Paz |29 Mar 2009 - 11:02 am

“No murieron 30, fueron muchos más”

Noticia de un secuestro

Por: Alfonso Rico Torres

Virginia Franco, madre de Luis Alfonso Beltrán, uno de los militares canjeables de las Farc, revela los detalles inéditos que conoció hace pocos días sobre el plagio de su hijo.

Compañía de consuelo
Foto: Daniel Iannini - Elespectador.com
La foto del sargento viceprimero del Ejército Luis Alfonso Beltrán Franco, el único consuelo de la señora María Virginia Franco de Beltrán, en la sala de su vivienda, al sur de Bogotá.

Es martes y el sol de mediodía ilumina la Plaza de Bolívar de Bogotá. A un costado un grupo de aproximadamente 80 personas se reúne en busca de alguien que los  ayude ante su situación de desplazamiento. Al otro lado, en la acera correspondiente a la Catedral Primada, una mancha blanca que ya se volvió costumbre.

Un grupo de mujeres, no es fácil establecer cuántas, lleva una hora y treinta minutos exponiendo carteles a favor del acuerdo humanitario y fotos del hijo, el padre, el amigo, el hermano secuestrado. Son de Asfamipaz (Asociación colombiana de familiares de miembros de la Fuerza Pública retenidos y liberados por grupos guerrilleros). Cada ocho días, así la lluvia las intente hacer desistir o el sol busque arrebatarles el aliento, ahí están, gritándole al Congreso que haga algo para sacar a los suyos de la selva.

“A veces sale uno que otro congresista”, señala María Virginia Franco de Beltrán, una señora de 68 años de edad a cuyo hijo, Luis Alfonso Beltrán Franco, las Farc lo secuestraron el 3 de marzo de 1998, siendo considerado ahora como uno de los “canjeables” del grupo insurgente.

Plagiado en el ataque a El Billar, una vereda de Cartagena del Chairá (Caquetá), cuando los subversivos arremetieron contra la Brigada Móvil N° 3 del Ejército, el sargento viceprimero Luis Alfonso Beltrán sigue viendo cómo se le esfuma la vida en la manigua junto a otros uniformados, incluido el también sargento viceprimero Luis Arturo García, quien corre la misma tragedia desde ese día.

“Hasta el sábado 14 de marzo pasado vine a saber bien qué pasó cuando lo secuestraron”, señala contundente. “Hablé con la señora Edilma Zambrano, defensora de Derechos Humanos en Peñas Coloradas (Caquetá) y secretaria de la Junta de Acción Comunal en esa época. Fue el ángel de la guarda para los 27 militares que sobrevivieron al ataque de El Billar, que duró tres días”.

Así, mientras salía de la Plaza rumbo a su hogar, al sur de la ciudad, habló de lo que se enteró. “Nos reunimos en Bogotá y me contó todo lo que le ha tocado vivir, pues no es fácil resistir a la guerrilla. Dijo que en aquella oportunidad lo primero que les pidió fue que se les respetara la vida, que les dieran de comer a los militares, pues algunos ya estaban a punto de desmayarse, con un olor que nadie se aguantaba producto del sudor, de haber cargado heridos, de untarse de sangre y en las circunstancias propias de un combate”.

Prosigue: “Me contaba que algunos estaban en pantaloncillos. Ella logró que las Farc les permitieran bañarse. Mientras tanto, la señora Zambrano compró 27 sudaderas para que se cambiaran. Me decía que había un comandante al que le decían Vallenato, que ya mataron, y que fue a él a quien le suplicó que no los matara. Entonces dizque él le ordenó a la población de Peñas Coloradas abandonar el pueblo para quedarse solos con los militares. Definitivamente los querían matar. Ella se le enfrentó a la guerrilla y le pidió a la gente no dejarlos solos por nada en la vida, no había que huir. Cuenta que un funcionario de la Junta cogió a su familia, la montó en una lancha y se fue río abajo. Me decía que estaba muy asustada, pero que se negó a dejarlos solos”.

Su relato es abruptamente interrumpido. Un perro, el que cuida su vivienda, no cesa de ladrar. Luego, tras haber perdido el rumbo de las revelaciones, recuerda diversos apartes de aquella inédita conversación.

Momentos de desespero

Con nostalgia, pero con la certeza de no haber olvidado el más mínimo detalle de lo que le contó aquella enigmática mujer, hace énfasis en un aparte: “Algo que me llamó la atención de lo que me dijo la señora Zambrano es que varios soldados se quitaron la vida antes de irse con la guerrilla en calidad de secuestrados, se hicieron estallar granadas. Otra cosa: en esa época nos decían que eran

85 los muertos, oficialmente que 30, pero la señora me dijo que fueron muchos más porque bastaba con estar ahí para ver la cantidad de uniformes y botas de soldados muertos”.

Y sobre su hijo: “Me contó que Luis Alfonso la abrazaba y le suplicaba que no los dejara solos. Él siempre estuvo con ella y la mejor prueba de ello es que me trajo un Divino Niño que yo sabía que él tenía colgado al cuello y que él le dio en agradecimiento por salvarles


la vida. También algunas memorias sobre su secuestro”.

Ahora bien, tras la pregunta evidente acerca de por qué vino a saber esto ahora si el plagio fue hace 11 años, apuntó: “A la señora le tocó desaparecer porque la guerrilla le respetó la vida en ese entonces, pero la sacó de Peñas Coloradas y ahora vive bajo el temor. También tenía material del sargento José Ricardo Marulanda Valencia, liberado en la ‘Operación Jaque’, pero al parecer ellos ya se vieron”.

Pruebas de supervivencia

Luis Alfonso cumplirá 40 años de edad el próximo 15 de septiembre. Por suerte, asegura su madre, es soltero y no dejó hijos. “Sólo Alan Jara me dijo que él es un roble, que vive muy alentado”, apunta la señora Virginia, tras explicar que pocas han sido las noticias recibidas de su hijo a pesar de que varios “canjeables” están libres.

“Han traído noticias de él, pero dicen que lo vieron hace tres o cuatro años. Después de ello no sabemos en qué situación están. Cuando estuvimos en San Vicente del Caguán, invitados por la misma guerrilla en los diálogos de paz (2002), me llegó la primera

cartica y corroboré que él sí estaba allá. Luego la señora Marleny Orjuela, presidenta de Asfamipaz, viajó como en dos ocasiones y me trajo cartas y fotos. Y la última prueba la conocí cuando el periodista Jorge Enrique Botero estuvo con ellos hace unos años”.

Respecto a lo que dichas pruebas contienen, la señora Virginia dio sus impresiones. “Lo siento muy espiritual, no dice nada de lo que sufre y me pide perdón por causarme tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta angustia, aunque en los mensajes que yo le envío le digo que son cosas de la vida y él no tiene la culpa. Nosotros sabemos soportar, era su trabajo y estaba cumpliendo”.

Hoy, la señora Virginia cuenta con su hijo César (el menor) y otros familiares, pues su otra hija está en Italia y Eufrasio, padre de Luis Alfonso, optó por irse para el Tolima. Dice que entiende el cansancio de su esposo y acepta que la visite cada vez que puede, pero no por ello se irá de Bogotá. Hacerlo, sostiene, sería asimilar que su hijo no regresará. De hecho, su lucha le costó un trabajo en el que duró dos décadas.

La despedida

“Trabajé en un programa del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en el que duré 20 años. Cuando secuestraron a mi hijo tuve inconvenientes con ellos porque exigen mucho, pero no dan tanto, ni el derecho a reclamar. Ellos tienen muchas normas y asesores jurídicos y eso me afectó. Me tocaba pedir permiso para poder asistir a alguna reunión donde se hablaría de fórmulas para buscar la liberación de Luis Alfonso, pero como persona responsable dejaba a los niños con alguien capacitado”.

Y enfatiza: “Fue pasando el tiempo e hice un diplomado de atención al menor preescolar en la Universidad Distrital con el fin de sostenerme ahí. Algunas compañeras dijeron que yo dejaba a los niños solos por pasármela en las reuniones y así fui bajando puntos, porque así funciona. Les decía que yo iba a las reuniones porque sabía que mi hijo estaba y sigue vivo, porque la vida de él vale y bueno, eran 20 años dedicada a ser madre comunitaria, más otros siete en el magisterio.

“Me dijeron que firmara una carta y trabajé hasta el 30 de noviembre de 2006. Me quedé sin seguro y ahora no tengo tampoco el del Ejército. Me dicen que tengo que afiliarme al Seguro y por eso no me puede afiliar el Ejército, que me ha ayudado con el sueldo de mi hijo para pagar ese seguro, pero es el sueldo de mi hijo y Bienestar no resuelve nada”.

El sol del mediodía le ha dado paso a una lluvia incesante que la señora Virginia aprovecha para tomar un café. Mientras lo hace observa fotos, cartas y diversos elementos que su hijo le envió desde la selva.

El diálogo ha terminado y ella sólo apunta a decir algo más, no sin antes rechazar los llamados cercos humanitarios: “El general Freddy Padilla de León (comandante de las Fuerzas Militares) nos dijo la semana antepasada, cuando ascendieron a mi hijo a sargento viceprimero, que teníamos su apoyo, que seguían en la lucha y que quieren liberarlos. Estamos luchando para que se dé esa liberación, pero en una forma digna, de manera que de aquí a mañana él no tenga que esconderse: acuerdo humanitario ya”.

arico@elespectador.com

  • Alfonso Rico Torres | Elespectador.com

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