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Nacional 7 Mayo 2013 - 10:00 pm

A cuatro días de la canonización

"La Madre Laura nos puso a trabajar"

Las hermanas del santuario de la beata, en el barrio Belencito de la Comuna 13 de Medellín, no dan abasto para atender a la multitud de visitantes.

Por: Walter Arias Hidalgo / Medellín
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Según las religiosas, de aproximadamente 100 visitantes que recibían en el primer mes del año, han pasado a atender hasta 1.000 al día. / Luis Benavides

La madre Estefanía Martínez Velilla, 90 años, guarda con especial cariño entre sus recuerdos la suavidad de las manos de Laura Montoya. Las tocó y las besó especialmente cuando la Madre Laura yacía en su lecho de muerte, una cama de 90 centímetros de ancho que hoy, a cuatro días de que sea declarada santa, es el centro de un santuario visitado por centenas de peregrinos.

El sufrimiento de la Madre Laura era tan agudo que Estefanía y sus demás compañeras oraban para que la muerte aliviara ese dolor. La madre del Perpetuo Socorro recordó que Laura había dicho que no se podía morir sin la venia de monseñor Miguel Ángel Builes Gómez. Envió entonces a dos sacerdotes a buscarlo. Pero Builes, enfermo, respondió que le dijeran a Laura que podía morir tranquila.

Falleció el viernes 21 de octubre de 1949, a las 6:45 de la tarde. Ni Estefanía ni el resto de hermanas lloraron. Al contrario, sintieron alivio. Descansaron porque su madre, como le decían, había sido liberada del sufrimiento. Trasladaron el cuerpo a otra habitación. Le solicitaron a Antonio Flórez, el de la funeraria, hacer un ataúd ancho, a la medidas del cuerpo robusto de la religiosa. “El ataúd quedó tan grande que no cupo en la bóveda. Fue necesario quitarle los decorativos de los lados”, relata Estefanía con lucidez y fluidez que sorprenden a sus propias compañeras.

Hacía exactamente un año que Laura había hecho las gestiones para conseguir los terrenos donde hoy está ubicado el Santuario Beata Laura Montoya. El lote le había gustado, no se sabe la razón, desde que era niña. Por ello, en 1939 envió a su sobrino Rafael Montoya a encontrar un terreno en lo alto del occidente de Medellín, donde había una capilla, a buscar al dueño y preguntarle si estaba dispuesto a venderlo.

Camila de Sanín, como se llamaba la propietaria, respondió que sí, y el negocio se cerró en $20.000 el 13 de mayo de 1940. De inmediato, Laura empezó a trasladar, sin permiso del arzobispo, a varias hermanas de la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, fundada por ella el 14 de mayo de 1914.

Con 70 años en el santuario, Estefanía es la única allí que conoció en vida a Laura Montoya. Sabe al dedillo la historia de este lugar. Administra el archivo donde reposan 25 libros y más de 3.000 cartas escritas por Montoya. Y escribe todos los días sobre el trabajo de la congregación y la mujer a la que conoció por medio de una tía, cuando apenas tenía nueve años. Acaba de terminar una obra de 4.000 páginas denominada Obispos y sacerdotes en la vida de Laura Montoya.

Por estos días es la más asediada por peregrinos y periodistas. “Ayer (el lunes) tuve cuatro entrevistas y hoy (martes) me llamaron de la radio a las 6:00 de la mañana (…). La Madre Laura nos puso a trabajar”, dice.

Lo cierto es que durante las últimas semanas, las hermanas del santuario no dan abasto. De 100 visitantes aproximadamente que recibían en enero, han pasado a atender cerca de 1.000 al día. “Esto ha sido una invasión total”, dice en tono jocoso la madre superiora, María Orlanda Montoya. “Es como un bombardeo. Es un desfile de crucificados, de personas que vienen con un morral de peticiones y gente que viene a agradecer los favores recibidos”, relata mientras llama a la madre Surama Ortiz para decirle: “Por favor, atienda a este señor de El Espectador… ¡Estos son preguntones! ¡Ay Dios! ¡Qué locura, Dios mío!”.

El número de peregrinos aumentó desde el 20 de diciembre de 2012, cuenta la hermana Ortiz. Desde entonces, la habitación donde falleció Laura permanece llena. Detrás de una vitrina, los visitantes pueden ver con devoción la cama donde murió, la silla de ruedas, los platos en los que tomaba los alimentos, el mueble donde se sentaba a orar, la máquina Remington en la que escribió su generosa biografía, una muestra de cabello, un flagelo, las medicinas que tomaba.

Afuera, decenas de buses con más peregrinos que llegan de toda Antioquia y Colombia parquean al lado de la calle que, a propósito, lleva el nombre de Avenida Madre Laura. Entre tanto, cinco trabajadores limpian el piso de la plazoleta, las fachadas y la escultura de la próxima santa, la primera de Colombia. “Estamos arreglando la casa para la fiesta”, dice la hermana Ortiz.

Estefanía quiere vivir este día con tanta tranquilidad que rechazó las invitaciones para viajar a Roma. Aunque el domingo debe participar en las actividades del santuario, hubiera preferido ver por televisión la canonización de la Madre Laura desde Roma y las actividades que se van a realizar en Jericó, donde la santa nació el 26 de mayo de 1874, y en Dabeiba, donde realizó su labor de evangelización. Hubiera querido regocijarse sólo con la imagen de esa mujer que su familia llamaba “la señorita Laura”.

Con la certeza de que tuvo el privilegio de besar sus manos suaves, de acompañarla en sus últimos días de agonía —los tres últimos estuvo inconsciente— y ver morir a una santa, la madre Estefanía oró durante los últimos años para que Laura Montoya fuera canonizada. “Así lo hacíamos todas las noches. A partir del domingo debemos cambiar la oración”, dice.

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