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Nacional 26 Ene 2013 - 9:00 pm

Travesía por el norte del Valle del Cauca (I)

La maldición del paraíso

El Espectador recorrió la región que, según la Fiscalía y la Policía, es uno de los epicentros más violentos de la guerra entre bandas criminales. Hoy, las dos caras de Cartago y Ansermanuevo.

Por: Nelson Fredy Padilla / Enviado especial
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La ciudad de Cartago es la Puerta del Paisaje Cultural Cafetero, según la Unesco, pero también la puerta hacia una región marcada por la violencia. / Luis Ángel

A Cartago usted puede llegar como turista, ser bien recibido, disfrutarla e irse impresionado con los verdes de cañaduzales y viñedos, con las postales de los guayacanes y los cedros rosados florecidos o con los hermosos bordados que aquí se tejen a mano. Todo sin percibir el fenómeno que las vallas callejeras más visibles admiten por estos días: “La violencia nos marca”. Pero si llega como periodista, preguntando por la inseguridad, por la guerra entre las bandas criminales, será mal visto, rechazado o evadido, aunque, tal vez a la sombra, “bajo el silencio de los samanes”, descubra por qué esta ciudad industrial de 170 mil habitantes está marcada por la cicatriz de medio siglo de guerras cada vez más degradantes.

Los libros de historia dicen que desde el siglo XVII las luchas entre chocoes y pijaos trazaron la senda. En el siglo XX la política, la geografía, la prosperidad y la condición humana hicieron que la violencia germinara desde la cordillera Occidental hacia la llanura en los años 50, cuando alias Chispas se alzó en armas a favor de los liberales y en contra de los conservadores, la misma violencia que hace tres décadas transformó el norte del Valle del Cauca en uno de los epicentros del mundo del narcotráfico.

Ni el ciudadano desprevenido ni las autoridades locales admiten con nombre propio que ese otro Cartago persiste, prefieren no verlo. No importa que se tengan en la mano los más recientes informes de la Policía y de la Fiscalía que reportan que esta es una de las regiones del país con más homicidios, porque aquí la delincuencia nada perdona y todo lo cobra a sangre y fuego. Pasó de 90 muertes violentas en 2011 a 113 en 2012. El año terminó con el asesinato del patrullero de la Policía Alexánder Valencia y, aparte, el del concejal José Eliécer Pérez Cardona, del Partido de la U, hermano de Óscar Pérez Cardona, alias 31, asesinado meses antes, señalado como sucesor del narcoparamilitar Carlos Mario Jiménez Naranjo, alias Macaco.

No es posible hablar con el alcalde Álvaro Carrillo, el exalcalde Germán González, investigado por prevaricato, es prófugo de la justicia; el comandante de la Policía, coronel Néstor Ospina, remite al departamento de Policía Valle; el comandante regional del Ejército, coronel Julián Alegría, no atiende. “Estamos AUC, ACC vivos”, se lee en un grafiti a menos de un kilómetro del batallón Vencedores. Los paramilitares que supuestamente se habían desmovilizado siguen en pie de guerra.

Un funcionario que pidió reserva para su nombre advierte que nadie se va a comprometer como analista: “La violencia aquí es compleja: antes uno sabía quiénes eran los señores o los conocía y eran amigos, como el caso de don Hernando (Gómez Bustamante, alias Rasguño), de los Henao, etc., gente que despertaba admiración entre los pelaos. Ahora ni los conocemos y son los enemigos del pueblo. ¿Usted vio la serie de televisión El cartel de los sapos? Los libretos son muy cercanos a lo que pasa aquí”.

Los reportes y testimonios anónimos coinciden en que tras la muerte, captura o extradición de los grandes capos y luego de sus peces gordos se desató una “guerra de pirañas” por el microtráfico de cocaína, marihuana y heroína. Pandillas bajo el control de bandas conectadas con los temibles Rastrojos, Machos, Urabeños, Cordilleras, las llamadas bacrim que ahora dominan el mapa criminal en Colombia.

Esta realidad se capta en el “sector adicto de Cartago”, como se lee en los grafitis con que marcaron los muros de la antigua estación del ferrocarril. En compañía de varios policías enviados por el coronel Ospina se puede subir hasta La Loma de la Virgen, donde los habitantes se quejan de la inseguridad, de los usureros que prestan dinero al “gota a gota” y “es otro crimen”, y lamentan que la escuela Sucre esté cerrada y abandonada. En toda la región abundan los altares, por las patronas y fundadoras vírgenes de la Paz y de la Pobreza.

Se ven focos de posibles distribuidores juveniles, los uniformados están alerta, el piqueteo de un pájaro carpintero rompe el silencio y luego la música de Héctor Lavoe que suena en una chiva que llega luego de cinco horas desde San José del Palmar, Chocó. Viene cargada de chontaduro, aguacate y borojó.

En el centro respira la otra ciudad. En el parque Bolívar, bajo el abrigo de los samanes, se reúnen en tertulia desde los más ricos hasta los más pobres; están el cafetero y el ganadero más pudientes (“si esto fuera tan inseguro no estarían tan campantes”, comenta el funcionario anónimo); un exfiscal que se salvó de los cinco balazos de un atentado y un exmagistrado que se pensionó ileso; los comerciantes ambulantes de lo que sea y las tradicionales vendedoras de café con sus aromáticas máquinas de otro tiempo.

Cerca está la escultura del sol más alegre de Colombia; el recordatorio de que Cartago es “puerta del paisaje cultural cafetero”, según la Unesco; el tablero digital de la alcaldía anuncia la nominación al Premio Nacional de Paz “Construyendo sueños”, por los programas a favor de la niñez. Circulan lentos algunos de los 13 mil automóviles, pasan raudas muchas de las 45 mil motos, que tienen restricción de pasajero, en parte por los accidentes en parte por tanto ataque de sicarios. En lo quioscos hay titulares recientes: “Agente del CTI cambió 1,3 kilos de cocaína por avena”, “Decomisan una tonelada de marihuana”, “El excandidato a la Cámara Mohamed Duque, capturado por fabricación y tráfico de armas”.

Se rumora que hay escuelas de gatilleros en los pueblos cercanos. Parece un dato de ficción porque nadie las ha visto, pero también parecía de ficción que había una oficina de la DEA y casi todos los narcos de la región terminaron extraditados o negociando con la justicia norteamericana. En el aeropuerto, antes comercial y mafioso, ahora remodelado y cerrado, no parece haber agentes encubiertos como se asegura. Apenas un solitario avión de la Policía averiado al estrellarse con un gallinazo.

Camino a Ansermanuevo, porque el anterior comandante regional del Ejército dijo haber desmontado allí “una oficina de cobro de Los Machos” y otra de Los Rastrojos en Bolívar, el chofer nos señala fincas de “mágicos”, grandes cantidades de tierra inoficiosa erosionada por el ganado seguidas de crecientes cordones de miseria. Allí viven algunas de las 20 familias desplazadas desde el Tolima a las que en 2004 el presidente Álvaro Uribe vino a entregar la finca El Edén, del extraditado Albeiro Monsalve. Les dieron un papel firmado que no vale nada, porque “el administrador del patrón nunca autorizó entrar y es mejor no insistir ni banderiarse”. En la finca La Germania hay 200 familias que huyen de la violencia del Chocó.

En Ansermanuevo, más paisa que valluna, acaban de matar a un supuesto cobrador de electrodomésticos. El tema de puertas para adentro es Davidson Gómez, el primo de Rasguño extraditado a EE.UU. en 2007. “Ya regresó y con bajo perfil está recuperando sus fincas, aunque algunas siguen bajo control de la Dirección de Estupefacientes. El Mocho también ya salió y don Hernando está por salir”, advierte un funcionario anónimo. Dato verificado en las veredas donde una de las haciendas ya está remodelada. El balneario La Verraquera, su gran piscina y estadio, están en abandono.

El alcalde local, médico José Luis Herrera, no sabe de escuelas de sicarios. Habla de “escuelas de aguacate y cacao”, de que a pesar de encontrar las cuentas municipales embargadas, trabaja en el montaje de un centro de acopio de plátano y mora; de una alianza con sus colegas de Argelia y El Águila para diversificar la agricultura y educar a las nuevas generaciones. “Sólo con talento podremos desactivar el caldo de cultivo del microtráfico y la extorsión”.

En la calle los niños desconocen la realidad. Hablan del Campeonato Nacional de Artes Marciales que acaban de ganar y de los triunfos en el departamental de danza árabe y de fútbol de salón. Bordadores como Esaú Molina prefieren hablar de sus puntadas en rococó, que han llegado a Expoartesanías en Bogotá y a la pasarela Cali Exposhow. La alternativa honrada a la pérdida de empleos en el sector cafetero.

¿Y los sicarios y los muertos? Un respetado líder local afirma sin inmutarse, sentado en un restaurante, asegurándose de que nadie más lo oiga: “Se lo sostengo entre nos: es un plan de limpieza del mismo Estado en toda la zona norte, aunque echan la bola de que es una guerra entre Rastrojos y Machos. En esos muertos usted no verá ni una sola persona honorable. Le están dando seguridad al pueblo y cuando pase esto todo el mundo estará contento”.

* Espere mañana: “Rumbo a El Dovio”.

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