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Nacional 28 Mar 2013 - 10:30 am

Este domingo se hará un homenaje a las víctimas

El día que la tierra rugió en Popayán

En la mañana del Jueves Santo de 1983, un terremoto de 5,5 en la escala de Richter echó abajo gran parte de Popayán, la ciudad blanca.

Por: Jahel Mahecha Castro
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Las calles del centro histórico quedaron bloqueadas por una avalanchas de ladrillos, piedras y palos. /Archivo

Eran las 8:13 de la mañana del Jueves Santo. En sólo 28 segundos la ciudad de Popayán quedó semidestruida. Con una intensidad de 5,5 en la escala de Richter y una profundidad de 4 kilómetros, el movimiento telúrico causó la muerte de 267 personas, dejó 7.500 heridos y a más de cinco mil familias damnificadas.

El terremoto, producido por una brecha que surgió en el Océano Pacífico a 490 kilómetros de Bogotá, desplomó un total de 6.800 viviendas y edificios, ubicados en su mayoría en la zona histórica de la ciudad. A esa hora, cientos de payaneses asistían puntualmente a la Basílica. En medio de oraciones y súplicas sus ojos se cerraron para siempre.

Luis N. Caicedo, reportero de El Espectador, describió a pocos días de la tragedia el panorama de la llamada ciudad blanca. “Simplemente desolador. Las paredes se habían cuarteado, los techos se habían desbarrancado y los balcones se habían desgonzado de sus soportes. La Alcaldía Municipal, que se hallaba vacía, quedó parcialmente destruida. El reloj de la torre, construido en 1737, se había desencajado de su base. Las comunicaciones y la energía eléctrica quedaron suspendidas y hasta el cementerio de la ciudad abrió sus bóvedas y sus ataúdes”.

La luz del medio día empezó a relevar la magnitud de la tragedia: hombres y mujeres pidiendo ayuda, niños desconsolados, cuerpos enredados en medio de edificaciones que se reducían a los esqueletos de sus estructuras. En medio del caos, una escena encogía el corazón de los payaneses: una mujer joven próxima a dar a luz agonizaba entre los escombros, golpeada por las placas de cemento que hacía unas horas eran las bases de su casa. Su esposo permanecía aterrorizado mientras la abrazaba y pedía despertar de esa pesadilla.

Quienes perdieron sus viviendas o al menos constataban que no podían habitarlas, experimentaron momentos de amargura en medio del desconcierto. Dos mil quinientas casas quedaron completamente destruidas y siete mil averiadas.

Dos leves temblores sacudieron nuevamente la ciudad entre las cuatro y las seis de la tarde. A las diez y trece minutos de la noche se registró un nuevo temblor. Pocos se atrevieron a dormir. La temperatura era de 8 grados centígrados. La vivienda, la familia, el hambre y la especulación fueron las mayores preocupaciones que azotaron a los payaneses. Un buen número de personas caminaban desorientadas, sin poder asimilar la magnitud de lo ocurrido.

La madrugada del Viernes Santo acentuó la difícil situación. Sin embargo, las ayudas provenientes de diferentes regiones trataron de aliviar un poco el trance. El aeropuerto fue quizá el centro de operaciones que brindó el mayor servicio de socorro, estableciéndose un puente aéreo con Cali, donde se concentró el envío alimentos, medicamentos y otros elementos. Cientos de heridos fueron transportados a esa capital.

En el Cementerio Central, la historia era aún más desgarradora. Cientos de familiares y voluntarios cavaron con urgencia fosas para enterrar las víctimas del terremoto y para sepultar por segunda vez los cientos de ataúdes que cayeron de sus bóvedas durante el sismo. Algunos cadáveres quedaron al descubierto. Con el paso de las horas, los perros callejeros se alimentaron de ellos.

El entonces presidente Belisario Betancur visitó el lugar de la tragedia y se comprometió a suministrar la ayuda necesaria para reconstruir a Popayán y a los municipios que resultaron afectados.

El 2 de abril, el mandatario se dirigió a los habitantes de Cajibío (Cauca) para dar un mensaje de aliento: “Venimos a decirles que estamos con ustedes, con el corazón apretado de dolor y de tristeza, de ver los muros de las iglesias, de los museos de arte religioso, los edificios públicos, pero sobre todo, de ver las caras humildes de los caucanos destruidas. Venimos a decirles que estamos con ustedes para llevarles la seguridad de que el gobierno les ayudará a reconstruir sus viviendas”.

Aunque el mandatario prometió un crédito para la reconstrucción de la ciudad por un valor de US$80 millones, de los cuales US$40 millones serían destinados para la reparación física, el monto restante para reactivar la economía de la ciudad nunca llegó. Después de la tragedia, las calles, las iglesias, los museos, los mercados y, especialmente los payaneses, lograron ponerse de pie. Hoy, luego de 30 años Popayán aprendió a sobreponerse al dolor. 

El Espectador revela las historias de dos sobrevivientes de uno los sismos más violentos registrados en Colombia: 

'Esas construcciones antiguas se hicieron polvo'

"Al menos vivimos"

 

 

En twitter: @jahelmahecha

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