Los héroes del agua en época de sequía

Cerca de 1.500 niños de 12 colegios públicos de Cundinamarca hacen parte de La Liga del Agua, una iniciativa creada por ingenieros de la U. de los Andes y la U. Minuto de Dios para promover el ahorro del recurso.

La profesora Leda Galván, el intermediario en Zipaquirá, José Ignacio Castro y los niños de noveno grado del Instituto Técnico Industrial de Zipaquirá. Así luce la plataforma de La Liga del Agua. / Fotos: Luis Ángel

Los niños de noveno grado del Instituto Técnico Industrial de Zipaquirá se bañan con agua fría. Y no precisamente porque les haga falta un calentador, sino porque así reducen el consumo de agua en sus casas. “Antes me demoraba mucho en la ducha, ese baño parecía un turco. Pero el agua fría me obliga a durar menos, me despierta y me pone animado”, dice Daniel Felipe Alonso, estudiante del colegio, mientras sus compañeros ríen tímidos. “Y además el agua fría no me reseca la piel”, comenta Katherin Delgado entre dientes.

Como Daniel Felipe y Katherin, cerca de 1.500 niños han cambiado sus hábitos de uso del agua en nueve municipios de Cundinamarca. Desde el año pasado, doce colegios públicos de Guasca, Sopó, La Calera, Ubalá, Gachalá, Gama, Guatavita, Junín y Zipaquirá se sumaron a una iniciativa llamada La Liga del Agua.

Suena paradójico que el proyecto se centrara en una de las regiones hídricas más ricas del país. El Guavio le ofrece a Bogotá el 70% del agua, está rodeado de páramos, lagunas y humedales, pero ahora, en pleno Niño, el nivel del embalse está en 52%. De hecho, a quienes se transportan en lancha les ha tocado variar de puertos porque se quedan atrapadas en medio del embalse. “Esta es una zona privilegiada, pero justamente ahí es donde se debe hacer un juego de conciencia”, dice María Catalina Ramírez, coordinadora del proyecto desde la Universidad de los Andes.

Ramírez explica que La Liga del Agua nació en 2009, a través de la organización Ingenieros Sin Fronteras, una unión de profesores y estudiantes de las facultades de Ingeniería de la Universidad de los Andes y la Universidad Minuto de Dios, que se encarga de solucionar problemas de comunidades vulnerables mediante mecanismos económicos y sencillos. “Queríamos acercar los estudiantes a problemas reales. Empezamos a viajar a Cundinamarca, Tolima y Bogotá y descubrimos que la contaminación de recursos hídricos y la falta de agua eran un tema recurrente”, sostiene Ramírez.

Además se presentó un hecho que catapultó el proyecto y fue la unión entre el municipio Guayabal de Síquima, en Cundinamarca, y la villa Nankai, en China, a través de un estudiante de Ingenieros Sin Fronteras que hizo su pasantía en ese país. Según cuenta Ramírez, se percataron de que en ambos sitios había un problema de contaminación de aguas. Y mediante reuniones semanales virtuales, entre trasnochos, madrugadas y un inglés chapuceado, empezaron a diseñar estrategias en conjunto y a compartir sus conocimientos. “Ahí había un lenguaje común: el agua. Y el quid del asunto era hacer participar a los cundinamarqueses y a los chinos”.

El juego de ahorrar agua

Entonces no lo pensaron dos veces. Su tema central era el agua, y el objetivo, reducir el consumo en la región del Guavio a través de juegos y competencias en los colegios. La dinámica era sencilla: mediante sus celulares, los niños de los últimos grados debían enviar un mensaje de texto con el número que marcara el contador de agua de sus casas cada día. El mensaje llegaba a una plataforma que mostraba la cantidad de agua que consumía esa familia. La hipótesis detrás del reporte de esos datos era que los estudiantes, y luego las familias, entendieran en qué gastaban agua, por qué y quién consumía más.

Empezaron a trabajar en el colegio El Carmen de Guasca desde 2011 y notaron que al final del año ese grupo de niños había ahorrado 17% del consumo de agua en sus casas. Después de ver el avance, la plataforma se sofisticó más. No sólo los niños enviaban mensajes de texto, sino que participaban en trivias desde la página web, donde, además, podían monitorear en un mapa el gasto del recurso que hacían las diferentes veredas.

Desde ese momento Ingenieros Sin Fronteras, de la mano de Inalambria, una empresa encargada de impactar a grupos sociales mediante la tecnología, crearon una estructura de juego más grande. Los estudiantes de octavo, noveno y décimo se volvieron competidores oficiales del agua, tenían un código y mediante él monitoreaban el consumo de su casa, su colegio y su región.

La Liga del Agua, entonces, pudo expandirse por el Guavio y adquirió recursos del Sistema General de Regalías para financiar el proyecto por los próximos dos años. Con el apoyo de la Gobernación de Cundinamarca y la Secretaria de Ciencia, Tecnología e Innovación, en 2015 empezaron a aplicarlo en diferentes escuelas de la región. 

Gilberzon Díaz, estudiante de noveno, recuerda que no sabía para qué servía un contador y que tuvo problemas para empezar a competir. “Enviábamos el mensaje y veíamos si habíamos ahorrado o no. Pero antes no podía ver el número del contador porque le pusieron unas rejas. Un día vi a los señores del Acueducto haciendo visita y les dije que necesitaba ver el contador todos los días porque estaba en este proyecto”.

Juan David Rocha , también de noveno, cuenta que antes no le importaba el agua, porque cada vez que abría el grifo aparecía, “pero a raíz del proyecto me puse a investigar en internet productos caseros para ahorrar en la casas. Cuando mi mamá usa el agua de la lavadora, la almacenamos en un tanque y con esa misma agua limpiamos los pisos, lavamos la moto o la guardamos para usos sanitarios”.

Un empujón para aprender

Al principio la Liga tenía la apariencia de un juego. Quién era el que más ahorraba. Cuál curso iba punteando en ahorro. Como explica José Ignacio Castro, gestor del proyecto en los colegios de Sopó y Zipaquirá, “hicimos etnografía para determinar qué jugaban los niños. Entonces partimos de un enfoque de gamification que puede cautivar a los jóvenes que están pegados a los videojuegos y a la tecnología para tener cambios”.

Sin embargo, La Liga del Agua iba más allá de una competencia en la que los estudiantes tenían incentivos como recargas para celular, salidas de campo, bonificaciones en las notas o bonos para las cafeterías (aunque estos últimos no se hayan logrado suministrar). De acuerdo con la profesora Leda Galván, de Zipaquirá, “en ciencias naturales hay temas que parecen teóricos, pero aprovechamos este juego para meterlos en el currículo. Nos valimos del computador y de la tecnología para usarlos a nuestro favor”.

Galván cuenta que, por ejemplo, en el colegio los regañan mucho por el uso del celular, por chatear constantemente, pero justo esos dispositivos se pueden usar para bien. “Los profesores pensamos que educar es meter en la cabeza conocimiento, pero todo lo contrario: es utilizar toda la tecnología de forma creativa y práctica”. Como asegura Ramírez, de la Universidad de los Andes, “los que se encarretaron fueron los maestros, porque les dimos carne para sus clases”.

También rodaron chismes que dificultaron la puesta en marcha del proyecto. Como cuenta José Ignacio Castro, en un principio los padres estaban temerosos. Pensaban que al gastar les iba a subir el recibo del agua y que iban a ser castigados. “Mi mamá me decía: ¿Qué tal ustedes enviando eso y ahora nos suba el consumo del agua?”, dice Katherin, otra estudiante.

La fase de competencia y participación ya terminó. Ahora sigue que los estudiantes midan en sus clases de matemáticas los volúmenes de agua, la cantidad ahorrada, los promedios. Este año los ojos también estarán puestos en la elaboración de prototipos de ahorro de agua, en los que los estudiantes deberán identificar problemas asociados al recurso y concursar para implementar la idea que resulte más funcional.

Como concluye José Ignacio Castro, gestor del proyecto dentro del colegio, el gran reto es sostener La Liga del Agua, incluso cuando los recursos se hayan acabado. “No hay que irnos hasta el África para mostrar que hay crisis”. Y María Catalina Ramírez alcanza a soñar con algo más ambicioso: “Esto se podría hacer en Bogotá, con la cantidad de niños escolarizados. Si lo logramos, el ahorro de agua sería algo así como media laguna de Tota”.

De modo que ahorrar sí es una pata de la mesa importante en plena época de sequía, cuando cerca de 300 municipios tienen problemas de abastecimiento de agua, según la Unidad de Gestión de Riesgo de Desastres (UNGRD). El presidente Juan Manuel Santos y el Ministerio de Vivienda han llamado por estos días a que los ciudadanos derrochemos menos agua y que cinco minutos sean suficientes para bañarnos. Todo eso es cierto. Pero también lo es, como recuerda Ramírez, que “el ahorro es conciencia, pero también requerimos en tecnología para no desperdiciar el agua”.