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Paz 29 Dic 2012 - 9:00 pm

Yo estuve...

Negociando con las Farc en Cuba

Hermano del Presidente la República, curtido periodista y con experiencia en iniciativas de negociación con la guerrilla, Enrique Santos Calderón fue el hombre clave en la fase inicial de los actuales diálogos de paz con las Farc. Así nació el proceso de la Habana.

Por: Enrique Santos Calderón
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    http://www.elespectador.com/noticias/paz/articulo-394489-negociando-farc-cuba
    http://tinyurl.com/czz4s2h
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/Foto: AFP

“Poco antes de la elección de Juan Manuel decidí irme a Miami para tomar distancia y comenzar a escribir un libro de memorias. En uno de mis viajes a Colombia le dije al presidente que lo apoyaría en su plan de conseguir la paz. A él le sonó mucho la idea, ya que yo había trajinado en procesos de paz anteriores y conocía a dirigentes históricos de las Farc y Eln. Les dio mi nombre y la respuesta fue positiva. Así quedé embarcado de manera irreversible en este proceso en el cual creo, porque lo considero una obligación moral y política.

Ya se habían dado los primeros contactos directos entre emisarios de las Farc y del Gobierno. Lo primero fue discutir dónde nos sentaríamos a dialogar. La guerrilla insistía que en Colombia o en Venezuela. Nosotros fuimos enfáticos en que por ningún motivo sería en Colombia. Nos decidimos por Cuba, por seguridad y, sobre todo, porque garantizaba confidencialidad.

Luego vino un tema más difícil: la extracción de la selva de Mauricio Jaramillo, El Médico, y su traslado a Cuba sin que nadie se enterara, ni siquiera las Fuerzas Armadas. Hubo aplazamientos, dudas, desconfianza. Fue muy difícil convencer a las Farc para que, después de la ‘Operación Jaque’, aceptara montar al jefe del bloque Oriental y miembro del secretariado, en un helicóptero suministrado por el Estado. En el momento de recogerlo se apareció con una guardia de más de 50 hombres armados hasta los dientes, al final hubo llanto de las guerrilleras y ceremonia de despedida. Ese fue el primer gran logro: poner a Jaramillo en La Habana. Ese proceso duró cerca de un año.

Venía a cada rato desde Miami a reunirme con el equipo a diseñar estrategias, visualizar escenarios, construir la agenda. Al fin, el 23 de febrero, llegamos a La Habana, un día antes de la primera sesión formal. Esa noche noruegos y cubanos organizaron el primer contacto personal. Fue en la llamada Casa de Piedra, que curiosamente había sido de uno de los hijos de Batista. Hubo una copa de vino y sánduches. De los presentes, sólo había conocido a Andrés París, en el Caguán. Fui amigo de uno de sus hermanos, Rubén Carvajalino, colaborador de Alternativa. El encuentro fue una mezcla de nervios, emoción, tensión y expectativa. Fue cordial, pero con distancias, queríamos evitar similitudes con la francachela del Caguán.

Al día siguiente se instaló la mesa. Tras unas breves palabras de bienvenida del garante cubano Carlos Fernández de Cossio, un tipo con experiencia en negociaciones en Angola y Namibia, hablé yo y luego El Médico. Nuestro equipo tenía claro que habría tres fases: la exploratoria para construir un acuerdo marco, la discusión de la agenda y luego la implementación de los acuerdos. En el Gobierno pensábamos que sería cuestión de semanas ubicar temas básicos y acordar una agenda. Pero pronto surgieron hondas diferencias e infinidad de problemas de lenguaje y semántica. Por ejemplo, la palabra desmovilización para las Farc significa humillación, traición a sus ideales. Dejar las armas era para ellos algo inconcebible.

Al comienzo nos sentábamos mañana y tarde. Era agotador y estresante porque con frecuencia llegábamos a puntos donde no se avanzaba. Las pausas para el café fueron fundamentales para hablar con menos tensión. Descubrimos que sería más productivo sesionar en la mañana y dedicar la tarde a evaluaciones y a preparar el día siguiente. Ese esquema se mantiene hoy. En total tuvimos 10 encuentros y unas 70 sentadas a la mesa.

Hubo un incidente delicado cuando las Farc quisieron condicionar la liberación de soldados y policías a una visita de Piedad Córdoba a los guerrilleros presos. Fue difícil hablar mientras en Colombia seguían los combates y Uribe no hacía más que fustigar. Pero acordamos que lo que ocurriera en el campo de batalla no se trataría en la mesa.

Por el camino nos dimos cuenta de que los delegados de las Farc tenían que consultar mucho con sus superiores y que, por razones obvias, no tenían las facilidades de comunicación que teníamos nosotros, eso retrasaba el proceso. En alguna ocasión, por allá en marzo, nos enteramos de que Timochenko estuvo en La Habana. Nunca lo vimos. Varias veces estuvimos al borde de la ruptura, una de ellas por el tema de la dejación de armas. El asunto fue tan tenso que El Médico, quien había dejado de fumar años atrás, recayó en el vicio. Yo ya había recaído.

A mediados de julio, al fin, vimos cerca la firma del documento, pero duramos más de un mes haciendo retoques y discutiendo el preámbulo. El 27 de agosto firmamos. Fue en la Casa de Piedra, donde siempre nos reunimos, como a las cinco de la tarde, porque el canciller cubano Bruno Rodríguez quería estar presente. Se puso una mesa con mantel y en medio del ajetreo de las fotos y filmaciones estábamos corrigiendo comas, sacando las últimas copias. Fue un momento de gran distensión, mucha alegría y algo de protocolo. Nos habíamos quitado como 17 pianos de encima.

Se acordó que se divulgaría 10 días después, de manera simultánea pero separada. Intercambiamos apuntes de lo que serían los discursos del presidente y de Timochenko. Salimos felices hacia Bogotá. Cuando paramos a tanquear el avión en Islas Caimán, nos enteramos de que Pacho Santos y Telesur habían filtrado el acuerdo. Fue un baldado de agua fría, hubo recriminaciones y culpas mutuas, pero al final entendimos que ya habíamos superado lo más difícil.

Cuando me despedí de los guerrilleros, les expliqué que había terminado mi misión y que había decidido no seguir en la siguiente fase. El Médico también me contó que no seguiría. No es un hombre de echar discursos, se nota que le hace falta el monte. Creo que para Semana Santa debe haber salido siquiera el primer punto. Conozco a mi hermano, él está jugado con esto, pero su paciencia no es infinita. Tampoco la del país”.

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