Nacional| 19 Abr 2008 - 4:22 am

El angustioso despertar del ‘Abuelo Cabeza Rucia’

Por: Dora Montero Carvajal - Elespectador.com

Hace exactamente un año, el 18 de abril, el nevado del Huila rugió de nuevo y sin lava, pero con una poderosa avalancha, avisó de su nuevo despertar. Desde entonces, la tranquilidad no ha vuelto a las cientos de familias indígenas que habitan el cañón del río Páez y que revivieron el dolor por las muertes del 94. Hoy presienten más cercana una erupción y se preparan para ello, incluso están dispuestos a evacuar definitivamente un par de veredas, Caloto es una de ellas. Sin embargo, se sienten solos en su intento por sobrevivir y hasta se les acabó la montaña para correr.

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Cuando el sueño se volvió suplicante, los tehualas lo advirtieron a su pueblo. De la voz de sus médicos tradicionales el gobernador del resguardo de Huila, José Jair Cuspian, supo que esta vez los rugidos del nevado son el aviso de una tragedia mayor y más allá de las cábalas técnicas, no se sabe cuándo, para todos en el cañón del río Páez la montaña quiere explotar.

Los presentimientos de los herederos de la tradición ancestral fueron angustiosos. Con palabras sencillas, contaron que la tierra los jala sin aviso a cualquier hora del día y el ruido desde lo profundo les atrapa los oídos.

Hace trece años, un aviso similar fue ignorado y la tragedia hizo de la suyas cuando un terremoto en el corazón del volcán enfureció las aguas que se llevaron a casi mil personas, casi toda de la etnia Páez.

Los comuneros no ocultan su temor y mientras a diario trabajan sus tuls (huertas familiares), no disimulan la intimidación cuando miran de reojo en dirección al volcán que a sus espaldas, imponente y a la vez timorato, pocas veces se deja ver. Sus mayores ya se los dijeron: No son dios y no pueden evitarlo.

La sabiduría de los médicos tradicionales coincide con la visión científica de los expertos del Ingeominas, quienes desde hace un mes no bajan de naranja la alerta del volcán, en un claro llamado de atención de que en unos días o semanas podría darse la erupción.

Es la primera vez en un año que todos lo dicen con tanta seguridad. El 18 de abril de 2007, el Nevado, el ‘the stuk tujleg' (Abuelo Cabeza Rucia), como lo llaman ancestralmente, volvió a despertarse y originó una creciente del río Páez que desapareció a cinco indígenas y se llevó los cuatro puentes que habían logrado recuperar luego de la tragedia del 94.

El temor es que la catástrofe sea mayor. Ya lo hizo una vez y los recuerdos de ese lunes hacen estremecer hasta al más fuerte de los miembros del resguardo Huila.

Los días siguientes al 6 de junio de 1994, cuando los helicópteros llegaron a la cuenca del río Páez encontraron cientos de personas arrinconadas en una pequeña meseta pidiendo ayuda. Sin comida, con muchos heridos, otros enfermos y todos desesperados por salir del sitio donde el Nevado del Huila los llenó en pocos segundos de una desgracia indecible.

Ese sitio, que quienes estuvieron allí definen como una explanada, sirve hoy de habitación a 57 familias; las de los tercos que no han querido salir a pesar de los pedidos de su comunidad. No es fácil abandonar una tierra que da sin distingos una carga de yuca o de papa. Y donde el plátano convive sin problema con la guatila que allá conocen como papa berlín. Una tierra de mucha altura pero con clima cafetero y el Nevado como guardián... o como verdugo.

"Para irnos a sufrir es mejor morir", dicen quienes aún duermen con un ojo abierto para escuchar el aviso del altoparlante que avisa cualquier cambio del volcán y hace eco con los sonidos que por entre la tierra les llega del corazón del nevado.

Como el lunes pasado. Ese día, la montaña dejó de sonar pasadas las 4 de la mañana. Tres horas antes los comuneros oyeron un fuerte ruido y creyeron que se había desprendido algo. A un par de kilómetros de la meseta, en medio de rastrojos y sin nada que los cubriera del fuerte aguacero, las familias esperaron el amanecer para bajar unos kilómetros hasta el río y ver que, afortunadamente, no pasó nada.

No es una zona deshabitada. En los 15 resguardos del cañón del río Páez hay 35 mil personas, y se cree que 11.600 indígenas y 4.500 habitantes de los centros urbanos podrían salir damnificados en caso de que el Nevado vomite toda su energía de calor y lava.

Estos días son los peores para los de Llanobuco, donde algunos pobladores tienen sus casas a tan sólo 150 metros del río. Allí, a 104 familias el camino a un sitio seguro les lleva casi veinte minutos, pero están seguros que "con susto nos demoramos 10", mucho menos pero de todos modos tiempo insuficiente para conquistar un lugar seguro para salvar sus vidas. La verdad es que en caso de una erupción, sólo tendrían tres minutos para evacuar y en ese lugar lo menos que subirían las aguas sería treinta metros.

Uno de los que no quiere irse es Ventura Mesa, el presidente de la junta de acción comunal de la vereda Llanobuco, quien después del 94 trasladó su hogar a la Mesa de Caloto, pero todavía tiene sus cultivos a borde de río.

"La gente ha estado muy pilosa porque no saben si es que la montaña está molestando o porque en realidad va a explotar", dice Mesa, defensor de la decisión de no ir a los albergues transitorios. Para él es indudable que en caso de una avalancha alcanzarán a cubrirse en un lugar seguro, cerca de las casas de material que levantaron en la Mesa después de la tragedia del 94 y que ya sienten como su hogar.

El pequeño pueblo se ve solo y más cada día con un nuevo aviso de actividad del volcán que ha obligado a otras familias a irse para los albergues.

"El nevado ahí está y a donde vayamos tendremos miedo, tenemos que aceptar la situación del volcán", dice Ernesto Cuspián, profesor de la Mesa de Caloto.

El miedo no es gratuito, los temblores que reportan a diario los sismógrafos (el miércoles se dio uno de 3.3 grados en la escala de Ritcher) sólo se sienten en la Mesa de Caloto. Desde allí, según las proyecciones, el término para salir ante una erupción es de 18 minutos, pues está tan solo a 24 kilómetros del volcán, siete en línea recta.

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