13 años después, Farc lloran por masacre de Bojayá

Así lo admitió el jefe guerrillero Pastor Alape, a quien dos veces se le quebró la voz en pleno acto de reconocimiento de responsabilidad por el cilindro bomba que le quitó la vida a 79 personas que se refugiaban de la guerra en una iglesia.

Archivo particular.

Al cinto no lleva fusil, sino la funda de las gafas que usa de manera permanente para menguar sus problemas oculares y sin las cuales le habría sido imposible leer el documento de cuatro páginas que en pleno rayo de sol ofreció como homenaje a las víctimas de Bojayá. La barba negra con la que aparece reseñado en los documentos de inteligencia se tornó hace mucho tiempo blanca, en parte por el peso de los años, en parte por la carga de la guerra. De sus discursos desafiantes del pasado no hay seña.

Pastor Alape ahora habla de paz. Bueno, siempre lo ha hecho, pero ya no con la arrogancia de las Farc de hace 15 años, esas que embelesadas con la capacidad militar de entonces creían que se tomarían el poder por las armas y decretarían la reconciliación y la equidad nacional. Su discurso, el de las Farc (que desde hace tres años negocian un acuerdo de paz con el gobierno) y el de Alape, han cambiado mucho.

Alape, el de la boina negra que fue jefe del frente Atanasio Girardot (el que absorbió al Guadalupe Salcedo), del frente Juan de la Cruz Varela y del frente Magdalena Medio, ahora actúa más como el Félix Antonio Muñoz de los años 80, un activista político natural de Puerto Berrío, Antioquia, al que tiempo después la vida llevaría a guerrillero de alto rango. Tan alto, que se convertiría en negociador de paz en Cuba.

Unas 700 personas lo vieron el pasado 6 de diciembre llegar hasta Bojayá para pedir perdón por la masacre desatada el 2 de mayo de 2002, cuando la guerrilla lanzó un cilindro bomba que acabó con la vida de 79 personas que se refugiaban en una iglesia de los combates entre guerrilla y paramilitares. 48 de las víctimas eran niños. 

Llegó con otros cinco guerrilleros sin armas y todos se mostraron compungidos al comprobar que el dolor de los lugareños sigue vivo, que el amor por las víctimas de la tragedia no se acaba y que el humilde pueblo no baja la cabeza pese a que le tocó vivir todas las tragedias juntas. Desde el histórico abandono estatal, hasta la violencia desatada por los paramilitares y guerrilleros.

Alape guardó silencio mientras le tocó el turno de hablar y recorrió con su mirada las vetustas casas de la zona, el remedo de cancha de baloncesto en el que alguna vez sonrieron los niños y la maleza circundante en aquello que alguna ve fue caserío y que hoy las comunidades locales quieren que sea declarado como monumento a la memoria en Chocó.

Ya entrada la tarde y tras presenciar una obra teatral que recreaba los horrores vividos en Bojayá, Alape se dirigió a los padres, hermanos e hijos de aquellas personas a las que el cilindro bomba de las Farc les quitó la vida hace 13 años. Cuatro minutos y 28 segundos duró su intervención, en la que se esforzó por darle el estricto valor a cada una de sus palabras. Y se mostró profundamente respetuoso con los chocoanos al "solicitarles que acepten nuestra disposición para rendir tributo y honrar la memoria de las víctimas que ha producido este largo conflicto".

"Episodios desgarradores como los ocurridos en esta comunidad y en los que tenemos parte de responsabilidad no pueden volver a repetirse. Nosotros también hemos llorado con honradez por la muerte inocente de quienes esperaban misericordia, por los hombres y mujeres, ancianos y ancianas, niñas y niños... Hace 13 años pesa en nuestros hombros el dolor desgarrador que afecta a todos ustedes", dijo Alape con voz quebrada por la emoción.

Habrá, por supuesto, voces que asuman con incredulidad sus palabras, pero quienes le escucharon en Bojayá quieren creer que el discurso era sincero. No porque sean incautos o desconozcan las atrocidades la guerrilla. Las saben mejor que cualquier otro colombiano. Las padecieron. Las sufren aún. Lo que pasa es que la gente del Chocó es gente buena. Tanto, que en medio de su infinito dolor está dispuesta a escuchar en sus tierras a aquellos que tanto dolor sembraron.

Alape continuó: "Sabemos que las palabras no reparan lo irreparable, no devuelven las personas que perecieron y tampoco borran en sufrimiento causado. Sufrimiento que se refleja en los rostros de todos ustedes, por quienes ojalá algún día seamos perdonados".

Las pausas en su relato no podían menos que mantener viva la atención de la gente y nadie le interrumpió, porque cada quien sentía quebrada su propia voz.

El alto comisionado para la paz, Sergio Jaramillo, también reconoció la responsabilidad del Estado, que ha sido condenado dos veces por su inacción en una masacre anunciada.

Anunciada como tantas otras de las que ocurrieron en la país. Porque si el acto de perdón de las Farc en Bojayá resultó doloroso y hasta sensibilizó a los jefes de la guerrilla que lo perpetraron, es mucho más doloroso saber que ese fue apenas el primero de muchos y que el país está lleno de lugares humildes que siguen esperando no sólo una disculpa, sino una explicación sobre la violencia sembrada en ellos. Y una garantía de que aquellas atrocidades no se repetirán.

La tarea apenas comienza.