain Agostini. Y el tiempo urge, alerta Maggy Nugues: "El planeta ha evolucionado en condiciones que eran relativamente estables lo que ha permitido que los organismos, los animales, se adapten. Pero ahora las cosas se aceleran. Quizás vamos más rápido que el reloj biológico".