Nacional |27 Dic 2008 - 10:00 pm

El ex congresista de Caldas Óscar Tulio Lizcano

“Yo me les fugué a las Farc”

Por: Óscar Tulio Lizcano

El conmovedor relato del hombre que, estando en las últimas, hizo la apuesta de su vida: después de ocho años cautivo, huyó de las Farc en compañía del comandante guerrillero que lo custodiaba.

Óscar Tulio Lizcano en la libertad
Foto: Reuters
Óscar Tulio Lizcano sonríe, por fin, en libertad.

La mejor noticia que he recibido en mi vida me la dio Wilson Bueno Largo, alias Isaza, el día que me comunicó que había decidido desertar de las Farc llevándome con él. Acabábamos de llegar a un nuevo campamento, después de casi 10 horas de caminata por la espesa selva. Isaza comandaba el grupo de 17 guerrilleros encargados de cuidarme. Jamás me había dirigido la palabra más allá de los pocos momentos en que jugábamos ajedrez. Precisamente, utilizó la excusa del juego para no despertar sospechas en sus compañeros y poder hablarme con algo de tranquilidad. Eran más o menos las tres de la tarde. No había dejado de trasbocar en todo el día. Me sentía muy enfermo. Tenía las piernas hinchadas y una gran debilidad en el cuerpo. “Viejo, usted se va a morir aquí, así que me lo llevo”, fueron las palabras de mi guardián.

Realmente no me lo esperaba. Hacía tres años otro guerrillero al que llamaban Álex había intentado volarse conmigo. En aquel momento rechacé la propuesta de intentar fugármeles a mis captores. El miedo a ser recapturado y luego castigado, o asesinado, me paralizaba. Al ver mi reacción, el subversivo decidió irse solo. Lamentablemente, seis horas después lo cogieron y fue fusilado. Al igual que Isaza, Álex era paisano mío, oriundo de Caldas.

A pesar de eso, y de que aquella vez estaba en mejores condiciones físicas para sortear una fuga por la manila, acepté el ofrecimiento de Wilson. Dos aspectos fueron determinantes para mi decisión: el primero es que se trataba de un comandante que seguramente conocía bien la zona por la que nos íbamos a trasladar. Lo otro es que yo ya me iba a morir. Mi cuerpo no daba más. Mi ánimo estaba en cero y luego del rescate de Íngrid Betancourt no se había vuelto a hablar de acuerdo humanitario.

Esa noche recé un rosario y me encomendé a la Virgen de Guadalupe. Me acosté trasbocando. Isaza me sacó a eso de las 9. Delante de él trataba de aparentar que me sentía bien porque me daba miedo que, al verme enfermo, se arrepintiera o me dejara botado por el camino. “Viejo, no respire tan duro”, me advirtió cuando empezamos las primeras horas de la marcha que duró tres días.

Sólo caminábamos de noche para no ser vistos. En el día, nos resguardábamos entre los árboles, mientras Wilson borraba nuestras huellas del camino. En varias ocasiones le pedía permiso para orinar detrás de un palo y aprovechaba para trasbocar sin que se diera cuenta. Él estaba muy nervioso.

En tantas horas de travesía, apenas probé un limón. Ni agua, ni comida. Cuando le pedía descanso a Isaza me decía que dos minutos eran suficientes para ser alcanzados por los guerrilleros y perder la vida. Cuando me desesperaba pensaba en mi Marta, mi esposa, mi ‘barquerita’. El momento de más tensión fue la vez que vimos a un grupo de tres subversivos que nos buscaban. Estaban apenas a unos 50 metros de nosotros.

El tercer día de caminata en la madrugada yo ya no podía más. Wilson me autorizó a descansar por dos minutos y yo aproveché para tirarme en una pequeña loma, boca arriba y con los brazos y ojos abiertos. Así estaba cuando mi guardián se me acercó y me abrazó. Yo me incorporé —estaba un poco desconcertado porque también lo veía sonreír, a él que nunca me había sonreído—, y le pregunté qué pasaba. “Acaricie la libertad”, me dijo Isaza, al tiempo en que me mostraba las casas de una vereda del Chocó llamada Urabará. Creo que convulsioné de la emoción. Le devolví el abrazo y le dije que a partir de ese momento seríamos amigos para siempre.

Los soldados de esa población nos recibieron con cierto escepticismo. Isaza les contó que él era de la guerrilla y que se quería entregar. Como prueba, les dio el fusil, las dos granadas y el radio de comunicaciones que cargaba. Cuando les dije que yo era Óscar Tulio Lizcano empezaron a gritar excitados: “Nos llegó la Navidad, vamos a comer natillas y buñuelos… señor, llevamos seis años buscándolo”, mientras me abrazaban y me cargaban. A los veinte minutos me comunicaron con el presidente Álvaro Uribe, y como a la hora llegó en un helicóptero el general Mario Montoya, quien lloró al verme.

Todavía estoy desnutrido. Hace pocos días me hicieron un cateterismo y me dicen los médicos que tengo que cuidarme de complicaciones cerebrales. Pero por supuesto, sé que el riesgo de fugármeles a las Farc valió la pena. Mi primer 24 de diciembre junto con mi familia y mi querida esposa lo pasé en Cartago comiendo pernil, patacones y chicharrones como el que más. Estoy tratando de recuperar el tiempo perdido. Atrás quedaron los penosos días en la selva. En enero pienso volver a ver el mar.

Fueron ocho años de dolencias

A los 54 años el congresista Óscar Tulio Lizcano fue secuestrado por las Farc cuando inauguraba una cancha de fútbol, cerca de Riosucio, Chocó, en agosto del año 2000. Durante los años de cautiverio su familia recibió seis pruebas de supervivencia, en las que siempre su estado de salud era la principal preocupación.

A sus dolencias se sumó la noticia del plagio de su hijo Juan Carlos, en 2006, quien estuvo retenido 84 días por parte de un pequeño grupo guerrillero que el Ejército colombiano desmanteló al poco tiempo.

La situación de Lizcano siempre fue una de las más preocupantes y en octubre de este año el Gobierno anunció que su salud era preocupante.

  • Óscar Tulio Lizcano | Elespectador.com

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