El mesero de La Troja, ícono de la salsa en Barranquilla

Todo turista que llega a Barranquilla, quiere ir a La Troja en busca de la salsa clásica y los buenos bailadores. Esta crónica rescata a uno de los personajes anónimos, que le ponen la magia al lugar.

Andrés Otero, Mesero de La Troja.

Caminó unas cuantas cuadras para llegar a La Troja. Cuando ya estaba un poco cansada, preguntó: “¿dónde es?”, y le respondieron al instante: “ahí, ¿no ves?”. Levantó su vista y se encontró con sitio muy iluminado, lleno de colores y con la música más ensordecedora que había escuchado en toda su vida.

Fundado en 1966 y declarado patrimonio de la ciudad, es el sitio obligado de todo turista que llega a Barranquilla en busca de la salsa clásica y los buenos bailadores.

Como era de esperarse, estaba a reventar. Era sábado y unas 2.000 personas buscaban un lugar en aquella esquina del agite, para bailar y olvidarse de sus obligaciones.

Se acercó poco a poco a la entrada, y de repente un joven mesero la tomó de la mano y le indicó dónde se podía sentar.

Tomó asiento y aquél muchacho les llevó una ronda de cervezas a ella y a sus acompañantes sin haberlas pedido, lo cual le causó un poco de molestia. Vio como este mesero atendía pícaramente a sus demás clientes y bailaba mientras lo hacía. Le causaba gran curiosidad que fuera a él a quien llamaran todo el tiempo a pesar de la variedad de meseros que trabajaban aquella noche. Trató de llamarlo para que hablasen; sin embargo, sabía que iba a ser difícil obtener su atención pues se veía bastante ocupado.

Tras varios intentos fallidos, el mesero por fin se le acercó bailando y le pudo preguntar su nombre; respondió con voz muy disfónica: soy Andrés Otero. Se animó a pedirle otra ronda de cervezas sólo para poder hablarle y cuando las llevó le bailó nuevamente. No era un excelente bailarín pero lo intentaba y en ese momento ella pensó que su físico no tenía nada que ver con su forma de ser. Su tés pálida, ojos verdes y cabello rubio mostraban una imagen seria y retraída que no era la verdadera. Lo que más destacaba en Andrés era su carisma y esto lo hacía ser el mesero más popular de la noche.

Cada cierto tiempo llamaba a aquél mesero para hacerle una nueva pregunta. Primeramente quiso saber por qué decidió trabajar en La Troja, a lo que respondió que siempre había querido hacerlo porque “se gana buena plata. Hasta los domingos se trabaja, cosa que en otros sitios no”. Además le dijo que el servicio al cliente era algo que siempre le había llamado la atención; “trabajo mejor ocupándome de los clientes que en cualquier otra cosa. Tengo claro que uno como cliente no quiere estar llamando para que lo atiendan, sino que estén pendientes de uno y eso es lo que trato de hacer todos los días”.

Lo vio atender otras mesas y notó que seguía tratando de hacer pases de salsa, los cuales terminaban siendo un poco robotizados. Esto parecía ser una estrategia de venta porque entre peor bailaba, más gracia les causaba a los clientes y mayor era la cantidad de cervezas que le pedían. Cuando se le acercó nuevamente, se atrevió a preguntarle si le gustaba la salsa; la miró pícaramente, soltó una sonrisita y respondió: ¿La verdad, la verdad?, no. Dijo que sinceramente sólo le gustaba en un 20% y que él más que todo era reguetonero. Sintió curiosidad por saber cómo lidiaba con el hecho de escuchar salsa durante todo el día y a esto le dijo: hay que disfrutar cualquier cosa que la vida nos ponga.

Después de una media hora de estar en la troja había aumentado el volumen de la música y sus oídos estaban por explotar. No entendía como Andrés podía soportar estar allí durante tanto tiempo y ser capaz de sonreír y bailar. Quiso saber cómo lidiaba con esta situación; le respondió: a veces me desespero, pero al rato se me olvida y me lo gozo. También comentó que hay días que quiere “tirar la toalla” porque tratar de atender a los clientes con todo el ruido y el estrés es muy difícil; sin embargo, recuerda que siempre quiso trabajar allí y ahora debía aprovechar la oportunidad que tiene desde hace cuatro meses.

Mientras el muchacho iba y venía, ella observaba cómo sus clientes agarraban sus brazos, le pedían más cervezas y en algunas ocasiones le gritaban. Pese a esto nunca lo vio lanzar un gesto de incomodidad o mal humor. Cuando volvió a su mesa le preguntó cómo hacía para soportar a los clientes; como siempre respondió prudentemente: “No se puede estar muy pegado pero tampoco muy alejado. Si me acerco mucho pueden pensar que estoy tratando de sacarles plata y si me alejo comienzan a decir que no los atiendo bien, entonces hay que saber manejar las cosas y tener claro que todo se hace a su tiempo”. Además le contó que normalmente habían muchos “chicharrones” entre los clientes, pero él y sus compañeros trataban de mantener el respeto y la calma en el lugar. “Desde que yo estoy aquí no ha habido ni una sola pelea fuerte”, dijo con orgullo.

Cuando ya estaba casi por irse vio que Andrés atendía una mesa de extranjeros. Le pidió la cuenta y aprovechó para preguntarle qué clientes frecuentan normalmente el lugar; el mesero miró de reojo, sonrió y dijo: “normalmente vienen los mismos  todos los fines de semana”. Le hizo una seña para que mirara a un par de señores mayores que tomaban cerveza mientras se persignaban y también le señaló a un grupo de adultos que bailaban plácidamente. “Aunque la verdad aquí viene de todo. Una vez atendí a un grupo de doce mudos que vinieron a tomar cerveza y a bailar. Definitivamente cada cliente es un reto”. Andrés rió nuevamente y le dijo que los extranjeros que estaba atendiendo le estaban pagando en dólares. Con razón él está tan feliz, pensó.

Finalmente le dio las gracias al mesero por haber aceptado responder sus preguntas a pesar de estar ocupado. “Me siento extorsionado, me vendí por la compra de unas cervezas”, dijo Andrés y luego rió a carcajadas. Ella se dio cuenta de que pese a su larga jornada laboral su humor seguía intacto y concluyó que la magia no solo era la música y los bailadores de buen ritmo, sino la gente que lo atiende. Aún la noche era joven y los clientes seguían llegando; ésta sería una larga jornada para el pícaro mesero.

*Estudiante de la Universidad del Norte, de Barranquilla