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Nacional |18 Jul 2009 - 9:00 pm
Otro héroe junto a Simón Bolívar
El negro Juan José
Por: Rafael Baena *
Foto: Colección Museo Nacional
Retrato de Rondón por Constancio Franco.Nota | Nacional
Integradas en su mayoría por zambos, indios y negros reclutados en los llanos de Venezuela, las fuerzas de Boves, un antiguo marino convertido en adalid de la Corona de España, eran una suerte de nube de langostas que arrasaba todo lo que encontraba a su paso, incluido el ejército de la Segunda República, al mando de un tal Simón Bolívar, aristócrata caraqueño que había aprendido el arte de la guerra a fuerza de encajar derrota tras derrota.
Y en medio de aquellos guerreros desalmados iba un joven llanero negro que, a sueldo del patrón de su hato, se había sumado a la horda junto con cincuenta lanceros de confianza. Su nombre era Juan José y era hijo del manumiso Bernardo Rondón y su esposa Lucía Delgadillo, quienes le habían enseñado a apreciar el valor de la libertad.
Para él y sus iguales, al fin y al cabo hombres que compartían desde la infancia la sensación de independencia que les daban las sabanas, los afanes de emancipación de los criollos cultos no significaban nada distinto a cambiar un amo por otro, con el agravante de que los españoles pagaban por pelear, mientras aquellos mantuanos levantiscos que integraban la oficialidad rebelde se limitaban a mencionar ideales cuyo significado exacto escapaba a la comprensión de la negramenta, la llamada Legión Infernal que guerreaba ilusionada con la promesa, hecha por Boves, de repartir entre ellos las tierras y los tesoros confiscados a la aristocracia criolla.
No obstante, Rondón admiraba la tozudez y presencia de ánimo del hombre al que comenzaban a llamar Libertador, y no evitaba reconocer la valentía de sus generales más cercanos, muchos de ellos llegados desde los Andes tras la represión desatada por Pablo Morillo en el altiplano. Como aquel Antonio Ricaurte, por ejemplo, que había ordenado retirarse de la hacienda San Mateo a los pocos hombres que le quedaban antes de sentarse sobre un barril de pólvora y convertir la armería en polvo de estrellas, incluida la avanzada española que no se percató de la celada suicida.
Simultáneamente, la crueldad desplegada por los llaneros realistas terminó pareciéndole innecesaria y en agosto de 1817 decidió pasarse con su escuadrón al bando rebelde. Fue un acto temerario, pues corría el riesgo de que le fusilaran en el acto; después de todo había alcanzado el grado de capitán gracias a sus habilidades como matador de insurgentes.
Pero no sólo fue perdonado sino acogido con el debido respeto hacia alguien que no sólo había probado su valor como guerrero sino sus conocimientos en materia de caballos. El ejército llanero de Bolívar necesitaba de manera urgente y permanente ejemplares para la remonta, pues si bien sus monturas eran apenas adecuadas para las labores de vaquería, el trajín de marchas y contramarchas de la campaña militar obligaba a reemplazarlos cada pocos meses. Y ningún otro oficial más capacitado que Rondón para suplir a la caballería con enormes madrinas de ejemplares capturados en las llanuras.
Derrotado en La Puerta, primera batalla en la que cargó contra sus antiguos compañeros de armas, cabalgó durante casi un año sin inspirar mucha confianza al general José Antonio Páez, jefe supremo de los jinetes rebeldes. Ansioso de probarles a él y a Bolívar que servía para algo más que arrear ganado, un año después de su incorporación tomó la iniciativa en Las Queseras del Medio y desplegó el primero de los varios anzuelos que esa tarde se tragó la caballería de su majestad.
Con la sencilla táctica de cargar y simular la huída nada más chocar con el enemigo, 153 lanceros patriotas hicieron que un millar de caballeros realistas los persiguieran por la sabana sin darse cuenta de que estaban quedando separados del cuerpo principal del ejército de Pablo Morillo. Y entonces, tras una súbita orden de Páez –“¡Vuelvan caras!”–, la exigua fuerza dio media vuelta y lanza en ristre se convirtió en una guadaña exterminadora que masacró sin misericordia lo más notable de la caballería realista.
Después, ya en 1819, admirado y querido por el alto mando rebelde, vendría el ascenso a los Andes y el reemplazo de todos los caballos sacrificados en la pesadilla del páramo de Pisba.
Y casi enseguida, la gloria de aquel atardecer del 25 de julio sobre una planicie denominada El Pantano de Vargas. Agotados tras combatir desde por la mañana sin conseguir imponerse, ambos ejércitos se encontraban tan cerca de la derrota como de la victoria. Es entonces que José María Barreiro, comandante de la división española, echó sus restos de infantería y caballería por todo el centro del vallecito.
Bolívar, desconcertado, alcanzó a decir algo como “se nos vino la caballería y esto se perdió”. A su lado, el negro Rondón le reclamó: “¿Por qué dice eso, general, si todavía los llaneros de Rondón no han peleado?” Fue en ese instante que el Libertador reparó en su presencia y le encomendó la salvación de la patria.
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