¿Habrá acercamientos con la guerrilla?

La falta de confianza, más que la falta de voluntad, entre las Farc y el Gobierno, es el obstáculo para que despegue un nuevo diálogo.

Más allá del cambio de tono y lenguaje, que vuelve a sorprender, son varias las interpretaciones posibles de la carta que envió hace unos días alias Timochenko, máximo líder de las Farc, al gobierno Santos.

La primera —y es buena noticia— es que la carta, a la cual respondió rápidamente el presidente Santos, confirmaría un intercambio de ideas o impresiones, así sea por comunicados interpuestos, entre el Gobierno y las Farc.

Los que ven esos comunicados como una cortina de humo dirán que la historia nos ha enseñado a ser prudentes, y tienen razón, pero no siempre tiene que ser así necesariamente. La carta y su réplica dan más bien la impresión de que ambos lados estarían tratando de ablandar o acostumbrar a la opinión pública a que los diálogos o las conversaciones van a ser una realidad, si no es que lo son ya. Nadie dice que todo estaría a punto de resolverse, pero ya se podría haber dado un primer paso importante.

Respecto al fondo de las comunicaciones, la lectura puede ser más matizada. ¿Qué cambió realmente respecto a las reivindicaciones anteriores de las Farc? ¿Qué se aprendió de los errores del pasado?

“Que se olviden de un nuevo Caguán”, respondió Santos al comunicado. El mensaje es claro: nada de zona de distensión, show mediático, micrófonos y declaraciones, nada de esas agendas que parecen más un catálogo de reivindicaciones que un programa estructurado con temáticas jerárquicamente ordenadas... La repuesta de Santos fue firme y es significativo que las Farc parecen haber aceptado que las conversaciones ya no pueden hacerse bajo un esquema logístico como el del Caguán.

La duda surge respecto a los temas de fondo de las conversaciones. “Que se retome la agenda que quedó pendiendo en el Caguán” piden las Farc. Pero ¿qué tan pertinente sería si el país ha cambiado, el mundo ha evolucionado y la situación de Colombia no es la misma, aunque es cierto que muchos problemas son los mismos?

¿Cómo evitar diálogos (o monólogos) interminables, sin avances significativos, si no se aclara cuál debería ser el propósito de esas conversaciones, más allá de mencionar los temas a conversar, por importantes que sean?

Uno puede cuestionar “las privatizaciones, la desregulación, la libertad absoluta de comercio e inversión, la depredación ambiental, la democracia de mercado, o la doctrina militar”, todos temas importantes, pero ¿son realmente las conversaciones de paz lugar para debatir sobre esos aspectos? Las negociaciones de paz no son para resolver todos los problemas de un país. Son para poner fin a un conflicto armado y evitar en la medida de lo posible que sigan o se repitan las condiciones que lo “causaron”.

Por eso será imprescindible, en algún momento, una declaración de principios que aclare los objetivos de unas “hipotéticas conversaciones”. No necesariamente pública, aunque eso les podría dar cierta legitimidad. Pero cualquier camino hacia la paz requiere un norte claro, so pena de correr el riesgo de pasar de un tema a otro sin decisión o acuerdo.

Para definir ese norte podría empezarse por determinar lo que cada uno considera absolutamente no negociable, es decir una definición by default de la agenda... Una aproximación desde el “no negociable” ayudaría a entender los elementos del problema. No sólo permitiría aclarar las posiciones de cada uno, sino identificar mejor los retos y desafíos de la negociación.

Finalmente, el comunicado muestra, sobre todo, un problema de confianza. “Sin mentiras Santos, sin mentiras”, concluye su carta alias Timochenko. Sin mentiras Timochenko, sin mentiras le contestó también, aunque indirectamente, Santos, cuando advirtió que se olviden de un nuevo Caguán.

Queda claro que no es tanto la falta de voluntad sino la desconfianza la que se interpone para seguir adelante. Cada uno teme que el otro lo engañe. El pasado no ayuda, cierto. De allí la necesidad, más allá de gestos de buena voluntad, de medidas que construyan confianza, den ciertas garantías de buena fe o muestren la sinceridad de los motivos de cada uno.

Sin mentiras señores, sin mentiras... Porque, como lo decía el escritor Paul Valéry en Grandeza y decadencia de Europa, “los únicos acuerdos que cuentan son los que se concluyen sin doble intención”.

* Codirector del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) de la Universidad Externado de Colombia.