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Nacional 10 Mar 2013 - 9:03 pm

Académicos dicen que allí terminan metales pesados de empresas cercanas

La ciénaga que agoniza

Los pescadores de Mallorquín, en el norte de Barranquilla, temen que la polución acabe con este cuerpo de agua.

Por: Jesús Fragozo Caro / Barranquilla
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Esta es la basura que arrastra el arroyo León, uno de los focos de polución. La ciénaga tiene un alto grado de sulfuro de hierro. / Fotos: Francisco Mejía

Ya casi es mediodía y ellos apenas alistan la canoa para ir a pescar. Ni siquiera se percatan de comer algo antes de zarpar y navegar la Ciénaga de Mallorquín, en el norte de Barranquilla. No les importa que más tarde, cuando el sol les pegue con más fuerza y sus estómagos empiecen a crujir, el hambre sea incontrolable. Sólo les interesa conseguir langostinos, camarones o atrapar lisas para venderlos en la plaza de mercado. De eso viven.

No dejan de hablar de lo que al principio creyeron era el fin del mundo cuando hace seis meses despertaron y lo primero que vieron fue un montón de peces muertos a la orilla del cuerpo de agua. Todavía temen que un día de estos vuelva a ocurrir lo que vivieron el 29 de agosto de 2012.

En la canoa de madera, envueltos en muchos trapos para protegerse del sol, los cuatro tripulantes, entre ellos una mujer de voz de una melodía épica, comienzan las mil y una faenas. Quizá porque es un cuerpo de agua que hipnotiza, Aneeth Villegas hace 28 años aprendió a pescar y así sacar adelante a sus seis hijos. Ella es una de las pocas mujeres que se atreven a realizar un oficio que durante años han hecho hombres.

La ciénaga de Mallorquín, el único gran ecosistema que tiene Barranquilla, está contaminada. Las aguas residuales de la planta de tratamiento del barrio El Pueblito, al suroccidente de la ciudad, que terminan en la ciénaga a través del arroyo León, ocasionan una carga orgánica de dimensiones inconmensurables.

El año pasado, miles de peces muertos fueron arrastrados a la orilla de la ciénaga. Según los pobladores del corregimiento La Playa y el barrio Las Flores, en el norte de la capital del Atlántico, en menos de una década esta emergencia ambiental se ha repetido tres veces.

Aunque las autoridades ambientales dicen estar trabajando en “varios proyectos” para descontaminar la ciénaga, ésta sigue viéndose de un colora verdoso. Según Jackeline Reina, directora del Departamento Técnico Administrativo del Medio Ambiente de Barranquilla (Damab), el organismo realiza un estudio previo para determinar la estrategia adecuada para sanear la ciénaga. Sin embargo, no esclarece cuándo estaría listo el proyecto para trabajar por la recuperación del cuerpo de agua.

Por su parte, Alberto Escolar, director de la CRA del Atlántico, asegura que hace varios años trabajan por la descontaminación de la ciénaga. “La realidad de la cuenca es muy distinta a la que se ve hoy”. No obstante, el catedrático e investigador de la Universidad del Atlántico Iván León Luna, quien lleva más de 10 años estudiando este ecosistema, afirma que Mallorquín está sumida en una crisis ambiental de la que no sólo recibe residuos orgánicos, sino también metales pesados, provenientes de empresas cercanas. “Estudios de tipo geoquímico señalan que la ciénaga tiene un alto grado de sulfuro de hierro. Eso es una tragedia”.

Seis meses después de que ocurriera la peor emergencia ambiental de la ciénaga, los pescadores buscan que las autoridades locales y nacionales trabajen con base en los múltiples estudios que durante varios años y a través de universidades públicas y privadas se le han realizado al cuerpo de agua.

Dos de las cuatro personas que van en la canoa reman. Van hacia donde creen que atraparán peces. Lusbin Valencia, uno de los que manejan un canalete, no es un viejo lobo de mar. Hace siete años, por culpa de los paramilitares, dejó sus tierras en Sitio Nuevo, Magdalena, y se trasladó a Las Flores; allí vivió en una casita de tablas y aprendió a pescar para conseguir dinero y alimentar a sus cuatro hijos. Él no vivió la época dorada de la ciénaga, esos años en que pescar mojarra rayada, lebranches, róbalos y lisas muy grandes era cuestión de lanzar la atarraya.

En cambio Carlos Ballesta, otro de los tripulantes, sí es un viejo zorro. Tiene 30 años navegando Mallorquín y reconoce que el cuerpo de agua no está en su mejor momento y que está enfermo de tantos residuos sólidos que llegan de los arroyos León y Grande. Ni los tubos que permiten que el río Magdalena se comunique con el ecosistema ni la barra de arena que cada seis meses, a punta de pala, abren los pescadores para que el mar ingrese a la ciénaga, han ayudado a mermar la emergencia ambiental.

“La ciénaga es incapaz de metabolizar las cantidades incalculables de materia orgánica que recibe diariamente”, dice el investigador Iván León. Tras dos horas de viaje, los pescadores regresan con unos cuantos kilos de camarones y langostinos, que venderán en la plaza. Cada libra de esquilas cuesta $5 mil. A cada uno le corresponden cerca de $25 mil, mientras que meses antes las ganancias superaban los $100 mil. Así sobreviven: navegando por horas una ciénaga en donde los peces mueren por la polución.

 

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