Voluntarios en el silencio

En 2008, la psicóloga italiana Eva Pattis compartió sus métodos con sus homólogos de Colombia. Hoy, voluntarios y profesionales los aplican y los niños que han vivido situaciones extremas son los beneficiarios y también maestros.

Muchos niños y niñas en Colombia sufren condiciones adversas para su desarrollo y nos sentimos impotentes. Han vivido y visto el sufrimiento de sus familias por situaciones de desplazamiento o fueron testigos de largas travesías para huir de sus tierras por el temor de ser alcanzados por la violencia. Niños y niñas que han visto decaídos y deprimidos a sus padres tras haberlo perdido todo. Ellos, recuerdan con nostalgia sus casas levantadas con esfuerzo pero rodeadas de verde y de naturaleza, ahora viven en un espacio de 2 x 2, sin certeza de cómo obtener lo que necesitan.

Niños y niñas que antes de aprender a leer ya reconocen las fronteras invisibles que delimitan barrios y comunidades; que aunque vivan en Bogotá, Medellín o Barranquilla no conocen sus ciudades pues no salen nunca de sus barrios. Niños y niñas que han sufrido abusos y abandonos, que han sentido rechazo social, en algunos casos de sus propios familiares, o que en lugar de estar jugando están preocupados por sus padres, acompañándolos en el rebusque diario. Niños y niñas que han empezado a perder sus esperanzas e ilusiones y que permanecen solos y encerrados en espacios de cemento y ladrillo porque afuera no hay adonde ir o no es seguro.

Sólo enumerar esta lista produce agobio, por eso, desde hace varios años, un grupo de voluntarios colombianos hemos decido contribuir acompañándolos, en su situación de vulnerabilidad, a crear y expresar en el silencio. Un silencio que no pretende opacar las palabras sino generar espacios para que otros puedan expresarse, ser vistos, escuchados y sentidos. No podemos cambiar sus realidades pero sí podemos generarles espacios y condiciones acordes a su edad, que a su vez les permita desarrollar nuevos recursos personales para afrontar su presente y elaborar lo que han vivido junto a voluntarios dispuestos y entrenados para tales funciones.

Partimos de que estos niños y niñas son más que sus situaciones y, que todo lo que les ha sucedido ni los determina ni tampoco los condena. Por eso, quienes hemos sido testigos de su transformación, de sus momentos de dolor y de desconcierto en un país pleno de recursos y continuo desarrollo económico, social y cultural, nos sentimos satisfechos y sorprendidos de constatar cómo pueden llegar a verse a sí mismos de una manera distinta. Desde nuestra orilla, así no volvamos a vernos, a los voluntarios sólo nos queda la gratitud a esos niños y niñas por habernos permitido estar juntos y confiar en todo aquello que junto a ellos pudimos crear y transformar.

De manera sencilla, un día una madre nos sorprendió con estas palabras que resumen la experiencia vivida por su hijo: “Yo no sé qué chip es el que ustedes le mueven a los niños pero funciona. Les dieron un mundo por construir, pusieron en sus manos recursos para que pudieran hacerlo, les mostraron que lo material no es tan importante como lo que pueden hacer con lo que tienen. Mi hijo me dijo cuando terminó el proceso: todo lo que hay allá es mucho y nunca lo he tenido, pero ahora puedo definir lo que quiero hacer. Ustedes les pusieron un tesoro en las manos con el que pueden hacer algo más. Ojalá lo sigan haciendo con muchos otros que lo necesitan”.

Un proceso posible gracias a la metodología de Trabajo Expresivo con Arena creado por la International Association for Expressive Sandwork (IAES), que la analista junguiana de origen italiano Eva Pattis compartió con un grupo de voluntarios colombianos en 2008. Vivíamos inquietos por la situación de muchos niños y ahora podemos aplicar sus ideas en Bogotá, Medellín y Barranquilla, en alianza con organizaciones como la Fundación Batuta (Programa Música para la reconciliación del DPS), la Fundación Voto Nacional, la Fundación Operación Sonrisa, el Hospital Universitario de San Vicente Fundación y la Fundación Suramericana. Todos unidos al compromiso de servir a la sociedad.

Cada semana, apretados en el Transmilenio bogotano, montados en el Metro Cable de Medellín o tomando cualquier otro medio de transporte público, comienza el trabajo con los niños y niñas que deben sentir que su entorno y su historia merecen ser compartidos y escuchados. Son muchos menores que han crecido o se han visto expuestos a situaciones inadecuadas de riesgo y nunca han tenido acceso a procesos de apoyo. La idea es que, con el acompañamiento de voluntarios y la metodología de IAES, tengan ahora la opción de comprender y resignificar lo que les ha sucedido y encontrar en sí mismos los recursos de sus capacidades. Que su natural necesidad de jugar se convierta en una oportunidad de crecer en su propio entorno.

Necesitan apoyo y los voluntarios estamos dispuestos a compartir con ellos la creación de espacios libres y protegidos en los que puedan encontrar su creatividad. Los propios niños y niñas lo reconocen, valoran y lo demuestran con sus representaciones, gestos, expresiones o palabras. Una menor, por ejemplo, durante la última sesión comentó: “Hoy, último día de Trabajo Expresivo con Arena, me da alegría lo que las personas pusieron. Es algo que nosotros expresamos, que sentimos”. Una experiencia que durante 12 mañanas, en diferentes lugares de Colombia, ha permitido a grupos de niños y a voluntarios , encontrarse en el propósito común del desarrollo.

Para los voluntarios la jornada comienza creando escenarios en los que cada niño o niña pueda representar lo que requiere expresar sin que las palabras sean necesarias. Brindando espacios de aprendizaje sobre situaciones vividas. Son adultos y niños que se miran, se sonríen, se acompañan. Confían los unos en los otros sin saber sus nombres. La idea es potenciar ese vínculo y fortalecer la capacidad de los menores de autorregularse y afrontar su realidad. Poco a poco, mientras avanza el proceso, ellos van teniendo cambios en su comportamiento. Disminución en sus niveles de ansiedad o de agresión, conductas de autocuidado, persistencia, empatía, autoafirmación o comunicación, y una clara mejora en los procesos cognitivos de atención, concentración y motivación.

Uno de los voluntarios define así su experiencia: “Constaté como los niños salían de su coraza y cómo necesitan de otras personas (…) Me dio tristeza, por ejemplo, el caso de una niña en situación de vulnerabilidad, pero la sentí fuerte a pesar del drama que estaba viviendo. Esa fortaleza me animó y me dio alegría saber que, a partir del trabajo común, potenció su fuerza (…) Pronto me di cuenta del impacto que tiene para la comunidad y la manera de vincularse en la diferencia y el cuidado del otro. Agradezco ser parte de una metodología profundamente respetuosa con los otros y necesaria en Colombia. Hoy me pregunto quién ayudaba a quién o a quién le cambió la vida”.

El método no requiere de voluntarios con conocimiento o experticia particular, sino disposición y deseo de acompañar a un niño que necesita presencia empática para movilizar su proceso. Él confía en la capacidad de quien lo acompaña y no lo juzga porque no tiene más expectativas que el presente. Quien lo escucha es totalmente empático y dispuesto a recibir lo que el niño expresa. El adulto se da cuenta que existe un universo distinto al suyo, lleno de infinitas posibilidades de ser y de estar. A través de los niños en situaciones difíciles uno se encuentra con un país que muchas veces desconocía. Era como si antes de la experiencia hubiera permanecido en la penumbra.

Al final, ambos establecen un vínculo que les permite aprender el uno del otro y saber que, independientemente de sus situaciones de vida, forman parte de un mismo país, de una misma sociedad que se van tejiendo en el día a día. Lo que le pase a uno afecta y es importante para el otro. Se crean nexos entre niños y voluntarios, que acogen una nueva manera de percibir el entorno. Todos aportan y ganan, encontrando creativas maneras de hacer país. Como afirma el sacerdote Darío Echeverri, de la Parroquia del Voto Nacional, “aquí estamos haciendo patria., Gracias a los voluntarios por su tiempo, por aportar al futuro de Colombia”.

Es el aprendizaje de dar y recibir en el silencio, de agradecer la vivencia con niños y niñas que enseñan su capacidad de transformar imágenes de dolor, desplazamiento, abandono o abuso y hacen sentir que sus historias no son ajenas: “Por primera vez me siento parte de un sembrado mundial. Antes pensaba que no podía hacer nada, ahora siento conciencia cultural y sé que lo que hacemos arranca en pequeño pero crece mucho. Ya no somos los mismos de antes, somos un tejido social que crece en ética, valores y responsabilidad. Es una manera de construir patria y reconocer el valor del silencio, los sentidos y las emociones. De poder caminar con otro de la mano dejándolo volar”.

No podemos quedarnos pasivos ante lo que sucede. Tenemos un país maravilloso donde, el sufrimiento de un enorme porcentaje de sus ciudadanos impacta. Imágenes de horror que han quedado sembradas en niños y niñas que las vivieron y necesitan ser expresadas, elaboradas y contrastadas con nuevas formas y creativas relaciones. El objetivo es que, cuando esos menores sean adultos, sus vidas estén llenas de oportunidades para ser cada vez mejores seres humanos y ciudadanos con derechos y responsabilidades. Es comprender que la solidaridad y el respeto por la dignidad del otro no son valores que se enseñan, son y deben ser experiencias de vida.

La caja de arena

El método fue creado  por la psicoterapeuta suiza Dora Kalff, basada en los principios del psicólogo Carl Gustav Jung y la psiquiatra infantil Margarita Lowenfeld. La idea es que los niños utilizan símbolos para recrear su mundo interior y el juego constituye el repertorio de sus conductas sanas. En 2008, la analista italiana Eva Pattis Zoja, promotora de esta metodología, compartió sus enseñanzas con varios profesionales y voluntarios colombianos, de allí surgió la idea que esta opción de fortalecimiento psicológico, aplicado con éxito en Sudáfrica y China, se aplique ahora en Colombia. Los niños reaccionan a cualquier dificultad o trauma jugando y esa es su mejor forma de aproximarse al mundo que los rodea.  Hoy, en Bogotá, Medellín, Barranquilla y otras ciudades del país, voluntarios y profesionales desarrollan las técnicas propuestas con eficaces logros en poblaciones vulnerables. Por respeto a los niños y sus familias, sus imágenes no hacen parte de la divulgación de sus aciertos.       

 

 

*Psicóloga y formadora de Trabajo Expresivo con Arena.

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