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Nacional 7 Dic 2012 - 10:00 pm

Camino a la santidad

La Madre Laura, camino a ser santa

El testimonio de un médico de Medellín que milagrosamente se sanó de una infección mortal podría convertir a esta religiosa en la primera santa colombiana.

Por: Carolina Gutiérrez Torres
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La Madre Laura nació en Jericó, Antioquia, en 1874, y murió en Medellín, en octubre de 1949. / Archivo

El 13 de enero de 2005 ocurrió un milagro en Medellín. Ocurrió un milagro en una habitación de la clínica Las América donde yacía un hombre enfermo, desahuciado, que completaba un año postrado. Que acababa de recibir los santos óleos. Que antes de terminar el día cerró los ojos, recreó la imagen de la Madre Laura (1874-1949) y le dijo: “Madre, ayúdeme a salir de este trago tan amargo y yo la ayudo a subir a los altares”.

Ese día de enero ocurrió un milagro que le devolvió la vida a Carlos Eduardo Restrepo y que, de obtener la aprobación de la comisión de cardenales de la Santa Sede en Roma —ya el equipo oficial de médicos de la Congregación de la Causa de los Santos y de teólogos lo avaló—, convertiría a esta colombiana en santa. La primera santa del país.

* * *

La primera santa de este país fue bautizada cuatro horas después de nacer, bajo el nombre de María Laura de Jesús. Hija de cristianos. De una madre ama de casa —Dolores Upegui— y un médico y comerciante —Juan de la Cruz Montoya— asesinado en Jericó en 1876, cuando la niña apenas tenía dos años. Quedó la viuda sola, a cargo de tres hijos y sumida en la más cruda pobreza.

María Laura fue una niña infeliz. Sin escuela. Solitaria. Vivía en una finca en Amalfi, Antioquia, donde cuidó a su abuelo enfermo hasta el último día. En esa tarea se le fueron los años de la infancia. A los 16 años la familia decidió que era el momento de que ingresara a una escuela. Tenía que prepararse para empezar a ayudar al sustento de su mamá y sus hermanos. En 1893 se graduó como maestra del Instituto Normal. Se consagró como profesora.

Fundó su propio colegio en Jardín, suroeste de Antioquia, muy cerca de las tierras de los indígenas emberas. Los indígenas que se convirtieron en su causa, en su razón para despertarse y para vivir. Se convirtió en misionera y les entregó el resto de la vida a los “sin alma”, a esos hombres que eran tratados como esclavos o animales, y a los que ella —en un acto que las autoridades eclesiásticas tildaron de sublevación— reivindicó como humanos. La hermana rebelde, “hervidero de ideas libertarias”, hoy está a punto de ser santa.

***

Un día antes del milagro, Carlos Eduardo Restrepo tuvo una fiebre alta y continua. Una fiebre ajena al mal que lo había mantenido postrado por meses y que lo aquejaba desde los 13 años (en términos científicos se trataba de una enfermedad indiferenciada del tejido conectivo, que se tradujo en una artritis reumatoidea, luego en lupus y posteriormente en polimiositis refractaria).

El 13 de enero de 2005 le hicieron una endoscopia. La fiebre era el resultado de una infección provocada por una perforación en el esófago. “La sola infección —denominada mediastinitis— se asocia a mucha mortalidad o a una lesión secundaria muy severa y una recuperación muy lenta. Eso, en caso de un paciente que no tuviera las defensas bajitas, que no estuviera desnutrido como yo. Si me realizaban una cirugía el pronóstico era muy delicado. Si no me la hacían, era una bomba de tiempo”. La historia la reconstruye Restrepo por teléfono, desde Medellín, desde la unidad de alivio del dolor del Hospital Pablo Tobón Uribe, que él dirige. Es médico anestesiólogo, subespecialista en dolor agudo y crítico. Sabía bien las consecuencias de los resultados de ese examen.

Ese día supo que se iba a morir pronto. Se despidió de su familia. Su papá. Su hermano. Su tía. De su mamá, Martha Cecilia Garcés, que a esas alturas ya había perdido la fe en Dios y en la Santísima Trinidad y en todos los santos. “Ese momento fue brutal —cuenta la señora, de voz fuerte y acento paisa acelerado—. La imagen que yo guardo es nosotros cuatro abrazándolo y él en la cama. Yo lo sobaba para que el cuerpecito de él no se me fuera a olvidar. Para aprendérmelo. Yo sabía que si lo entraban a cirugía se iba a morir”. Al otro lado del teléfono la voz de doña Martha se escucha más frágil. Está llorando. La decisión fue no operarlo.

“Esa noche me despedí de mi familia. La noche del 13 de enero de 2005. En ese momento le pedí a la Madre Laura que me ayudara a salir de ese trago tan amargo. ¿Por qué a ella? Yo creo que eso es un misterio y un misterio para mí son las cosas que somos capaces de tocar, de ver, pero no sabemos la explicación. Le hablé a ella, ese es el hecho, pero ¿por qué la elegí si ni mi familia ni yo la conocíamos más allá de lo que todos sabían de ella? No sé. Hay varias cosas que tengo claras: no vi ninguna luz, ningún túnel, ni se me apareció ella. Me la imaginé como aparece en una estampita, que seguramente en algún momento yo había visto. Lo que sí me acuerdo es que le pedí con mucha tranquilidad. Dormí tranquilo después de mucho tiempo”. Tranquilo, como se escucha hoy.

Dice que al día siguiente comenzó la recuperación. Rápida. Inexplicable. Y 15 días después, cuando le hicieron un nuevo examen, surgió la evidencia del milagro: la perforación había desaparecido, sin una razón científica, como lo avaló en junio pasado el equipo oficial de médicos para la Causa de los Santos.

***

En 1914 la Madre Laura fundó las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena. Para seguir abogando por los indígenas. Para educarlos. Para atender a los enfermos. Lo hizo ella a un grupo de mujeres que describió así en su autobiografía: “intrépidas, valientes, inflamadas en el amor de Dios, que pudieran asimilar su vida a la de los pobres habitantes de la selva, para levantarlos hacia Dios”. Se internó en la selva de Dabeiba, Antioquia, y allí dejó nuevamente la vida trabajando con los katíos.

Murió en 1949, a los 75 años , luego de pasar casi una década en silla de ruedas. Nunca dejó de escribir (tiene más de siete títulos, incluyendo su autobiografía). Nunca se ha dejado de promulgar su vida y su obra y su palabra: hoy las misioneras de la congregación que fundó están en más de 15 países de América, Europa y África.

Después de 14 años de su muerte fue declarada Sierva de Dios. En 1991 el papa Juan Pablo II la nombró venerable, en 2004 fue beatificada —luego de que se aprobara la curación de un cáncer por su obra— y desde abril de 2005 se estudia el milagro del médico Carlos Eduardo Restrepo para canonizarla. Para convertirla en santa.

El próximo 10 de diciembre los cardenales darán su voto y de allí saldrá un decreto que pasará a manos del papa Benedicto XVI. Si los rezos de la hermana Surama Ortiz —secretaria general de la comunidad, quien recita de memoria las fechas y nombramientos— y los del resto de sus misioneras son atendidos, entre enero y marzo de 2013 ya será santa. La primera santa del país.

 

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