Alcoholemia, embriaguez y uso del alcohosensor

La nueva ley para conductores ebrios: ¿efectiva o eficaz? Cuestionamiento a los alcances de una norma que “debería acabar, antes que nada, con el fundamentalismo con el que se formuló”.

En 2013, 400 policías fueron sorprendidos cuando eran sobornados por conductores ebrios.

La nueva ley sobre alcoholemia y conducción dará para pausada reflexión después de la euforia inicial reportada por la prensa en las primeras semanas después de su ostentosa publicación. Lorenzo Madrigal en una columna de El Espectador reconoce la eficacia de la ley pero afirma que no todo lo eficaz es lícito o adecuado. Trae el ejemplo de la pena de muerte como la medida más eficaz, según algunos, para acabar con todo tipo de delitos graves. Diré, respecto de esta ley como se nos presenta, que no todo lo eficaz es efectivo y si no es efectivo puede ser contraproducente.

La eficacia mira el efecto de una norma en condiciones ideales, que son como de laboratorio. La efectividad lo mira en términos de la cotidiana realidad vivida por la sociedad en el mediano y largo plazo, que es lo que al final importa. Son los conductores, los policías y los jueces quienes en primer término harán que la eficacia ideal de la nueva ley se traduzca en efectividad.

Hay pocos editoriales o columnas de opinión que llamen al realismo y mesura frente a esta ley, en principio apropiada y necesaria. Entre ellas hay algunas de El Espectador en que se habla de desmesura, improvisación, simplismo y círculos viciosos. Se ha mencionado también el amarillismo, que se centra en unos árboles llamativos, por lo dramáticos y horrendos, pero deja de mirar el bosque en su conjunto. Algunas voces, finalmente, insisten en la tesis del señor Fiscal General, quien habló de populismo punitivo.

Para dar algunos elementos de discusión serena sobre alcoholemia y conducción vehicular de tal modo que se aseguren tanto la efectividad de la nueva ley como las garantías constitucionales (que también Madrigal reclama), dedico esta nota a dos temas puntuales: el alcohosensor en manos policiales, y los eventuales falsos negativos y falsos positivos que se pueden generar. Estos dos tipos de falsedad son los peores enemigos de la efectividad buscada y de los derechos ciudadanos.

El invento del alcohosensor y su contexto

El alcohosensor o etilómetro de base físico-química como herramienta práctica de diagnóstico fue inventada por allá en los años 1920 por un señor de apellido McNally en Chicago, Illinois. Utilizó, desde luego, observaciones anteriores sobre la química del etanol. Era la época fuerte del prohibicionismo del alcohol en los Estados Unidos, detrás del cual estaban los fundamentalistas evangélicos y muchas organizaciones de esposas y madres afectadas por “el vicio”. Era la época en que prosperaba Al Capone con su oportunismo mafioso frente al prohibicionismo radical.

La promoción del invento, publicada en una revista de ciencia popular de 1927, decía que “de manera infalible” mostraba que un individuo ha tomado un solo trago si soplaba a través de un par de tubitos que contenían un químico que cambiaba de color con la presencia mínima de alcohol. Lo importante, agregaba el aviso, es que servía no sólo para que la policía detectara a los conductores sospechosos de haber ingerido alcohol sino que era una herramienta preciosa en manos de las esposas que, tarde en la noche, tenían que decidir si admitían o no en casa al esposo “vagabundo”.

De entonces acá el invento ha sido perfeccionado y extendido de tal modo que en sí mismo es altamente eficaz como una herramienta técnica de manejo delicado. El problema es que la fina herramienta está en manos de personas que tienen los pies (algunos con botas) en la tierra frente a otros que los tienen en el acelerador.

Puede entonces volverse inefectiva si el contexto social de conductores y autoridades de tránsito no sufre cambios paralelos. Esto implica, entre otros elementos, no sólo serios ajustes técnico-institucionales en la policía, sino que el costo de la ley, en términos de derechos constitucionales, no resulte demasiado alto. Recordemos la pena de muerte que menciona Madrigal: eficaz como ninguna pero inaceptable.

Ronda el fundamentalismo inefectivo

De los 1920 acá el fundamentalismo radical evangélico frente al alcohol tuvo que ceder en el país del norte ante el evidente hecho de que el remedio prohibicionista absoluto resultó peor que el mal que pretendía curar. Fue una nítida instancia de inefectividad reconocida.

También, de entonces acá, el fundamentalismo evangélico en Colombia ha echado raíces y comienza a florecer, al punto de que la principal impulsora de la nueva “Ley de los borrachos” como la llaman a pleno pulmón, es reclamada como un triunfo del Movimiento Independiente de Renovación Absoluta, MIRA, que es una expresión política electorera de la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional. Tengo la hipótesis de que la forma como salió la nueva ley es una vuelta más de tuerca en favor del fundamentalismo frente al alcohol.

Con ello corremos el riesgo de la infectividad en el sabio manejo de este importante, delicado, y generalizado psicoactivo. Recordemos, para no ir más lejos, que las rentas departamentales que alimentan la salud y la educación, tienen su fuerte soporte en las licoreras oficiales. Por ello, de tiempo atrás se inventó el justificado mote de “Estado cantinero”. Recordemos, también, el papel central que juega en el deporte la publicidad de licores y cervezas así como en carnavales y demás festividades populares no sólo la publicidad sino la comercialización directa.

Alcoholemia no siempre es embriaguez

Alcoholemia es un término científico médico que denota presencia de etanol en el torrente sanguíneo, llamado en inglés Blood Alcohol Concentration (BAC). Es medida directamente por exámenes clínicos de sangre y se expresa como la relación de alcohol en gramos con el volumen de sangre en litros. Para comparaciones internacionales se usa la medida de gramos de alcohol por decilitros de sangre, o “g/dl”. Por ejemplo, antes de la ley de 2013 Colombia prohibía conducir con 0.040/dl o más de alcoholemia, mientras la mayoría de los países usan 0.050/dl, y algunos, como Estados Unidos e Inglaterra, 0.080/dl. La Organización Mundial de la Salud recomienda 0.050/dl como mínimo para la población general y menos de 0.050/dl para jóvenes o noveles conductores, y para los choferes comerciales o profesionales.

La nueva ley colombiana no distingue estas importantes categorías de conductores. Reduce para todos el nivel antes permitido y establece estas categorías de conductores: entre 0.o20 y 0.039/dl, con “grado cero de alcoholemia” [sic]; entre 0.o40 y 0.099/dl, con “primer grado de embriaguez”; entre 0.100 y o.149/dl con “segundo grado de embriaguez”; y con más de 0.150/dl, con “tercer grado de embriaguez”.

Obsérvese que la ley confunde alcoholemia con embriaguez al definir el “grado cero”. En este nivel sí hay alcoholemia, igual o mayor de 0.020/dl, pero no embriaguez. Ha debido decir “grado cero de embriaguez”. El lapsus es un indicio del fundamentalismo anti-alcohol que se coló en la ley.

Así las cosas, cualquiera que haya tomado una porción menor de alcohol, por ejemplo una copa de vino o una cerveza en la comida, puede ser declarado “un borracho”. Muchos colombianos que consumimos sabiamente el alcohol seríamos entonces “borrachos”. Hasta el señor Presidente en su alocución de promulgación de la ley habló de “borrachos” en una, presuntamente no intencional, refrendación del propósito político-religioso del MIRA en su fundamentalismo anti-alcohol.

Herramienta delicada en manos delicadas

En el caso de los conductores en la calle o carretera la alcoholemia se mide indirectamente con el alcohosensor, que detecta trazas de alcohol en el aliento, no en la sangre. La relación cuantitativa de estas trazas en aliento (el Breath Alcohol Concetration, BrAC) con las de la sangre es muy variable pero los países aceptan en sus legislaciones per se (aquellas que definen ipso facto un estado de cosas) un promedio de la razón BAC/BrAC de 2000:1, o un poco más. Es decir, se acepta que hay 2000 partes de alcohol en sangre por 1 parte detectada en el aliento. No he encontrado la relación precisa aceptada por Medicina Legal en Colombia, pero tengo indicios de que es de 2000:1. De todos modos, la normatividad per se colombiana acepta el dato indirecto del sensor como base para procedimientos administrativos de policía.

La nueva ley exige “plenitud de garantías” otorgadas por las autoridades de tránsito cuando aplican el alcohosensor. Dado que es una herramienta de manejo delicado, tanto en el orden técnico como en el social, la ley ordena que “la prueba” “será determinada por Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses”. Como no hay recientes disposiciones de Medicina Legal, transcribo el texto de la disposición vigente (Reglamento Técnico Forense para la Determinación del Estado de Embriaguez Aguda, de 2005):

“4.4.3.1 Antes de realizar cualquier prueba, asegúrese que se cumplen las condiciones requeridas para el funcionamiento adecuado del alcohosensor, entre otras:

- Que el lapso transcurrido desde la fecha de la última calibración registrada en el adhesivo o etiqueta correspondiente, adherida al equipo, no excede el límite máximo establecido por el fabricante; es decir, que la calibración del equipo esté vigente.

- Que la fuente de carga o batería se encuentra instalada y con carga (tanto en el alcohosensor, como en la impresora).

- Que se dispone de suficientes boquillas o cánulas desechables, de acuerdo al número posible de pruebas por realizar, en cada caso.

- Que el dispositivo de registro o impresora tiene papel.

De no ser así, no se debe efectuar la prueba con ese alcohosensor y se optará por utilizar otro o recolectar muestra de sangre para análisis de alcoholemia en el laboratorio, tal como  se indica en el numeral 4.4.4.

4.4.3.2 Cuando se realicen varias pruebas sucesivamente, entre una y otra prueba debe transcurrir el tiempo mínimo establecido por el fabricante para garantizar la eliminación total de cualquier residuo de etanol en la celda del alcohosensor.

4.4.3.3  Como parte del control de calidad del método, antes de efectuar una prueba al examinado, se debe realizar un control negativo (blanco-blank), es decir, de un ambiente libre de etanol, siguiendo las recomendaciones del fabricante para tal efecto. El resultado de este control negativo debe ser 0.00; de no ser así no se debe continuar con la prueba y sería necesario utilizar otro alcohosensor o recolectar muestra de sangre para análisis de alcoholemia en el laboratorio.

4.4.3.4 La prueba al examinado se debe realizar como mínimo 15 minutos después de la última ingesta de alcohol, con lo cual se asegura que la medición se realice sobre el etanol alveolar y no sobre el etanol bucal. Si el sujeto de análisis ha utilizado enjuagues bucales, formulaciones farmacéuticas que contengan alcohol o ha presentado eructos o vómito, igualmente se debe esperar 15 minutos antes de realizar la prueba. Este tiempo no disminuye por enjuague bucal con agua o bebidas no alcohólicas.

En caso de que la persona a examinar sea un fumador, debe haber transcurrido el tiempo mínimo establecido por el fabricante desde el último consumo (generalmente dos minutos) antes de realizar la prueba, dado que este humo disminuye el tiempo de vida útil de las celdas de los alcohosensores.

4.4.3.5 Para cada prueba que se realice (así sean en una misma persona) se debe utilizar una boquilla o cánula NUEVA.

4.4.3.6 Durante la prueba el examinado debe respirar normalmente; si por cualquier circunstancia esto no es posible, se debe optar por otra alternativa (recolectar muestra de sangre para  análisis de alcoholemia en el laboratorio).

4.4.3.7 Cuando el resultado de una prueba realizada con el alcohosensor es positivo y corresponde a una cifra de alcoholemia mayor o igual a 40 mg. / 100 ml, como parte del control de calidad del método, se debe realizar una nueva prueba (incluyendo el control negativo ya mencionado) entre 3 y 15 minutos después. [Este punto fue modificado expresamente por la ley en cuanto a los niveles de alcoholemia].”

Falsos positivos y falsos negativos

El  alcohosensor como herramienta sofisticada requiere uso apropiado en términos técnicos, y por tanto debe cumplir con todos y cada uno de los requisitos establecidos por Medicina Legal, como manda la ley. De no ser así, se producen falsos negativos o falsos positivos, es decir habrá personas con alcoholemia ilegal que pasan por “legales” y, viceversa, personas con alcoholemia cero, o inferior a 0.020/dl, que pasan por “ilegales”.

En el primer caso (falsos negativos) pierde la ciudadanía pues los conductores irresponsables que operan con alcoholemia prohibida siguen libres su camino que  termina a veces en horrendos daños. La ley queda entonces totalmente desvirtuada en su propósito.

En el segundo caso (falsos positivos) se violan las garantías constitucionales que requiere la ley y se castiga a inocentes, incluso sin que haya voluntad torcida (léase corrupción) de los agentes de tránsito. Pierde la ciudadanía y pierde la efectividad de la ley que se vuelve sospechosa y malquerida, por razones ajenas a la misma.

Garantías constitucionales

Como simple ciudadano, no experto en derecho, leo con preocupación la alusión directa y fuerte de Lorenzo Madrigal sobre la confiscación “inconstitucional” que impone la nueva ley, así como leí con deseo de mayor profundidad la pregunta que sobre inconstitucionalidad hizo, al respecto, La Barca de Calderón en el Nuevo Siglo.

Arriba aludí a la plenitud de garantías que la ley impone en la aplicación del alcohosensor y hablaré enseguida de la probabilidad de que haya muchos contextos reales en que tales garantías no se cumplan. Sólo me resta mencionar, para que un experto lo estudie como analogía, el caso de Brasil en que ante la “Ley Seca” similar a la actual de Colombia, algunos ciudadanos adujeron violación del derecho constitucional a la no autoincriminación, que está refrendado por la Convención Interamericana de Derechos Humanos. En ese caso no operaba la solución que algún otro país ha dado al exigir como requisito para obtener la licencia de conducción renunciar expresamente a ese derecho. ¿Qué pasa ahora con Colombia?

El cambio paralelo en el orden social

Juzgue el lector si, dada la apresurada promulgación de la ley, pudo la autoridad del tránsito (guardas o policías), más allá de su buena voluntad, ajustar en tan poco tiempo su capacidad de manejo técnico, tanto personal como institucional, para cumplir con los precisos requisitos exigidos por Medicina Legal.

Y juzgue el lector adonde llegaremos si a la eventual incapacidad técnica institucional se agrega la lacra moral de la corrupción en conductores, agentes de tránsito y operadores judiciales. Los indicios son preocupantes. El Director de la Policía Nacional informó hace poco de 400 intentos de soborno a la policía de tránsito ocurridos en el 2013, que fueron grabados con cámaras escondidas para ser judicializados.

 Cualquiera con olfato de sociólogo sabe del equilibrio en una sociedad entre los proponentes del soborno (conductores) y los aceptantes (guardas/policías), pues todos constituyen la misma sociedad y ambas partes tienen tentaciones que favorecen arreglos ilegales. Esas tentaciones crecen con la desmesura y drasticidad de las medidas.

Esta vez se grabaron los hechos desde el lado policial. ¿Qué tal que también se grabaran desde el otro lado? Leí hace poco en El País de Cali este titular: “Guardas de tránsito, los funcionarios más investigados disciplinariamente en Cali.”

Juzgue, finalmente el lector, si la presente nota es una defensa o un ataque a la norma que, en su propósito final, exige responsabilidad efectiva en los conductores que consumen alcohol. Espero que concluya que es una defensa realista de su efectividad.

Espero también que se concluya que estamos ante el enorme reto de educación ciudadana, tanto de las autoridades como de los ciudadanos del común, no sólo en materia de alcohol y conducción como procesos relacionados, sino de los mismos como procesos independientes. Con toda seguridad, la actitud drástica de fundamentalismo populista, punitivo, desmesurado e improvisado, es el primer obstáculo que debemos superar.