Sin coca también hay Oasis

La historia de un caserío en Arauca que experimentó el boom de los cultivos ilícitos con prostitutas, fiestas y lujos; se convirtió en pueblo fantasma luego de las fumigaciones, y hoy busca una nueva época dorada sembrando cacao.

La historia de El Oasis es tan reciente como turbulenta. El hombre más viejo, José Quiroga, tiene 101 años y tan sólo 30 los ha pasado en esta vereda del municipio de Arauquita.

Como la mayoría de sus 300 habitantes, el centenario fue a parar a estas tierras producto de la política de migración dirigida que el Incora, hoy Incoder, emprendió para poblar vastas regiones de los llanos orientales el siglo pasado.

Al llegar, su familia y decenas más, vieron el terreno propicio para el cultivo de maíz y la ganadería. Habían nacido en Boyacá, Casanare, Norte de Santander y Meta, pero el futuro pintaba prometedor en el naciente departamento de Arauca.

A comienzos de la década del 80 la nueva vida iba por buen camino. Los terrenos baldíos que el Gobierno les había otorgado se convirtieron en prósperos suelos y pastizales. De ser simples labriegos, los habitantes del Oasis se convirtieron en dueños y señores de tierras.

Sin embargo, a la zona, antes deshabitada y sin interés, llegaron invasores que aún hoy perturban. Por un lado, en 1980, guerrilleros del Eln sobrevivientes de la Operación Anorí, realizada por el Ejército en Antioquia, buscaron refugio en Arauca y conformaron el bloque Domingo Laín, bautizado así en honor al sacerdote español que intentó seguir los pasos de Camilo Torres.

Su llegada coincidió con el hallazgo en Caño Limón, Arauquita, de las reservas de petróleo más importantes del país hasta ese entonces. Con semejante descubrimiento (1,2 billones de barriles), la extorsión a las compañías se convirtió en una jugosa fuente de financiación para los “elenos” y en un motivo más para colonizar el territorio.

A esta guerrilla le sucedieron las Farc, quienes entraron a Arauca con la misión de disputarse el dominio de la región y cuyos enfrentamientos con el Eln dejaron un saldo incalculable de desplazamientos, desapariciones y asesinatos.

En un departamento a merced de las guerrillas y con extensas áreas de tierra disponibles no fue tan difícil enclavar el negocio de los cultivos ilícitos. Municipios enteros reemplazaron su vocación agraria y ganadera, a tal punto que en 2001 había 2.749 hectáreas de coca sembradas en Arauca, de acuerdo con informes de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).

El Oasis no escapó de este cambio. Según narran sus habitantes, antes del 2000 la vereda entera y sus alrededores ya giraban en torno a la coca. Hubo dinero para fiestas cada fin de semana, prostitutas traídas de lejos, camionetas y motos para los más modestos.

Efranio Ávila, por ejemplo, tenía entre 20 y 30 trabajadores en su finca para el cultivo de esta planta. Recuerda que los domingos, día de mercado, llegaban a la plaza personas de todo el país a comprar hojas o, incluso, coca procesada en laboratorios improvisados por los campesinos. “No había ni por donde caminar y se veía el billete por todos lados”, añade.

“Nadie se dedicaba a otra cosa, excepto los tenderos que surtían a la población de alimentos traídos de otros pueblos y departamentos, porque aquí no había más que hacer que la coca. La gran ventaja era que el que llegaba pobre, salía con plata. Esa era la ley”, narra José Herrera, campesino de la zona.

Pero el ocaso del boom cocalero fue prematuro. El ex presidente Álvaro Uribe no seguiría tolerando el reinado de las guerrillas y de sus negocios en Arauca, así que puso toda la fuerza de su seguridad democrática en este departamento con tácticas como las fumigaciones.

Luego de la advertencia del gobierno central y de rumores provenientes de Norte de Santander, donde la campaña presidencial contra la coca ya había empezado, en 2004, y sin previo aviso, la finca de Efranio Ávila desapareció entre una lluvia de glifosato. Tanto él como sus vecinos entendieron que era el fin de la época dorada, de las motos, las mujeres, el aguardiente y los festines. “Lo que fácil viene, fácil se va”, repite este campesino años después de su ruina.

El relato de Manuel Enrique Beleño es el mismo: “Con la fumigación perdí hasta lo que no tenía. Aguantamos hambre, no había yuca ni plátano por ningún lado, se me murieron los animales y los que nacían, nacían enfermos. Apenas nos quedaron los recuerdos del trago, las fiestas y los paseos”.

El conflicto también se acentuó e hizo aún más dramática la vida en la vereda. La guerrilla, que antes andaba como “Pedro por su casa” por El Oasis, se escondió en el monte. Aumentaron los combates, las amenazas, las muertes, las extorsiones y la pobreza. Para muchos no había otra opción distinta que el exilio.

Según el Comité Permanente para los Derechos Humanos de Arauca, la confrontación armada provocó el desplazamiento de 54.000 personas entre 1998 y 2008. Sólo en el área rural de Arauquita, 4.500 familias terminaron desarraigadas y veredas como Aguachica, El Oasis y Caranal, quedaron prácticamente desiertas.

“En esa época El Oasis parecía un pueblo fantasma. Los que habían ahorrado y tenían bienes, se quedaron, pero los que derrocharon la plata, es decir la mayoría, tuvieron que irse con lo poco que consiguieron. Ya no había tierra ni tranquilidad y la gente tuvo que entender que la coca sólo trajo dolor”, cuenta Alcira Gómez, madre de dos niños y una de las que permanecieron en la vereda.

Según ella, “ni siquiera nos valió tener en nuestro municipio el complejo petrolero más grande del país”.

Como si fuera poco, según cuenta Omaira Fernández, profesora de El Oasis desde hace 13 años, los cultivos ilícitos también penetraron en las entrañas de la escuela. En el 2001 había 230 estudiantes de todos los rincones del país cuyos padres llegaron detrás del sueño de la coca. Los 9 maestros no daban abasto, pero el negocio también cautivó a los niños y muchos dejaron de estudiar. Otros tantos huyeron con las fumigaciones y la planta quedó de apenas dos maestras y 35 niños.

Mauricio Blanco, joven de 18 años, no alcanzó a terminar cuarto de primaria. Cuando tenía 8 años fue testigo de la “buena vida” que llevaban los cocaleros, y como en su casa tenían 15 hectáreas de este cultivo, no dudó en cambiar la escuela por el trabajo.

Aunque Ganaba entre $200.000 y $300.000 semanales por “raspar” (convertir en pasta) las hojas de la planta y tenía moto y la admiración de los demás niños de Oasis, poco a poco se fue dando cuenta de que algo andaba mal. “Me daba miedo trabajar. Yo mismo vi cómo una vez el Ejército casi se lleva a mi papá y me di cuenta de que la guerrilla reclutó a varios amigos que nunca volvieron”.

Así, muchos niños crecieron por fuera de las aulas, esperando tal vez una nueva racha de suerte. Mientras tanto, por las mismas razones y en la misma época, El Oasis también se quedó sin enfermeras, sin médico y sin puesto de salud. “La guerra los espantó”, explica Zuly Salamanca, la única que suministra medicamentos básicos y primeros auxilios en la vereda.

Cuenta ella que el centro de salud más cercano está a una hora en automóvil, y que durante los largos recorridos ha muerto más de un amigo por mordeduras de serpiente, partos sin atender, dengue hemorrágico o infartos.

Sin embargo, la situación tiende a mejorar. Según el último reporte de la UNODC, de más de 2.000 hectáreas de coca sembradas hace una década, Arauca redujo esa cifra a 81, gracias, en parte, a la erradicación manual voluntaria que muchos campesinos han adelantado.

Los sobrevivientes del abismo al que condujeron las fumigaciones, reciben hoy acompañamiento del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para aprender a sacar provecho del campo, restaurar las tierras que deterioró el glifosato y acostumbrarse a El Oasis sin coca.

Desde hace dos años, por ejemplo, Efranio Ávila tiene pasto para alimentar a 30 vacas que producen 100 litros de leche mensuales y generan ingresos superiores a los $2 millones, similares a los de la coca, con la ventaja de que “ahora estamos en paz y ya no vivo con esa zozobra de que me van a pillar”.

Ávila sembró 2 hectáreas de cacao y, aunque aún no ve los frutos, sabe que este cultivo nunca deja de crecer y podría significarle ingresos de por vida a él y a otros 50 agricultores con la misma iniciativa.

“Antes había más plata, plata llena de odio. Ahora si me ven con un kilo de cacao ya no me da miedo, nadie me puede decir ni hacer nada. Vivimos mejor, realmente como en un oasis”, concluye.

 

* La visita a Arauquita fue posible gracias a la invitación que extendió a El Espectador la oficina en Colombia del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), el cual realiza laborales humanitarias en la zona.

 

 

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