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Nacional 30 Dic 2012 - 10:52 am

Quinta de abono en Cañaveralejo

El periodista Alfredo Molano Bravo retrata la fiesta brava.

Por: Alfredo Molano Bravo
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Cañaveralejo se llena poco a poco porque es difícil llegar cuando hay toros. Se hacen nudos de tránsito imposibles de desatar, los aficionados sudan de angustia en los semáforos que rodean la plaza. Unos resuelven caminar y llegan sin resuello; otros pitan, gritan, maldicen. Pero todos llegan –llegamos– y la plaza ayer para la quinta de abono se llenó: 15.000 cómplices de una ceremonia tantas veces perseguida. Los encierros que envía Miguel Gutiérrez son garantía de que se verán valor y arte si los diestros lo ponen. Ayer, los tres matadores, Diego González, El Juli y Bolívar, tuvieron de lo uno y de lo otro. Salvo el primer toro, Zorro, de casi media tonelada, aquerenciado y distraído, y el sexto, ibídem, los demás de Ernesto Gutiérrez hicieron honor al hierro. A Diego le tocó Zorro y nada pudo hacer. Le sonaron pito y rechifla. Con su segundo, Flamenco, de 450 kilos, las cosas se le pusieron feas en las de tanteo. El toro lo ensartó en el muslo izquierdo, lo zarandeó y lo arrastró ruedo adentro. Quedó exánime –como un muñeco de trapo– en la arena. Negó la enfermería y con ese pundonor que guardan los toreros en no se sabe dónde, volvió, vendado y sin chaquetilla, a cumplir. Nadie podía pedirle más.

El Juli a su técnica impecable sumó en su primero una dosis de arte exquisito. Cuando uno cree que ya nada nuevo tiene que mostrar, saca modos que descolocan juicios y enganchan al público como lo hizo ayer con Cerrajero, de 450 kilos. El torito se enamoró de los trapos de El Juli, primero con verónicas a pie junto y chicuelinas al paso y luego con una muleta airosa que con cuatro derechazos, tocó la música. Y nosotros el cielo a medida que lograba redondos y redondos. Uno indecible que obligó al toro a cambiar la dirección para sacarlo por el pecho, arriba donde nos tenía. En naturales, volvió a los circulares, templadísimo en alguno y por fuera en otro. Volvió a invertir el trazo y salió del hechizo con ojos suplicantes, místicos, como si no supiera a qué sitio había regresado. Seguramente porque quedó untado de otro mundo no pudo matar como el toro y la faena lo merecían. Lo reconocimos con una gran ovación.

Con el quinto, un feo y perseguidor de 512 kilos, la cosa fue igual y distinta. De entrada, verónicas a pie junto y revolera. En quites, cuatro lopecinas desplegando el capote como si quisiera parar el viento que ya comenzaba a molestarlo. Pero el toro carecía de fijeza y salió paseador. El Juli tuvo que perderle pasos para que pasara como un toro de lidia. Buscaba tablas con parsimonia. El torero buscaba seducirlo dejándose olfatear. El toro, más astuto que abúlico, se le escabullía hacia a tablas, Y allí lo convenció. Redondos otra vez y otra vez. Y tablas. Un par de naturales sin mucha pasión. Dos redondos y un pase por el pecho como mandándolo al cielo. El Juli cambia los papeles: persigue al toro, lo llama, le coquetea, hasta que lo hace y se lo enrolla a la cintura. Suena la música al final, porque es al final cuando lo somete O creía haberlo sometido porque de golpe, caminando, caminando, saltó a tablas y casi cae al callejón. Se habría matado si hubiera pasado. Como no pasó, le tocó al matador, que tampoco pudo ni en la primera ni en la segunda, y sólo con el descabello –y no sin trabajos– logró salir de ese toro caprichoso. Ovación. Raro que a esta figura que todo lo torea y lo torea bien, le hubieran tocado en la suerte los toros de cuernos más cerrados.

Bolívar es un torero hecho, como se dice, pero que conserva la virtud de no dejar de ser también un novillero. Eso le pone sal y pimienta, alegría, riesgo al toreo maduro y suave. Distante sí, por ratos. No se nota porque lo hace tan bien con la muleta, que uno no se da cuenta y si se la da, no importa. Su primero, de 456 kilos, tenía un nombre lindo Colibrí como lo merecía un toro encastado, bonito, rápido, que Bolívar recibió por chicuelinas y con chicuelinas lo llevó a los medios. Buen plante. Los quites se los dedicó a Pepe Cáceres y la montera al público. Esperó a Colibrí con un cartucho de pescado, siempre sorprendente. Y ligó con redondos templados, limpios; un invertido y un pase de pecho rompieron el silencio: palmas agradecidas y palmas seducidas. Con la izquierda, dos naturales sin enmienda que habrían podido ser cinco. Derechazos por lo bajo, manoletinas por lo alto y media tendida y defectuosa al perder el Colibrí un paso. Descabelló reprochándoselo a la suerte.

A su segundo lo recibió con tres largas cambiadas, novillero al aire. Verónicas de compás abierto. Pica excesiva y a la carioca dejó parado a Monedito con 514 kilos. Bolívar buscó entusiasmarlo de rodillas. Y lo coronó a fuerza de voluntad. Una serie de muletazos con la derecha que le tapaban la cara al toro para que no se le fuera a ir a tablas. Lo consiguió a medias y con un espadazo de oreja cerró la quinta de abono.

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