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Nacional 27 Jul 2013 - 1:08 am

Bogotá, la ciudad de El Hombre de la Calle

José Salgar, al pie de la letra

En los innumerables escritos del eterno jefe de redacción de El Espectador, fallecido el domingo pasado, está plasmada la transformación de la capital pequeña y taciturna a la metrópoli que, como él diría, se nos salió de las manos.

Por: Daniel Salgar Antolínez
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    http://www.elespectador.com/noticias/nacional/jose-salgar-al-pie-de-letra-articulo-436397
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Abril de 1988. José Salgar encabeza una caminata por las calles de Bogotá junto al entonces alcalde Julio César Sánchez./ Archivo - El Espectador.

Cuando iba a construir su casa, el único debate a fondo que tuvo José Salgar con el arquitecto fue, según él, el destinado a resolver un profundo y simple deseo personal: quería una ventana “lo más ancha posible, que abarcara la mayor cantidad de paisaje de los cerros de Bogotá”. Contemplar esta ciudad, caminar y escribir sobre ella, fue una idea fija en su pensamiento.

En sus más de setenta años como periodista, hubo pocos días en los que no escribiera. En el archivo de El Espectador, sólo en los anaqueles de entre 1970 y 1990, hay más de 4.600 textos de su autoría. Nadie hasta ahora los ha leído todos. Pero al rumiar en ellos, se percibe a un hombre que entendía, amaba y disfrutaba a Bogotá como pocos. Además, se siente la fuerza de su pluma implacable al denunciar las atrocidades y festejar las fortunas que vivió la capital a manos de sus ciudadanos o sus gobernantes de turno.

Su argumento irrefutable era el de estar en la calle. Tener “esa mirada desde abajo, que revela el paso cierto de la historia” —así dijo Javier Darío Restrepo durante las exequias de su viejo amigo—, le permitió a José Salgar dejar un testimonio sin igual de la transformación de la capital. Un retrato de la evolución de una ciudad apachurrada en la que los domingos los cachacos salían con la corbata más fina y el sombrero más elegante, a la metrópoli en la que el atuendo dominguero lo forman un bluyín y la camisa más vieja. En sus testimonios callejeros,  también tuvo la tenacidad para desnudar a las justicias compradas y a los gobiernos impotentes que impedían al peatón vivir y morir con dignidad.

Hace cuarenta años, El Hombre de la Calle ya estaba expectante por los estudios de un nuevo sistema de transporte masivo. Se alegraba de que la alcaldía de Gaitán Mahecha le hubiera dicho adiós a la idea del subway, para pensar en un tren metropolitano, con eventuales tramos subterráneos y que utilizarían los corredores ferroviarios urbanos.

Pero después de varias desilusiones, El Hombre de la Calle comprobó una verdad que los bogotanos de hoy ratificamos: “todos los alcaldes, en sus comienzos, se ven obligados a definirse respecto al sistema de transporte masivo. Y generalmente lo hacen descartando una obra demasiado costosa y buscando soluciones intermedias”. Ahora  tenemos la solución intermedia y seguimos a la espera de la  final.  Salgar advertía, antes de la expansión urbana de la capital, que la falta de una definición respecto al  transporte era uno de los principales obstáculos para trabajar sobre bases firmes en el desarrollo de la ciudad y en el  mercado de su propiedad raíz. 

En sus columnas  fue un critico del crecimiento de la ciudad de espaldas a la naturaleza. Decía él que si se exceptúan algunas manchas de árboles preservados en Monserrate y Guadalupe, no hay bosques técnicamente sembrados por pate alguna. “En contraste, son inmensas las extensiones de lomas peladas, de cerros erosionados, de planicies agotadas por la permanente explotación agrícola, pero sin los árboles necesarios para un eficaz equilibrio ecológico”. Ilusionado con la recuperación del pavimento y las redes subterráneas o aéreas de servicios públicos, en pleno furor industrial apoyó la campaña por sembrar sietecueros en vez de urapanes, e insistió en que para el país es más importante que haya un árbol que un carro en su futuro.

Se quejó una y otra vez por la falta de planificación, igual que los bogotanos de hoy, “porque aquí es muy común que cuando el alcantarillado termina una obra y deja la calle lista, llega la energía o los teléfonos para volver a abrirla”.

Es curioso que sus columnas de hace medio siglo tengan casi las mismas noticias que hoy aparecen en los periódicos. Tal vez por eso, muchos dicen que José Salgar era en un periodista del futuro, aunque él mismo explicó que lo que pasa es que “las cosas malas vienen a ser siempre las mismas”.

Entre los tumbos del hospital San Juan de Dios,  la recuperación de andenes de la carrera 15, los huecos de la calle 100, las ventas de fritanga afuera de la plaza de toros, los derrumbes en la Circunvalar, los sistemas de recolección de basuras , el trabajo infantil y otra  infinidad de temas que abordó en sus legendarias  columnas, José Salgar  se convirtió en ese testigo excepcional de la historia de su ciudad. 

Pero no sólo en testigo, sino en una voz que daba lecciones diarias de disciplina social y civismo. Informaba, pero también educaba y presionaba para que Bogotá celebrara sus 500 años en 2038 como él la imaginaba: una de las ciudades más coloridas del mundo, con macetas repletas de flores en los antejardines, con una vida cultural y comercial de 24 horas. Una ciudad lanzada a la reconquista de sus montañas, con centros de viveros experimentales para la repoblación forestal y con un río Bogotá de aguas claras por donde nadara a sus anchas el pez capitán. “El clima y el terreno se lo permiten, falta que se lo permitan sus habitantes”, escribió.

La habilidad de José era ser tan claro, tan preciso y sagaz en las coletillas  de su columna, que cada vez que escribía resultaba en algo divertido. Por esos escritos y por las campañas cívicas que lideró como director de El Vespertino, recibió todos los premios posibles del Distrito. Cuado se le concedió la Orden Ciudad de Bogotá aclaró que su norma era no adular a los gobernantes, no ser su vocero, no dejarlos descansar con la crítica a lo que sea criticable, desde un ángulo de objetividad e imparcialidad.

Viajero incansable

Habría sido suficiente dedicar la vida a escribir sobre la capital, pero El Hombre de la Calle no se limitó a Bogotá. Sin importar horarios ni distancias, y aprovechando los avances de la tecnología que siempre lo deslumbraron (al punto en que escribió un libro sobre las comunicaciones en el cambio de siglo), enviaba su columna desde cualquiera latitud.

Así, bien podía hablar un día de la racha de asesinatos en Medellín; o de su sorpresa al ser abordado en un hotel de Tokio por la directora de un grupo de lectura de García Márquez; o de las especies del Amazonas brasileño usadas para la fabricación de papel periódico; o de las castraciones en la República del Transkei; o de las necesidades de poner abogados para las golondrinas de Montería, que eran mal vistas por los monterianos, a pesar de que “cuando se reúnen en bandadas hacen uno de los espectáculos más hermosos que puedan verse en un paseo por Colombia”.

Nunca, sin importar su ubicación, dejó de husmear por el mundo en busca de ejemplos que, como él lo escribió, “puedan ayudar a solucionar esa acumulación de problemas que preocupan a los hombres de la calle bogotanos”.

Como reportero también fue incansable. En sus informes desde los cinco continentes plasmó su pasión por ir a la calle para transmitir bien las noticias. Uno de los fotógrafos que trabajaron con él, Francisco Carranza, más conocido por la vieja guardia  como El Patojo, recordaba en estos días de luto una anécdota sobre esa obsesión de José por la buena reportería:

La dictadura de Somoza iba a caer en Nicaragua y Salgar consiguió los contactos para entrar a  ese país con los sandinistas y escribir desde allí las crónicas. El Patojo haría el trabajo gráfico en esa aventura. Pero hacía poco José había sufrido un preinfarto y la situación en el país centroamericano era demasiado agitada como para arriesgar su salud. En Costa Rica, país desde donde Salgar pretendía cruzar la frontera en un campero alquilado, El Patojo lo tuvo sentado hasta las 3 a.m. en la habitación del hotel, hasta que lo convenció de que no fuera a Nicaragua, para evitarse un susto que le quitara la vida y dejara a El Espectador sin su eterno jefe de redacción.

Salgar aceptó escribir desde San Andrés. Antes de irse a dormir agarró a El Patojo por el hombro y le dijo: “eso es periodismo”. El lunes pasado, sentado en una banca de la funeraria, El Patojo interpretaba esa lección de quien considera su maestro: “quiso decir que periodismo es poder convencer a cualquiera, sin importar qué tan arriba esté en las jerarquías del poder, siempre y cuando uno tenga argumentos”.

Después de ir y venir por el mundo, José Salgar no dejó de afirmar que Bogotá es el mejor vividero. El arquitecto con quien debatió al diseñar su casa, construyó unos soportes especiales de hormigón para que la ventana tuviera todo el ancho de la habitación del hombre que aseguraba que la capital tiene los cerros más hermosos del planeta. Así, Salgar cumplió su deseo:

“Es el cuadro más bello —y además cambiante a toda hora del día o de la noche— que pueda haber escogido para decorar mi casa y mi vida. En los amaneceres el cuadro recoge toda la violencia de colores del recién nacido sol tropical, y el cuarto queda inundado de reflejos violetas y de penetrantes destellos rojos y ocres y blancos (...) Hay que estar preparado para el momento de la salida de la luna, porque es difícil resistir ese impacto majestuoso y variante. El monte negro comienza a llenarse de grises. De pronto, una puntilla de luna se cuela por entre los árboles y se inicia una sucesión de paisajes con una claridad serena, opaca, tranquila, ideal para la paz y el sueño”. Esto que él escribió para un especial de Bogotá en 1968, yo lo recordaba el martes después de su cremación, cuando una nube gris arropó a la capital en un gesto lúgubre. Era la ciudad que despedía al auténtico hombre de sus calles.

A José Salgar no lograron matarlo las balas, ni las bombas,  ni el estrés de dirigir la redacción y mantenerse al pie de la letra de este diario durante más de setenta años de violencia bipartidista, dictaduras y narcotráfico. Sentado en un sofá de su biblioteca —su lugar sagrado, donde están los innumerables premios que recibió, los libros que le fueron dedicados y los amarillentos recortes de periódicos que solía revisar emocionado— murió al ritmo de un plácido atardecer de domingo.

Lección de civismo y periodismo

Fragmento de una columna de El Hombre de la Calle, cuando recibió la orden Ciudad de Bogotá en julio de 1977:

“Entre las cosas aburridoras para escribir y para leer en los periódicos están las relacionadas con el civismo, pues es inevitable el tono regañón y de insistencia en los mismos temas: que tapen los huecos, que recojan la basura, que organicen el tránsito, que metan a la cárcel a los raponeros. No es lectura agradable esa misma cantinela de todos los días. Pero cuando una persona cae en un hueco, o cuando le roban el reloj o la atropella un carro, entonces sí acude al periódico para protestar y defenderse. Y así lentamente va formándose entre lectores y periodistas un vínculo que se convierte en servicio social, y en una útil cooperación con las autoridades. Aunque las secciones cívicas no sean de obligada lectura diaria, se tienen como recurso, como ayuda para momentos difíciles, como medio para contar a los demás lo que en sus recorridos diarios por la ciudad agudiza la crítica de cualquier hombre de la calle. Esta distinción es un homenaje al binomio lector-periodista, que hace de los diarios un vehículo de civismo en búsqueda de una vida mejor en ciudad tan angustiada y complicada como es la capital de Colombia”.

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