Nacional 12 Mar 2012 - 2:31 pm

El Chocó que Colombia desconoce (III)

"Aquí se aprende a leer en el Código Civil"

Crónicas que Gabriel García Márquez realizó sobre problemas que aquejaban al Chocó de mediados del siglo XX.

Por: Gabriel García Márquez
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Gabriel García Márquez en sus tiempos de periodista. /Archivo

La historia de América empieza en el Chocó. Antaño platino, ahora plátanos. Un departamento que es una enorme escuda. La lección de sí mismo.

Samurindó es una aldea de diecinueve ranchos, una iglesia empobrecida y una escuela enorme que casi no cabe en la aldea. Los ranchos son de cañuelas embarradas y techos de palma; la escuela es de madera pulida, techo de zinc y grandes ventanas alambradas.

La historia de América empieza en el Chocó. Antaño platino, ahora plátanos. Un departamento que es una enorme escuda. La lección de sí mismo.

Samurindó es una aldea de diecinueve ranchos, una iglesia empobrecida y una escuela enorme que casi no cabe en la aldea. Los ranchos son de cañuelas embarradas y techos de palma; la escuela es de madera pulida, techo de zinc y grandes ventanas alambradas.

Trepado en una alta esquina del Atrato, Samurindó parece un altar de Navidad sin la mula y el buey porque en el Chocó, al menos en esta zona, no hay una sola bestia de carga o de labranza. Los habitantes de la aldea son pescadores, agricultores en pequeña escala y mineros ocasionales. En sus alrededores, aprovechando la pestaña de tierra limpia a donde el río ha impedido la voraz invasión de la selva, se ven el hombre echando su atarraya y la mujer en la orilla, pescando pepitas de oro y platino con su batea. Es una vida igual todos los días: media docena de pescados y cuatro gramos de platino que un comprador ambulante llevará por tres pesos, el sábado en la tarde.

El problema del problema

Con sus diecinueve ranchos en torno a la 'escuela Samurindó es una síntesis del Chocó, un departamento donde las escuelas son, como en este caso, más grandes que los pueblos. Allí todo el mundo sabe leer y escribir, y sabe explicar, sin que se le pregunte, apenas por la costumbre de estarlo diciendo todos los días, cualquier problema del Chocó. A fuerza de sabérselos de memoria y de haberlos repetido estérilmente, han llegado a pulir hasta la saciedad sus argumentos y sus palabras. La conversación de un chocoano sobre los problemas de su departamento, por lo impenetrable, brillante y rebuscada, parece una conversación hecha de platino.

Aquí empezó la historia

En los pueblos del Atrato y del San Juan se ven, desde las cinco de la mañana, parejas de niños, sentados a las puertas de su casa, cantando en escalas rítmicas: “Vasco Núñez de Balboa descubrió el Océano Pacífico”. Y si alguien les pregunta, le dirán que el descubrimiento se efectuó en un lugar del Chocó donde una ley del general Uribe Uribe ordenó levantar un obelisco que no se construyó jamás.

Esa es la razón por la cual cualquier chocoano se sabe de memoria los problemas del Chocó. Porque los maestros, que siempre han sido chocoanos, les han enseñado a los niños que la historia anda mal, cuando se dice que el Pacífico se descubrió en Panamá, y que anda bien cuando dice que Santa María la Antigua, la primera ciudad que se fundó en la América del Sur, era una ciudad chocoana. Cualquier estudiante de la escuela primaria está por eso en capacidad de demostrar que la historia de América empieza en el Chocó. Porque lo sabe y lo siente se sumó la semana pasada a esa manifestación de 400 horas en que la bandera y el escudo de Colombia estuvieron en todo momento junto a la bandera y el escudo de Santa María la Antigua. En el memorándum que se está haciendo llegar al gobierno, entre el plan vial, el acondicionamiento de los puertos y la tecnificación de la agricultura, se incluye la reconstrucción de Santa María la Antigua

Todos a la escuela

El inevitable sentimiento de superioridad del chocoano, que el chocoano no puede disimular a pesar de su cordialidad, de su sencillez en el ejercicio de las relaciones sociales, parece radicar precisamente en eso: en que de cualquier manera, aunque tenga que madrugar para recorrer varios kilómetros de a pie o en canoa, el chocoano va a una escuela en que todos los días se le dice, en clase de aritmética o en clase de instrucción cívica, por qué el Chocó es el más abandonado, el más olvidado y pobre de los departamentos

"Aquí se aprende a leer en el Código Civil", ha dicho alguien en una evidente exageración, pero aproximándose de ese modo a una gráfica explicación de la sicología del chocoano, un hombre que ha estado siempre encerrado en su tierra y que a pesar de todo no parece muy distinto de los otros colombianos mientras no se suba a una tribuna.

La mina de oradores

Durante el movimiento para evitar la desmembración, se operó una inversión de los términos habituales: quien pronunciaba los discursos era la multitud, y el reducido grupo de conductores, reservado para las grandes ocasiones, hacía el papel de un minoritario y selecto auditorio. En Quibdó, Condoto, Istmina, Nóvita o Tadó, cualquier cargador de plátanos que llegaba a la plaza pública y se enteraba en dos palabras de lo que estaba pasando, subía al balcón a improvisar un discurso en el que se explicaba por qué el Chocó no era, como debía serlo, el primer productor de plátanos del país. Y lo explicaba citando el número de la ley por medio de la cual se ordenó construir una carretera, y el nombre completo del ministro que estuvo de acuerdo con el proyecto. Esos mismos hombres se presentaban a la oficina de marconigramas y redactaban mensajes para el presidente de la República.

El final de la paciencia

Esa trayectoria de un pueblo que se sabe competente, que tiene el orgullo de entender a fondo sus problemas y la pretensión de que no se deja engañar, aunque haya sido engañado muchas veces, es el resultado de haber estado aprendiendo secularmente en la escuela que el Chocó es una cosa importante, única e indivisible, pero completamente olvidada por la nación. La muchacha que atiende a los huéspedes en el hotel de Istmina, que estudió hasta segundo año de
pedagogía y no pudo continuar por falta de recursos, se sentaba a la mesa con los pasajeros, la semana pasada, y decía: “Nosotros hemos aceptado que nos dejen sin carreteras, que se lleven el platino y todo lo que quieran. Pero no podemos aceptar que nos descuarticen y nos echen a los perros".

Hay para todos

Como a pesar de haber tantas escuelas, ellas no alcanzan para satisfacer a la población escolar, se ha recurrido en algunos lugares al ingenioso y práctico sistema de las "escuelas alternadas". Un mismo local está destinado a la enseñanza masculina los lunes, los miércoles y los viernes. Y la enseñanza femenina los martes, jueves y sábados. Un maestro y una maestra atienden por turno esas escuelas. La discriminación no es posible: El hijo de la lavandera y la cocinera, del sastre y la telegrafista, asisten a la misma escuela con el hijo del alcalde, del minero o del juez. A las ocho de la mañana, cuando pasan con su bolsa de libros terciada al hombro y su banano maduro, para el recreo, no se sabe quién es quién en el Chocó. Es bastante probable que en ningún lugar del país estén menos acentuadas las diferencias de clase

El retrato más popular

Si Quibdó tuviera una universidad habría que ensanchar al país para que cupieran los profesionales. Allí hay una escuela de bachillerato masculino y dos escuelas normales, para ambos sexos. Por eso hay peluqueros que son bachilleres, y mecánicos y tenderos que han hecho dos y tres años de universidad en Medellín, Cartagena o Bogotá y no han podido continuar por falta de recursos.

La mayoría de la población escolar es femenina. La pobreza del departamento obliga al hombre a atender a las necesidades de la familia, mientras que la mujer reserva unas horas para los oficios domésticos y asiste a la escuela, hasta donde es posible. La Normal Femenina de Quibdó no da abasto. De allí salieron esos escuadrones de mujeres que en reciente movimiento desempeñaron un papel decisivo.

Con ser tantas las escuelas, las plazas de maestros no alcanzan a satisfacer la demanda. Si se hiciera una investigación, se descubriría que todos los colegios del país están invadidos por pedagogos chocoanos. Y allá adentro, la costurera que vive en un rancho de paja que al mismo tiempo le sirve de sala y dormitorio a toda la familia, tiene junto a la máquina, entre la imagen del Corazón de Jesús y el retrato de un político de actualidad, su diploma de pedagogía. Tal vez a ello se deba que en las casas del Chocó, aun en las más humildes, no hay sitio para los retratos de un artista de cine.

El ídolo caído

Ese nivel cultural es muy probablemente la causa de que en el Chocó no haya miseria. Hay una estremecedora pobreza general, pero no hay miseria. Y el caso más dramático es el de Condoto, un pueblo de calles retorcidas, con enormes casas de madera en las que hace veinte años se comía en vajillas importadas directamente de China y hoy parecen los restos de un naufragio. En el patio de cualquier casa de Condoto se cava un hueco, se echa un poco de agua y se encuentra platino. Es un pueblo triste y desolado, pero no un pueblo miserable.

La gente vive mal, come mal y recuerda con nostalgia y silenciosa amargura aquellas épocas en que el pueblo era una permanente fiesta de Babel. Los rusos, los suecos, los chinos, todos los desesperados desperdicios del mundo arrastrados hasta allí por el huracán del platino, pasaban por debajo de los luminosos candelabros de aquellas casas en las que se quemaban billetes de banco, como en la Zona Bananera, y hoy no se puede bailar dentro de ellas por el temor de que se derrumben.

"Polvo serán"

Agarrados a sus recuerdos, a un pasado cuyo aniquilamiento definitivo no pueden entender, los habitantes de Condoto no se han dejado arrastrar por la miseria. No se han resignado a dormir en el suelo. No han podido admitir que el vecino descubra que la olla no hierve en el fogón. Es una pobreza amarga, dura, sobrellevada con patética dignidad. Una pobreza que los habitantes de Condoto defienden con las unas, mientras ven pasar por la orilla del patio las despaciosas barcazas cargadas con el platino que viaja al exterior.

Allí el pasado no se fue sencillamente, como se va en todas partes. Fue arrastrado por un oscuro ventarrón de fatalidad. Cada silla descolorida y remendada, puesta contra el rincón, puede ser una pieza de museo, si el dueño de casa recordara con precisión quiénes se sentaron en ella. En las gastadas cornisas de las casas de un estilo altisonante y retórico, se advierten todavía la mano y la ambición de un grabador que se hizo matar a tiros por un gallo, a pesar de que tenía en las alforjas una libra de platino que costaba treinta mil pesos.

La sicología del pasado

A pesar de esa dura experiencia, Condoto sigue tratando de reconquistar el pasado. Cada minuto del día sus habitantes luchan contra lo que ellos consideran una tremenda injusticia. Es esa una amargura que están atesorando grano a grano, con la misma desesperación paciente con que recolectan en ocho días un castellano de platino. Esa concentrada rebeldía, esa lucha implacable y sorda contra una adversidad que no pueden entender, constituye la almendra esencial de su sicología.

En Condoto, como en todo el Chocó, desean que se les desembotelle, que construyan la carretera, que se garantice la salida al mar. Pero en el fondo están pensando en el platino. No pueden entender que allí mismo, en el patio de sus casas, una draga remueva enormes cantidades de tierra, que desentrañe la riqueza del cauce, mientras ellos se sientan en una mesa que en 1918 fue adornada con grabados de oro, y ahora sirve apenas para comer un poco de arroz simple y tres tajadas de plátano frito.

Lo último que se pierde

Ese pasado de leyenda lo aprenden los niños en la escuela. Pero cuando el maestro lo cuenta, ya los niños lo saben. Lo aprendieron en su casa a la hora de las comidas, al levantarse y al dormir. Desde cuando empezaron a tener uso de razón no han oído hablar de otra cosa. En toda la zona minera del Chocó se habla de los metales como si no fueran extraídos del subsuelo sino del baúl de la familia. Ese es el origen de la sicología de los centros mineros del Chocó, pobres hasta los huesos a pesar de que sus muertos están sepultados en polvo de oro. Es una sicología diferente a la de otras regiones del departamento, en donde se habla de los metales como de un hermoso recuerdo, pero no como de una angustiosa y rebelde esperanza.

Hay que sembrar el futuro

Quienes han comprendido este problema opinan que la educación primaria del Chocó debe sufrir un vuelco. Es preciso reconquistar el oro y el platino, se dice, pero orientar la instrucción hacia la agricultura. La nueva generación estará preparada entonces para explotar la verdadera riqueza del departamento, que es lo que es su potencial agrícola, cuando las obras que ahora se prometen sean una realidad.

Hasta ahora las escuelas han enseñado una consigna: "Hay que reconquistar el platino". Se ha hecho un pueblo con sicología de mineros, viviendo sobre una tierra cuya acostumbrada feracidad se traga un camino en pocas horas.

 

(Octubre, 1954)

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