¿Cuál sería la posición de las FF.MM. en la búsqueda de la paz?

Los militares retirados acaban de solicitarlo. También quieren un asiento en la mesa de negociaciones.

El presidente Juan Manuel Santos y su cúpula militar./ EFE
El presidente Juan Manuel Santos y su cúpula militar./ EFE

Que quieran participar es lógico, pero, aunque todos reconocen que su apoyo al proceso será clave, nadie sabe qué papel tendrán en él, ni si la institución castrense estará unida frente al tema.

Lo cierto es que las experiencias pasadas no son muy alentadoras. Son varios los procesos de paz en los cuales los militares participaron. En El Salvador, el jefe del Estado Mayor, general Mauricio Vargas, era parte de la delegación del Gobierno. En Guatemala, el general de brigada (retirado) Otto Pérez suscribió los tratados en representación del Ejército guatemalteco. En Argelia, el general Liamine Zeroual encabeza las negociaciones. En esos lugares esa presencia se justificaba, pues los militares no sólo controlaban a los regímenes civiles, sino que tenían intereses personales en sectores económicos de sus países.

Tal justificación pierde sentido en países cuyos regímenes políticos no son autoritarios. Entonces: ¿qué pasa cuando los militares dependen del poder civil?

Varios elementos abogan a favor de cierta prudencia en cuanto a una participación directa de los militares en negociaciones:

De un lado, está la razón de ser del mandato de los militares. Pedir a un militar que participe en una negociación con sus enemigos al mismo tiempo que se le demanda ganar la guerra, puede resultar paradójico. “Si ganar la guerra es una tarea de orden militar, ganar la paz es una tarea política”, recordó el general salvadoreño Mauricio Vargas. Puede, por lo tanto, ser difícil pedirle a un militar que gane cierta confianza con su enemigo para negociar, cuando se le exige vencerlo o debilitarlo.

Por el otro lado se encuentran las posibles tensiones entre el Ejército y el poder civil durante una negociación. Existen temas que, si bien son políticos, afectan también a los militares como institución, por ejemplo, las negociaciones sobre la reducción de las fuerzas armadas o la concesión de una posible amnistía.

En teoría, incluir a altos mandos militares en las negociaciones presenta también ventajas:

Primero, una ventaja técnica. Son varios los puntos sobre temas militares. En general, todo lo relacionado con los arreglos de seguridad: cese al fuego, creación de zonas desmilitarizadas, cronograma de desarme, etc. Incluir a altos mandos militares en las negociaciones permite que estos tópicos puedan ser discutidos.

Segunda ventaja: sentar a los enemigos en el terreno, frente a frente, le da ciertas garantías adicionales al proceso. Después de muchos años de combate sin una victoria de una parte sobre la otra, los militares suelen sentir cierto miedo, pero también algún tipo de respeto por sus enemigos. Muchos consideran que incluir a los militares en conversaciones le da más legitimidad y seriedad al proceso.

Sin embargo, existen también riesgos al excluir a los militares: en caso de no participar en las negociaciones, sería más difícil que, firmada la paz, los militares acepten los acuerdos firmados.

Si los militares quedan por fuera de las negociaciones, existe el riesgo adicional de que intenten realizar un golpe de Estado. Existen casos donde, a pesar de que los militares tuvieron un representante en las negociaciones de paz, planificaron golpes de Estado, como en El Salvador, cuando bajo el liderazgo del excomandante Juan Bustillo intentaron un golpe contra el presidente Cristiani.

En Colombia, los militares nunca integraron realmente los equipos de negociación, salvo en el caso del general retirado José Gonzalo Forero Delgadillo, quien estuvo en el equipo negociador del gobierno Pastrana en el Caguán. “No conquistar a las FF.AA. para el proceso de paz fue el gran error de Betancur”, dijo una vez John Agudelo, uno de los negociadores de los acuerdos de La Uribe. Por su lado, las Fuerzas Armadas colombianas no siempre apoyaron las conversaciones de paz de las administraciones de turno; incluso parecían actuar más bien como ruedas sueltas en medio de las mismas. (Continúe en el balcón de la p. 4)