El aroma místico de Jericó

El lugar donde nació la Madre Laura vivió el día más feliz de su historia con la canonización que presidió ayer el papa Francisco en Roma. ¿Cómo es Jericó? ¿Qué opina su gente?

La santa Laura de Jericó movilizó a cientos de colombianos para presenciar su canonización. /AFP
La santa Laura de Jericó movilizó a cientos de colombianos para presenciar su canonización. /AFP

Tarso, Betania, Jericó… los ojos se deslizan por las páginas de la historia bíblica.

Tarso, Betania Jericó… la mirada se entretiene entre inmensos tonos de verde del suroeste antioqueño.

Enclavado en la extensa geografía cafetera de Colombia y muy presente en la mentalidad de los católicos colombianos, Jericó, a la vez que evoca momentos bíblicos, habla de un futuro atado a la religiosidad y al laboreo agrícola. Nombre bastante en boga, por ser la cuna de la recién beatificada Laura Montoya Upegui.

Este municipio se encuentra enclavado en el fértil y disforme tapiz verde a medio subir de una colina entre el ángulo que forman los ríos Cauca y San Juan, en el departamento de Antioquia. Municipio con muy buenas razones para conocerlo: tradiciones campesinas, bellos paisajes, hombres ilustres nacidos de sus breñas, más de 20 iglesias y dos seminarios para sus escasos 20 mil fieles, entre otros motivos que despiertan la curiosidad.

Son muchas las posibilidades para llegar hasta Jericó. La más usual es por la autopista que de Amagá se resbala hasta Bolombolo y que luego se va paralela al Cauca. La mirada se clava abajo en un recodo de la montaña y entonces de entre las casas de ladrillo y tejares de barro sobresalen muchas construcciones que se elevan hacia el cielo. ¡Bienvenido a Jericó!

Allí llegué una mañana de mayo. Diré que el 26 para ser exacto y no correr riesgos innecesarios con los pobladores que se sienten orgullosos de esta fecha. Ese día se celebraban 130 años del nacimiento de la beata madre Laura Montoya. Así hay que mencionarla ahora; hasta abril era simplemente una humilde monjita que se dedicaba a evangelizar y a apoyar indígenas de las selvas del Urabá, y precisamente por esa entrega el mismísimo Juan Pablo II la beatificó, hecho que tiene pletóricos de gozo a sus paisanos, de envidia a sus vecinos y corriendo a conocer su cuna a infinidad de curiosos. Con decir que nadie parece acordarse del padre Marianito.

Jericó, una de las mayores despensas de café de Antioquia, paralizó sus actividades para congraciarse con la conmemoración. Las autoridades declararon día cívico y a la vera de la vía de ingreso los habitantes expresaron su alegría adornando con banderas los estacones del alambrado de las fincas. También los ventanales republicanos, parques, plazas y negocios. El parque enmarcado por coloridos balcones y cornisas que atestiguan la época republicana parecía estrecho para recibir tantos carros colmados de pasajeros que seguían arribando y en los negocios todas las mesas estaban llenas de clientes.

A eso de las diez, en un desfile que se alargó por las calles del pueblo, sobresalían los indígenas de Cristiana venidos desde sus resguardos, quienes con sus atuendos (o con las ausencias de éstos, realmente) le rindieron un homenaje a la nueva beata. Detrás de ellos delegaciones de Perú, Ecuador y Venezuela recordaban con su presencia que la labor de la misionera trascendió las fronteras. Toda la comunidad católica quería congraciarse con la humilde misionera elevada a los altares.

La catedral de Jericó es una inmensa mole de ladrillo y vitrales que domina la plaza principal. Es sencilla y no armoniza con las construcciones vecinas y menos ser prueba de religiosidad de este pueblo.

Allí estaba programada para las 11 de la mañana la celebración, pero a las 10 y 30 en la iglesia no se veía un puesto vacío. A las 12, después del desfile, empezó la misa en cabeza de varios obispos del país. Monseñor Alberto Giraldo, Arzobispo de Medellín, trajo un dedo de la beata. ”Es el dedo de Dios”, agradeció alguno de los tantos prelados. En la primera fila estaban diputados, gobernador, secretarios (las mismas condecoraciones y los mismos discursos para toda ocasión). ¡Dios los perdone! Detrás de ellos, colmando todo el espacio, miles de campesinos, pues nadie parecía querer perderse ésta, la celebración más importante y más accesible, ya que el viajecito a Roma a la beatificación no pudieron hacerlo. “Dejé a los trabajadores sembrando café; pero había que venir a la misita”, me dijo Ramón García, un campesino que madrugó desde Betulia.

Sí. Los visitantes tenían muy claro el motivo de la presencia. “Cómo no”, abrió sus ojos Piedad Salazar, mientras en la mesa de un negocio diagonal a la iglesia reposaba del viaje desde Ciudad Bolívar, con dos cuñadas que la acompañaban. “La madre Laura será la primera santa colombiana, pues no podemos olvidarnos de sus milagritos”, siguió diciéndome. “A mi hermana, por ejemplo, le curó una enfermedad”.

Gabriela Pérez, otra de las compañeras (79 años), más ceremoniosa me hizo una seña y me habló con voz baja como para que su cuñada no le interrumpiera, que también ella “quisiera llegar a Dios, así como la madre Laura” y que eso le va a pedir ahora en la misa. Doña Piedad, sin embargo, en tono empalagoso, como notara la seriedad de su acompañante para llamar la atención, dijo que “iba a pedirle por otro título para el Medellín”, mientras me mostraba un escudito del equipo (la acompaño en las plegarias, debí pensarlo).

Don Gonzalo Cardona, caficultor de la vereda Las Playitas, dejó sus oficios: cuidar las vacas, sembrar maíz, despulpar café. Salió desde las siete de su vereda y caminó una hora y media para llegar a la misa. “Valió la pena”, reconoció. “La misa estuvo muy bonita”, me dijo al tiempo que se levantaba el sombrero.

Aunque asegura que Jericó es “sano y religioso”, reconoció que esta procesión de gente no se veía sino en Semana Santa. Luego, mientras tomaba el camino de regreso, sus palabras dejaron ver el anhelo con respecto a su paisana, la madre Laura. “Eso con tanto milagro a lo mejor la santifican”, suspiró. “Esa es la esperanza”.

La madre Laura se convierte poco a poco en símbolo de religiosidad y de identidad para una población que parece dejar los olores del café para dejarse llevar por los aromas del misticismo. “Ella es la más grande bendición de cielo”, me dijo Raúl Correa Ramírez. “Los campesinos la quieren, le rezan la novena, le piden milagros y van a visitar su pila bautismal”.

Supe luego que Correa era escritor, pues su nombre aparece en un folletín de personajes ilustres al lado de Mejía Vallejo, Héctor Abad Gómez, José Prieto Mesa, entre otros, y donde la madre Laura —cómo no— encabeza dicho listado. Le bromeé al escritor si acaso no era más referente de su localidad Manuel Mejía Vallejo, y con los ojos bien abiertos me ripostó que “a ella los campesinos la quieren de camándula, mientras a él lo conocen si acaso de oídas”.

Mayo es mes de lluvias. Pero el sol vigiló atento la celebración. Pero a eso de las cuatro, cuando los arrieros empezaban a descaminar sus pasos, una densa niebla se posó sobre las montañas que bordean el pueblo. Un manto suave, blanco y apacible arropaba aquella tarde a los jericoanos.