Las cifras que dejan más de 30 años de violencia urbana en Medellín

Solo entre 1980 y 2014, se registraron 132.529 víctimas del conflicto armado en la capital antioqueña. En el 49% de los casos de victimización las autoridades no lograron establecer quiénes fueron los responsables. Grupos paramilitares son los actores armados que más afectados han dejado.

Foto: Colombia Travel

Medellín, como pocas capitales de Colombia,  ha sido una de las ciudades en las que por años el conflicto armado se ha enquistado de forma tal que incluso ha permeado casi todas las instancias y estamentos de la ciudad.

Y las cifras así lo reflejan. De acuerdo con el Observatorio del Centro Nacional de Memoria Histórica y la Unidad para Atención y la Reparación Integral de Victimas (UARIV), entre 1980 y 2014 en la capital antioqueña se registraron 132.529 víctimas del conflicto armado, 106.916 de desplazamiento forzado, 19.832 casos de asesinatos selectivos y  921 masacres que dejaron 1.175 víctimas, entre otros.

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Un fenómeno de violencia que llevó a que, en un esfuerzo conjunto, el Centro Nacional de Memoria Histórica, el Ministerio del Interior, la Corporación Región, la Alcaldía de Medellín, la Universidad EAFIT y la Universidad de Antioquia, decidieran realizar una profunda investigación enfocada en el conflicto armado y las violencias asociadas ocurridas en la ciudad entre 1980 y 2014.

Así surgió  ‘Medellín: memorias de una guerra urbana’ un libro que busca recoger e hilar la situación de conflicto en la ciudad y hacer un análisis no solo de los actores que tuvieron parte en la confrontación armada, sino también de los factores y circunstancias que de una u otra forma  posibilitaron la persistencia del conflicto en su expresión urbana.

La investigación, que será presentada hoy en el marco de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, nació como respuesta a la carencia de un “relato sistemático que permitiera a la sociedad comprender la relación entre estas violencias y las dinámicas del conflicto armado, así como sus particularidades locales”,  según señala el informe con el que se pretende acercar a los antioqueños a ese pasado.

La investigación hace un recorrido histórico, dividido en cuatro periodos: el primero comprendido entre 1965 y 1981, el segundo entre 1982 hasta 1994, el tercero ubicado entre 1995  y 2005, y un último periodo que va desde 2006 hasta 2014.

>>“Hubo un helicóptero que mataba gente, había que tirarse al piso para esquivar las balas. Entraron matando gente. ¿Qué hizo el Estado? Álvaro Uribe Vélez sacó a la izquierda de la comuna, sacó a la guerrilla y metió a los paramilitares” (CNMH, hombre, colcha de la memoria, taller de memoria con sindicalistas, Medellín, 2015). P.194.

El narcotráfico

Uno de los factores detonantes de esta violencia fue, sin duda, el auge del narcotráfico: "Como lo planteó el informe Colombia ¡Basta ya!, producido por el Centro Nacional de Memoria Histórica (2013), el narcotráfico ha sido uno de los factores que explica la persistencia y magnitud del conflicto armado en Colombia. Su relación con guerrillas y paramilitares favoreció el empoderamiento de diversos tipo de agrupaciones, bandas, combos y comandos, que se distinguieron por sus acciones violentas”, se explica en el libro.

 La investigación sostiene que las demandas no satisfechas de la población, como el ascenso socio-económico, la pobreza y el desempleo, permitieron que este ‘negocio’ lograra ser el único canal directo a la mejor calidad de vida. Un panorama al que se le sumó la falta de respuesta estatal al narcotráfico: “Las autoridades municipales, en general, carecieron de la visión y los medios suficientes para encarar la situación, y los entes nacionales sólo actuaron con decisión y relativa eficacia cuando se percibió que estaba amenazada la seguridad pública”.

Durante los años ochenta hasta 1993, el máximo capo del narcotráfico en la ciudad, Pablo Escobar Gaviria y el grupo creado bajo su amparo denominado los Extraditables, utilizaron los  atentados terroristas, secuestros políticos y los asesinatos selectivos de jueces, periodistas, policías y militantes de izquierda, como formas de victimización.

Además, en las zonas populares de los barrios, a partir de 1982, comenzaron a registrarse una serie de asesinatos selectivos, que respondían a una estrategia de ‘limpieza social’, contra quienes representaban características o comportamientos inapropiados para dicha sociedad: vagos, habitantes de la calle, recicladores, trabajadoras sexuales, gais, lesbianas e integrantes de combos.

Desde entonces, estos grupos armados se convirtieron en “la oferta de seguridad y control”, que alimentó el miedo entre la sociedad, las desapariciones y los asesinados.

“Las violencias asociadas al conflicto armado en Medellín no han sido homogéneas ni constantes en el tiempo. De una violencia relativamente baja y estable a lo largo de la década de los setenta, la ciudad pasó a una tendencia creciente en las modalidades de victimización a partir de 1982 y hasta 2004. Ese incremento estuvo fuertemente relacionado con la presencia de dos grandes ciclos violentos: el de la guerra sucia y la turbulencia (1982-1994), y el de la urbanización de la guerra (1995-2005)”, se aclara en la investigación.

>>“Él iba a trabajar a Rionegro y él tenía un carrito Renault 12 y siempre cogía las torres de Bomboná pa’ coger carretera pa’ Santa Helena. Cuando yo llamo al comando de Rionegro y pregunto yo ‘me comunica con el agente X’ y me dicen ‘mi señora hablé con mi teniente’ y yo ‘buenos días hablas con la señora de X’. ‘Mi señora X tuvo un atentado, a él lo mataron’ y yo ‘ay no, no me diga eso’. Yo me arrodillé y lloraba y decía ‘no me diga eso, yo le entrego todo lo que tengo, le entrego la casa, todo, pero dígame que es mentira’. ‘No señora, a él lo mataron’” (CNMH, mujer, taller familiares de policías, Medellín, noviembre de 2015). p. 181.

Después de 34 años de violencia

En lo que compete a las víctimas, según los registros oficiales, entre 1980 y 2014 se calculan 132.529 personas afectadas por el conflicto armado. La conclusión, según los investigadores, es preocupante: “En una ciudad con 2.184.000 habitantes cerca de seis de cada 100 personas han sido víctimas directas del conflicto armado y de las violencias asociadas. Esto confirma además una de las características del conflicto armado nacional: su impacto predominante en la sociedad civil no combatiente”.

Otro aspecto, que llama la atención, es que en el 49% de los casos de victimización no se reconoce el autor, casi la mitad; mientras que en el 51 % restante los autores reconocidos son, en su orden: grupo paramilitar 25 %, guerrilla 15 %, grupo posdesmovilización 15 %, y agentes del Estado 1 %, según datos recopilados por el Observatorio del Centro Nacional de Memoria Histórica.

A estas cifras, se les suman las 16.636 víctimas de amenazas, 263 personas de tortura y 28 personas víctimas de minas antipersona o munición sin explotar, que aparecen registradas en el Registro Único de Víctimas (RUV). “Con ellas, el número de víctimas directas del conflicto armado en el lapso 1980-2014 llegaría a 149.466 personas. Si se apela a una metáfora espacial, se puede afirmar que con el número de ciudadanos de la urbe sometidos a procesos de victimización directa se podría llenar más de tres veces el estadio de fútbol Atanasio Girardot”,  detalla el documento.

A pesar de estas cifras tan alarmantes del conflicto en la ciudad, los investigadores advierten, que estas  podrían ser más robustas si se les agregan las víctimas indirectas del conflicto como familiares, amigos y vecinos de personas desaparecidas, asesinadas, secuestradas o desplazadas. Y otras, cuya declaración no ha sido tenida en cuenta por RUV “por considerar que sus características no corresponden a la naturaleza formal del conflicto armado, o incluso el bajo nivel de denuncias, sobre todo hasta mediados de los años noventa”.

Una ciudad resiliente

Durante el trabajo de campo e indagación los investigadores encontraron además una característica importante en el caso de Medellín: el proceso de resistencia que ocurrió en la ciudad tras ese periodo de violencia, que si bien hoy día tiene evidentes secuelas, ha permitido espacios de diálogo y de construcción ciudadana.

Entre estas iniciativas comunitarias, que buscaron otras salidas a la violencia a partir de una defensa incesante de la vida, se destacan: doña Fabiola Lalinde y su operación Sirirí, el colectivo Los Amigos de José Mejía, Barrio Comparsa, Convivamos, Corporación Cultural Nuestra Gente, Corporación Casa Mía, Corporación para el Desarrollo Picacho con Futuro, el Festival Internacional de Poesía, la Marcha de los Claveles Rojos, la Mesa de Trabajo por la Vida, entre otras.

Estas resistencias comenzaron paralelo a la compleja situación de violencia de la ciudad entre 1982 y 1994 con el apoyo de organizaciones civiles y del sector público “la creación de la Consejería Presidencial para Medellín, y el proceso de elección y celebración de la Asamblea Nacional Constituyente (1990-1991). Ambas ofrecieron un marco institucional y un ambiente en el que se reconoció la profunda crisis a la que la ciudad había llegado”, se lee en la investigación.

Con testimonios, dibujos y manualidades, además de recursos bibliográficos, este grupo de investigadores busca dar los primeros pasos hacia la construcción de un relato de ciudad que dé cabida a sus víctimas y a la memoria que aún hoy pervive en la comunidad de esta ciudad.

“Todo esto nos permitió entender que, al contrario de la aparente saturación de relatos de la violencia, aún se necesitan espacios para nombrar el horror y el sufrimiento, pero también la resistencia y la esperanza, para tramitarlos e incorporarlos a un relato colectivo”, expresan los investigadores. 

>>“En la comuna 9 les llegaron unos panfletos que decían que no se podía ir a los parques, que no se podía salir a determinadas horas. Entonces nos reunimos un grupito de amigos (…) sacamos una especie de panfleto que decía lo contrario: que no nos dejáramos intimidar, que hay espacios y que no nos pueden asustar tanto. Entonces lo que hicimos fue: conseguimos el fogón, la pipeta y nos íbamos (…) entonces poníamos el fogón para hacer un promedio de cien cafés o chocolates, pues depende de lo que hubiera en el billete. Entonces nos reuníamos alrededor mientras nos preparaban el chocolate, siempre en los parques y nos pasábamos dos o tres horas en el parque tratando de sobrepasar la hora que habían dicho. Sí, entonces por eso le ponía Resistencia con café, pan e historia” (CMH, testimonio hombre, colcha de la memoria, taller con hombres, noviembre de 2015). P. 432.