No hay que pagar por un árbol en Bogotá, pero...

“No es cierto que un ciudadano deba pagar $212.000 para obtener permiso, asesoría o que el Distrito se haga cargo. El Distrito se hace cargo y paga esos costos. Entonces, si un ciudadano llama al Jardín, no se va a llevar sorpresas”, me escribió hace unos días Yamid Saldaña, jefe de comunicaciones del Jardín Botánico de Bogotá, tras la publicación de un artículo titulado “Sembrar un árbol en Bogotá cuesta $212.000”.

Tiene toda la razón el Jardín Botánico en molestarse con la imprecisión. Un ciudadano no tiene que pagar (al menos no directamente, pero sí a través de impuestos) la siembra de un árbol. El artículo en cuestión nació de una conversación con Elsa Matilde Escobar, directora de la Fundación Natura y organizadora de la Carrera Verde, para quien resultaba insólito que cada árbol sembrado por el Distrito tuviera ese valor y, por lo tanto, sólo se pudieran comprometer con 200 árboles como aporte a la carrera.

La cifra me pareció escandalosa. ¿Cómo es posible que cueste tanto sembrar un árbol? Al escribir la nota cometí un error. Asumí que los $212.000 los pagaba directamente cada persona. El “precio” no significaba “un cobro”.

Sin embargo, el artículo apuntaba a otra reflexión y era cómo podría Bogotá aumentar su tasa de arborización con un exceso normativo, un precio por árbol tan alto, limitados recursos y poca participación ciudadana. Esas preguntas siguen sin respuesta. A principios de los años ochenta, las cosas en la ciudad funcionaban distinto: se llegó incluso a multar a los ciudadanos que no sembraran árboles frente a su casa, se realizaban jornadas masivas de siembra y ferias para distribuir especies nativas.

El artículo planteaba que con 1’257.448 árboles en la ciudad, la tasa de árboles por habitante era 0,16. Si la ciudad se trazara la meta de alcanzar a Curitiba, la población brasileña de la que también tomó la idea del Transmilenio, con 0,8 árboles por habitante, necesitaría destinar a esta tarea un presupuesto de $1,2 billones. De acuerdo con el Jardín, la administración tiene asignados $6.000 millones anuales para esa tarea.

Desde que el alcalde Enrique Peñalosa regresó al Palacio de Liévano han sembrado 10.492 árboles. Aunque la siembra de cada árbol es una tarea loable y el Jardín hace lo que puede con lo que tiene, a ese ritmo tomaría 681 años llegar a la tasa de Curitiba. Esto no quiere decir que esta administración y las anteriores vayan lento, mucho menos que Curitiba sea un ideal. Es sólo un punto de comparación. Madrid tiene 0,3 árboles por habitante, y en el otro extremo se encuentran ciudades como París, con diez veces menos árboles por habitante que la capital española. El artículo planteaba que transformar algunos aspectos de la ciudad exige una nueva forma de pensar y organizarse. Existen retos que desbordan el diseño de las instituciones actuales.

Pregunté al Jardín Botánico cómo creen que se podría elevar la tasa de arborización, si sembrar cada árbol vale ese dinero. Esto respondieron: “Para duplicar la actual tasa de arborización urbana es necesario tener en cuenta el espacio disponible para sembrar y los criterios ambientales, ecológicos, paisajísticos, urbanísticos y sociales. Los espacios disponibles para sembrar árboles en la ciudad corresponden a cerca de 492,8 hectáreas en zonas verdes y 509,44 hectáreas en zonas de ronda hídrica, lo que permitiría plantar aproximadamente 242.000 árboles”.

En pocas palabras, el diagnóstico del Jardín Botánico es desesperanzador: Bogotá no puede superar su problema. Peor aún: al ritmo actual de siembra tomaría 32 años plantar los únicos 242.000 árboles que le caben a la ciudad (asumiendo que el dato sea exacto e irrebatible). Ese era el punto del artículo original: ¿qué debe ocurrir para convertir esta mole de cemento que crece y crece en un lugar más sano, más verde?