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Nacional 22 Jun 2013 - 10:00 pm

La pelea de la comunidad LGBTI

Confesiones de familia

Adriana González y Marcela Rojas fueron una de las primeras parejas que radicaron sus peticiones de matrimonio ante los juzgados el pasado jueves. Cada una de ellas y su hijo cuentan cómo ha sido este proceso de lucha, miedo, discriminación y esperanza.

Por: Natalia Herrera Durán
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Marcela Rojas, 42 años, y Adriana Gonzalez, 43, son pareja hace ocho años y tienen un hijo de 25 años. / Fotos: Luis Ángel

Jueves. Acompañada de su hijo, Marcela Rojas y  Adriana González  fueron una de las primeras parejas del mismo sexo en el país  que ante un juzgado solicitaron, por escrito, el matrimonio civil. Así,  a secas, no  con otro nombre, porque este es el único que  puede cambiarles el estado civil y protegerlos ante la ley. Estaban acatando la sentencia de la Corte Constitucional que los autorizó a que, si antes del 20 de junio el Congreso no había reglamentado sus uniones, podrían acudir a formalizar y solemnizar su vínculo.  Más tranquilas, en su casa, cuentan su historia. 

Marcela Rojas, la ingeniera 

“Sí, somos lesbianas, y llevamos preparando nuestro matrimonio hace dos años. Entonces ,  la Corte Constitucional estaba discutiendo el tema y pensamos  con optimismo que iba a darnos el sí, porque ha sido este tribunal el que nos ha reconocido nuestros derechos. Por eso hicimos todos los preparativos: compramos los anillos, cotizamos la casa de banquetes, preparamos  la  lista de invitados, incluso, asistimos a clases de tango porque queríamos bailar el día de la ceremonia. Pero la Corte nos dio un sí a medias. Dijo que éramos familia, pero que el Congreso tenía que legislar nuestras uniones. Sin importar eso, cuando conocimos el fallo salimos a gritar que éramos familia. Mi hijo, me recordó lo que sabíamos pero olvidamos con la emoción de la decisión: ya éramos familia, y  era increíble que tuviéramos que esperar a que un tribunal  así lo ratificara. 

 No era la primera vez que estábamos en esas. En el 2007, el día que cumplimos dos años, fuimos a una notaría para proteger nuestro patrimonio como familia. Mi suegra  había fallecido y había quienes creían que Adri, mi compañera,  estaba sola y su parte de la herencia podría repartirse.  Por eso firmamos la escritura de unión marital de hecho, en la  notaría 40 de Bogotá. Tuvimos ramos  de flores y  se tomaron fotos. Fue lo más cercano que hemos  tenido   a un  matrimonio hasta ahora, aunque no usamos vestidos blancos y abullonados , como no creo que los usemos el día que  de verdad nos casemos. Ese día, a mamá  le dio  muy duro, pero hoy es la primera que nos apoya. Incluso es la que lleva la cámara y  graba cuando salimos con el grupo de Toque Lésbico , integrado por varias mujeres activistas  que peleamos nuestros derechos a punta de tambor.

Pero no por apoyarnos mamá no tiene miedo. Después de que radicamos el pasado jueves la petición de matrimonio en el juzgado,  me llamó angustiada. ‘Entiéndanme, tengo miedo, no se expongan tanto’, me dijo. La entiendo, el ambiente está polarizado, enrrarecido. Y no me cabe en la cabeza por qué para las personas que se oponen a nuestras uniones es más inmoral que Adriana y yo nos demos un beso a que estén matando gente en las regiones. Pero no todo es discriminación.  Han sido más las voces de aliento. Cuando salímos del juzgado se nos acercaron muchas personas del común, a darnos las gracias .  La presencia más importante fue la de mi hijo, que una vez más me respaldó con su sonrisa”.  

Adriana González, la activista

“Esta pelea no es  personal, es   por todos,  para que este país pueda pasar su página de violencia y discriminación. Tengo 43 años y no conozco mi país en paz. Desde muy chiquita me sentí lesbiana y era claro que  vivía en un lugar  que no tenía las herramientas para entender eso. Pero también hay cambios. Por ejemplo,  después de que radicamos  la petición de matrimonio en el juzgado para mí fue  muy grato encontrar que mis amigas, mis compañeros de oficina, me dijeran que me apoyaban.  

La  mirada castigadora parece venir  de algunos conservadores que estarán  sintiendo que están perdiendo un privilegio sobre la verdad,  sobre lo que creen es una familia.    En el fondo,  se trata del  amor, de la libertad. No vamos a tener un país democrático sino avanzamos en el reconocimiento de las  familias, de todas. 

Es cierto que en mi caso no ha sido fácil.  Estudié en un colegio de monjas. Mi papá es muy conservador, pero terminó adorando a Marce. Mi hermano terminó siendo cristiano y prohibiéndome ver a sus hijos. Mi mamá me entendió y en su lecho me deseó que fuera feliz. Mi otro hermano siempre ha sido muy cercano. Ese camino de reconocimiento que me tocó labrar ha estado lleno de obstáculos, pero aun así sigo creyendo en la gente. Por eso me sorprende mucho el procurador general, Alejandro Ordóñez. Emprendió una cruzada, que ya no usa caballo y armas, sino miedo, intimidación y poder. Por ahora solo podemos  confiar  en que habrá algunos jueces que digan sí  al matrimonio igualitario”.  

La voz del hijo

“Mi nombre es David Esteban Arteaga tengo 25 años soy politólogo de la universidad Javeriana trabajo en el sector educativo soy heterosexual y tengo una mamá lesbiana. A los 17 años mi mamá me contó que se había enamorado de una mujer. Llena de miedo me dijo que si yo no estaba de acuerdo ella terminaría su relación. La mire y le dije que lo único que me importaba era que fuera feliz y que eso me haría feliz. Eso pasó hace ocho años, y puedo decir que no he conocido una pareja más estable, más comprometida y llena de amor.

A quienes se preguntan si tengo traumas fruto de la relación que tienen tengo que decirles que estos 7 años han sido de aprendizaje y crecimiento. Al comienzo también tenía prejuicios frente a la comunidad LGBTI, porque los consideraba raros. Pero puedo decir hoy con total certeza que son tan raros como a quienes les gusta el color verde y no el azul. Sufren, lloran, ríen, trabajan, pagan impuestos. Son  como cualquiera de nosotros. En lo que no son iguales, desafortunadamente, es en el reconocimiento de derechos. 

Además debo decir que mi familia no solo está compuesta por dos mamás, también tengo un papá, que tiene una familia tradicional fruto de la cual tengo un hermano y no encuentro ninguna diferencia en el amor que las dos familias me profesan. Llenos de prejuicios y de miedos hemos permitido que en Colombia existan ciudadanos de segunda y tercera categoría.  En  tiempos que  hablamos de paz,  yo me pregunto ¿cómo hablamos de una paz duradera y justa si queremos invisibilizar a quien siente distinto.  Mis mamás quieren casarse, no quieren tener una unión solemne, y yo creo que está en todo su derecho”.

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